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Si a Oscar Wilde lo matasen los tuiteros victorianos

Imagen: Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

Sucede que a sir William, afamado otorrino de gustos diletantes, le decían que cambiaba más de amante que de camisa. Y en uno de sus habituales affaires extraconyugales, el despecho de una paciente que no llegaba a la veintena lo llevó a los tribunales. Fue declarado culpable de seducción, se entiende que por un delito de hurto a la virtud de la joven.

Tampoco le fue conmutada la pena del escarnio público, condena de telediario a mitad de siglo XIX. Pues las instituciones victorianas, asentadas en una deliciosa mojigatería, se aseguraban de judicializar los escándalos de índole sexual.

Pese a la ignominia familiar, a la consorte del afectado no le era ajena la compañía de togas y veredictos. Apenas un lustro antes, la joven Jane había sido detenida por un artículo titulado Alea jacta est, publicadoen The Nation —periódico independentista radicado en Dublín—. En el texto, invitaba al pueblo irlandés al asalto del viejo castillo de la capital.

Como verán, los progenitores de la familia Wilde ya sufrían en carne propia el fogueo de un puritanismo que impregnaba todo el entramado social. Pero con todo, será su hijo (el autor de La balada de la cárcel de Reading, como gustaba de firmar tras sufrir al pelotón mediático), quien reciba la balacera más contundente.

Son numerosísimos los peligros que trae consigo abordar, cualquiera que sea la pretensión, la figura de Oscar Wilde. Y tal vez uno de los de mayor enjundia sea el caer en competencia desleal con los tomos enciclopédicos, y convertir cualquier referencia al irlandés en un compendio de aforismos. Afortunados e ingeniosos, ¡qué duda cabe! Tanto como fácilmente localizables, por el lector interesado, en cualquier antología de las llamadas frases célebres. Haremos por no caer, al menos, en el mentado vicio.

Volviendo al ruedo, la empresa periodística aparece en la trayectoria del dramaturgo de manera secundaria. No tiene poco que ver con el natural desprecio que el esteta, enmascarado tras una sonrisa afectada y una carcajada convulsa, tenía por todo lo ordinariamente común.

Su esnobismo de lo mundano difícilmente encajaba con la obligación diaria del redactor, a su vez incompatible con la vida disoluta y ociosa del dandi, del aspirante a baronet. Siquiera con la tarea esporádica del columnista o del cronista de sociedad —cargo que desempeñaría durante años su hermano Willie—. Ciñéndose, por lo general, sus aportaciones periodísticas a puntuales momentos de necesidad y penuria económica.

No serán, en cambio, estas reservas de gentilhombre inglés atraído por todo lo aristocrático, lo verdaderamente relevante. La distancia de Wilde para con los rotativos de la época, y las críticas lanzadas a su tenor, superan el mero abordaje estético.

En 1881, recién salido de las aulas de Oxford, emprende un largo viaje a Norteamérica con motivo de impartir una serie de conferencias. Ante la enorme expectación suscitada, y pese a no ser precisamente huidizo al exceso de atenciones, lanza una serie de proclamas que dejaron a más de un yanqui del todo atónito.

Ante la petición por parte de un incauto reportero, seguro de no incomodar al extravagante representante del movimiento estético, de dar en primicia alguna indiscreción de su vida privada, Wilde aseveró rotundo: «¿Mi vida privada? Quisiera tener una, pero desgraciadamente no la tengo».

Lejos de una especial reserva de lo íntimo, sus palabras claman proféticamente contra la tiranía de la prensa sobre la vida privada de la gente. Recurriendo de manera asidua, con elevada efectividad, a la imagen del periodista como un intruso que arrima la oreja al agujero de la cerradura. No es de recibo, pues, entrar a valorar al poeta por los tonos de su corbata, o al pintor por la cuantía de sus ganancias. Pues el arte es el blanco-y-negro donde va a perderse toda identidad, como acertadamente diría Vila-Matas más de un siglo después.

A su juicio, ello suponía una comercialización intolerable de la belleza, provocada por el injurioso actuar de los medios de comunicación de masas. La prensa no sería más que la reproducción por escrito de esa monstruosidad, encaminada a neutralizar el arte, llamada opinión pública (y publicada).

Trágico momento, pues, aquel en el que las gentes descubrieron que la pluma es más poderosa que el adoquín, y hasta más ofensiva que estrellar un ladrillo.

Manifiesta en continuidad con la misma línea, en su polémico El alma del hombre bajo el socialismo (1891), que el periodista es un ser creado e industrioso, a la vez que bien pagado. Les siente animadversión por la falla de libertad del que no elige. Falsa autoridad de carencias, al fin y al cabo, que la pruderie victoriana no hacía sino acentuar.

Con su implacable mordacidad llegará a asegurar que «antiguamente existía la tortura, ahora tienen la prensa». Pasando, de facto, de ser el cuarto estado a ser el único. No en vano, el líder político gobierna por cuatro años, y el reinado del periodista influyente es poco menos que vitalicio. ¿Cómo habrá de combatir el poder, si él mismo lo regenta?

No le escapa la ligereza del que cuenta todo, menos lo que es necesario conocer. Letras compulsivas, mercancía en gaceta que da poco más que oferta a las demandas del lector. Un producto vacío que toma forma, ni más ni menos que la que el comprador quiera darle. Gesto de auténtica sordidez.

En coherencia con su francofilia, encuentra su modelo en la prensa francesa. Allí donde el periodista está limitado, y el artista en completa libertad. Le suscita un debate sobre el control popular del arte, el dictado de las formas, que en el periodismo se condensa en un libro de estilo que carece de él. Así las artes que más resisten son, particularmente, aquellas que menor atención e interés suscitan en el público.

Asegurando que la ilegibilidad del periodismo, frente a la carencia de lectores de la literatura, no alberga su razón de ser en razones de dificultad o incomprensión. Más bien radica en lo desaconsejable de acercarse a un texto falto de hondonada y altura.

Estas censuras del autor, que lindan el elitismo más petulante, afloran en parte desde la inquina personal. No olvida la acidez de las caricaturas que el semanario Punch, al publicar sus Poesías (1880), lo muestran lánguido, como un galancillo más bien mustio. Tampoco la truculencia del New York Times o del Tribune que, tras el estreno de Vera o los nihilistas en Broadway, tacharán la historieta como absurda, como pura morralla.

Más tarde, las corredurías de alcoba se hicieron asunto de Estado. Y el wit de clase primera que, acostumbrado a la esgrima verbal, deporte de alto riesgo, es derrotado en segundo juicio por pecados escarlatas. Concretamente, por dárselas de sodomita con el hijo del marqués de Queensberry, el siempre caprichoso y destructivo Alfred Douglas, será llevado a prisión y a un prematuro olvido por parte de la alta sociedad londinense.

No deja de ser paradójico que durante la estancia de su antiguo amante en la cárcel de Reading, el futuro lord Douglas intentase perpetrar un acto de amarillismo amoroso. Nos referimos a la intención de publicar su correspondencia privada con Wilde (entera ésta de misticismo y sensualidad), en la revista francesa Revue Blanche. Únicamente la amistad del preso con el director del magazine impidió que las mismas saliesen a la luz.

Fue el rencor filisteo de los biempensantes, como más tarde declararía en De Profundis, lo que los reporteros apiñados en busca de sangre supieron reconocer. A saber, las letras del Daily Telegraph en su tirada vespertina, anunciaban la dirección del precipicio: «¡Sensa- cional! ¡La victoria de Queensberry y la detención de Wilde! ¡Oscar Wilde bajo acusación!».

Y entonces, al poeta que lloraba ante la tumba de Keats —porque sentir es mejor que conocer—, acaba por quedarle únicamente la existencia póstuma. Aquella reservada al que arroja la perla de su vida en un vaso de vino, anhelando convertirse en una eterna flor sin alma pero perfectamente bella.

Para acabar indefenso ante el cruel abismo de una noche sin luna. Cardando estopa.

***

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