Kafka en Madrid

Hace exactamente un año, estaba recogiendo las cosas para hacer una nueva mudanza. Dejaba Madrid para irme a Granada. Era el mes de junio y los días eran muy agradables, soleados y calurosos. Atrás quedaban unos días en los que había llegado a la península una ola de calor africano y que hacía insoportables los días. Había que tener las ventanas abiertas todo el día y solamente de noche era cuando se podía salir a dar una vuelta sin peligro de sufrir una lipotimia o algo similar. Las autoridades municipales recomendaban no salir de casa en horas donde los rayos del sol tenían más fuerza.

AUSTRALIA. Outback Queensland. 2003.Fotografía de Trent Parke, Magnum Photos.

Todos los locales estaban con aire acondicionado en el interior o con el riego difuminado en las terrazas a la sombra. Pero lo cierto es que casi no había cafeterías en las que se producía una sensación de frescor. El único día que entré no aguanté ni quince minutos y me dediqué a leer el periódico en donde no venía nada reseñable, tan solo noticias de las previsiones meteorológicas de los próximos días, junto con alguna noticia casi cómica de colegios en los que no habían decidido suspender las clases y las migraciones de insectos que suponía la ola de calor eran las mejores clases prácticas que tenían. En medio del sudor humano, la economía no importaba nada. Una ciudad en medio del desierto bloqueada durante diez horas al día, era la idea general debido a la poca gente que se veía por la calles.

De los pocos lugares que encontré en los que el frescor fuese lo fundamental había sido en alguna biblioteca. Así que me dejaba caer de vez en cuando por una que tenía las paredes blancas y daba la sensación de ser una gran nevera; sobre todo después de que las autoridades decidiesen modificar los horarios de apertura de los locales públicos condicionados por el calor.

Como casi no se podía salir durante el día, me pasaba el día tumbado a oscuras escuchando música. Apenas podía leer sin que las manos se me pegasen al papel. Lo asfixiante de la situación era soportable porque muchas veces me quedaba dormido y entonces, con ese descanso, cambiaba los ritmos de mi vida que pasaban a ser nocturnos.

Uno de los libros que saqué de aquella biblioteca convertida en nevera era sobre magia negra y ritos de iniciación para invocar espíritus. Ni qué decir tiene que no sabía nada del tema y si me decidí a sacar aquel libro era producto de los desajustes que provoca el calor.

La mayoría de ritos eran bastante desagradables por lo que, aunque acabé la lectura, en una noche, al día siguiente lo fui a devolver porque no me gustaba tener el libro en el escritorio. Aunque lo que sí hice fue anotar algunas formas de invocación (desde algunas que utilizaban el agua como vehículo conductor hacia ese más allá, hasta otras maneras que rechazaban dicha vía y ponían el acento en los insectos) y de objetos utilizados (cuchillos, agujas, bolas de madera, piedras con formas concretas, …), pensando en que, quizás, en algún momento me serían provechosos para poder entender un poco más algún texto que había visto de refilón en el mismo estante de la biblioteca (en vistas de que la situación climática no tenía previsión de cambiar); aunque creo, más bien, que fue una excusa para intentar olvidarme del aliento denso de la ciudad.

La tarde siguiente no leí y me dediqué a escuchar música, hasta que llegó un punto en el que sin darme cuenta, el ordenador se apagó por cuestión de la temperatura al que estaba sometido y me quedé dormido. Cuando me desperté, era ya de noche y la ciudad empezaba a rugir. Lo cierto es que los días eran extraños y el sueño que tuve esa tarde también.

En él aparecía una persona a la que no conocía de nada y a la cual yo debía de explicarle el funcionamiento de un aparato electrónico que no sabía bien cuál era. Pero además, tenía que servirme de una aguja que estaba doblada por la punta y que debía de estar pintada hasta la mitad de rojo. Recuerdo que me pinchaba pero que no sentía dolor y que el rojo no sabía si era sangre mía o es que ya estaba pintada. Yo me limitaba a leer las instrucciones, en cuya portada en vez de aparecer el aparato en cuestión, aparecía un bicho que a mí me recordaba a Gregorio Samsa de La transformación de Kafka. El sueño no tenía nada de terrorífico y contado así hasta parece cómico, aunque la sensación que me daba en aquel momento era de extrañeza, de peligro. No sé bien por qué, aunque inconscientemente lo asociaba a los ritos que se relataban en el libro.

Me levanté sobresaltado y con sed. Fui a la cocina y se escuchaba que alguien subía por las escaleras: unos pasos, una voz y ninguna respuesta. Durante unos segundos pensé en que podría tratarse de alguien que conocía (ya que el portal estaba durante todo el día abierto, con lo que los porteros automáticos dejaron de sonar durante esos días) y que venía hasta casa a visitarme, lo que podría hacer que la sensación que tenía en ese momento desapareciese. Pero pronto lo descarté por la oscuridad que reinaba en el pasillo que unía mi habitación del salón: era tarde, aunque no sabría decir exactamente qué hora era. Me dirigí a la cocina y, después de beber, fui al salón. La temperatura era agradable, el frescor cálido de la noche entraba por la ventana que llevaba todo el día abierta. Se escuchaba un palmeo como de plástico que yo no sabía descifrar. Me quedé quieto y ya no se escuchaba nada. Rápidamente busqué el interruptor de la luz. La lámpara estaba justo en la entrada de la sala. Encendí la luz y en el fondo de la pared se proyectaba la imagen oscura en el mueble del fondo. Miré rápidamente a la lámpara y estaba allí posada una polilla de un gran tamaño. Su visión me sobresaltó y por un momento mi cerebro cruzó el libro de espiritismo y al señor Samsa. Azarosamente, las polillas de África y la lectura, habían invocado a Franz Kafka en el salón de mi casa, en pleno Madrid. ♦︎

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