Los lacedemonios

Caminaba como un flaneur entre la estepa provinciana. Caminaba entre típicos pierres, jonhs y pacos universales sin ninguna ambición o devoción especial. Llegué a casa y abrí el cuaderno. Justo pienso en Walter Benjamin al escribir todo esto. Tengo ganas de escribir algo al estilo de notas filosóficas, en plan breves directas punzadas numeradas sobre diversos temas. No tiene por qué ser el psicoanálisis de un personaje histórico (sería interesante uno de Napoleón) ni tampoco pretendo sentar las bases de una nueva teoría estética. Simple ordenamiento, almacenar y ya está, nomás. Ayer estuve leyendo un cuento que tenía a un tal Fraga por personaje, no me gustó tanto como otros. Mis paseos por Sevilla en clave de dandi puede que justifiquen algún tipo de represión sexual, como morderse las uñas o como algo que ha dicho un amigo esta mañana y ya no consigo recordar. Maldita sea, era algo interesante. Ay y ese cuento del tal Fraga, quién utilizaría ese nombre. Me molestó en el centro de mi propio orden de las cosas.

SPAIN. Andalusia. Sevilla. 1993.Sevilla. Fotografía de Gueorgui Pinkhassov, Magnum Photos.

No hablo más, intuyo. Me prometí esto en año nuevo. Y me prometí que quería desarrollarme más como un ser cómico, como un arlequín. Este año el carnaval es una fecha importante en el calendario. En serio. La espero. Quiero sentir esa ambivalencia de la que tanto habla Iñigo y que sacó de sus lecturas freudianas. Me ha convencido. Es un plasta. 

El otro día fui a comprarme un disfraz. Quiero cambiarme el que llevo puesto algunos días —que no todos—. No creo que esto sea tan ingenioso. Lo que creo es que la gente ya está aburrida de lo denso, prefiere imaginar. Yo que sé que cosas. Pero prefiere imaginar. O quizá ni prefiere imaginar y es todo imaginación mía. Alguien una vez me dijo que él tendía a pensar en la gente como más inteligente de lo que realmente eran o mostraban. Como si se guardaran un truco en la manga, escondiendo su inteligencia para sacar el as en el momento oportuno. Hay gente que es tan callada y luego tan precisa con el lenguaje (los lacedemonios). Pero a saber. Luego todo esto es inferir. Posiblemente a la mayor parte de la gente solo le interesa solucionar sus problemas cotidianos. Básicamente sexuales, alimenticios, de ocio, de trabajo. Hablan de cosas, de personas. Nunca de ideas. Iñigo habla todo el rato de ideas. Iñigo no me hace caso. Siempre con ese discurso cargado de forma. A ver si le enseño a introducirse un poco en el espíritu de su tiempo. Yo que sé, un poco de Microsoft Word por lo menos. No sabe ni en qué siglo estamos el Iñigo este. No se lo digo nunca pero escribe como si fuera un decimonónico.

Supongo que como ayer leía cuentos, hoy me dio por escribir. Vaya mañana de paseos. Pensando en política. Vaya mañana de alegorías. No he cogido la bici. Sevilla me gusta. Últimamente leo bastante. Tengo buenos profesores, quizá no la de inglés pero estoy aprendiendo. Actually, I am in this for that. My teacher is sometimes annoying, but is getting better. 

Me da pereza contar una historia trepidante sobre juglares medievales o sobre clérigos o manuscritos o sobre el nombre de la rosa (el cual por cierto todavía no he abierto y ahora se ha convertido en una asignatura pendiente). Hoy me han vuelto a sangrar las uñas de los pies. A veces dejo de escribir, me fumo un cigarro y pienso en esa chica, Aitxiber. ¡Como ha cambiado tanto! Ahora es tan hippie, con esos aros (íbamos juntos al colegio, en esa época mi autoestima era la misma que la de Gregor Samsa). La vi hace tiempo en la biblioteca, ahora me resulta más atractiva si cabe. Fue curioso cómo confrontamos nuestros presentes después de tanto tiempo. También es curioso cuando el pasado es como una bomba de vidrio ajena al tiempo que revienta como cristal. El otro día un puto tío metido de cristal increpándome. Al que por cierto, volví a ver después en la biblioteca, no estoy seguro si el mismo día que vi a Aitxiber. Como si yo hubiera sido el causante de sus problemas psicológicos. La gente tiene mierda en el cráneo, no está preparada para impulsos de este tipo. Al final me acabaré fiando más de Freud que de la conciencia ilustrada esta que pulula por aquí en el siglo XXI todavía (como una mala interpretación de Rousseau).

Pues eso. Tengo que leer a Carlo Ginzburg para un trabajo de clase. Solo el prefacio. Justo empieza citando a Brecht y ya me ha encantado. Qué cantidad de nombres, que fácil perderse. Pero eso no soy yo, no creo serlo. Estoy más preocupado por mi infancia últimamente. A todo le llega su trial —es una de mis nuevas palabras favoritas en inglés, significa juicio, lo he aprendido viendo series con subtítulos en inglés. Sé que todo el mundo los ve en español, yo mismo lo hacía pero me ha dado por cambiar—. Decía que estoy preocupado por mi infancia, por mi ciudad natal, por mi pasado. Bombas de vidrio, nomás que decía el tal Fraga. Página número siete de Ginzburg. Nah, es mentira. No estoy leyendo ahora. Me vuelve a dar pereza. 

Mi infancia no fue especialmente dura. Pero me gusta imaginármela como especialmente dura, como si hubiera sido víctima de un fascismo. El director en el centro del hemiciclo del colegio concertado que es el panóptico con su inmenso bigote. El totalitarismo de una familia conservadora, anclada en unos valores morales rígidos. En mi mitología, lo tengo concebido como una mezcla entre violencia física y violencia simbólica. Yendo a misa todos los putos domingos solo para que te dieran caramelos finnie boom. 

El otro día tuve un sueño, siempre sueño últimamente con el pasado. Hoy no. Me acuerdo. Y sé que tiene que ver con lo que me temo, con la mandíbula y todo eso. Soñaba que se me partían los dientes al comer perlas. ¿Qué diría el doctor Freud? No tenemos tiempo para esto. Siempre sueño con la gente de mi colegio concertado, con el fascismo de mi infancia, con la traición de mi familia, con el panóptico, con el director, con un montón de niños dogmatizados pero crueles. Todos juegan muy bien al fútbol, siempre me eligen el último. Extrañamente escribí uno de estos sueños. No suelo hacerlo, no suelo. Pero aquí está:

<Esto es puro panóptico>. Fue lo primero que pensé. Estábamos formando fila desde lo alto de aquel hemiciclo exento cuando apareció el rector del colegio. A lo largo y ancho del patio escolar se extendían filas a modo de escuadras milimétricamente dispuestas. Todos los semblantes, pálidos semblantes, podrían observarse con minuciosidad desde “el hemiciclo”. Aún me tiemblan las palabras al pronunciar esta palabra. Todos mis compañeros vestidos y todos de camisa azul celeste, pantalones grises. Habían colocado sus manos a la espalda. El profesor paseaba de un lado al otro. Agitaba una vara en sus manos. El rector pronunciaba el sermón. Hacía pausas. Y en cada pausa: aquellos pálidos semblantes repetían ciertas partes de forma nomotética. 

“Terminó el hipnótico ritual y tomé conciencia de mi mismo. ¿Camisa roja y negra? ¿Botas? ¿Vaqueros? Sentí una extraña y duradera incomodidad. En el gran hemiciclo, surgía una figura. El director. Su inmenso bigote clausuraba el ritual. Los profesores comenzaban a agitar la vara para guiar a los alumnos a sus aulas. Comencé a andar. Me sentí vigilado. Sentí un millar de párpados invisibles observándome.

El profesor entró al aula. Miró el crucifijo. Todo el mundo se sentó. Yo no. No sabía cual era mi sitio. Todos me miraban (otra vez esa extraña incomodidad y picor en los poros). Con sudor nervioso me senté en la última fila. Había cinco pupitres entre el mío y el último de ellos. No cesaban de mirarme. El profesor comenzó a rezar. Todos le siguieron. Tampoco me sabía la oración y mi butaca se estaba volviendo líquida. La madera se desvanecía como agua y se solidificaba de forma intermitente. Al murmullo de voces pueriles se sumaron graznidos. Apreté los puños, resbalosos de sudor. La oración se terminó. Y todo cayó suspendido. Como si hubiese permanecido etéreo en un estado de eterna y putrefacta petrificación”.

Es algo reconstituido. Un poco inventado. Vamos, está inspirado en el sueño pero no es exactamente lo que soñé. En fin. Supongo que lo escribí como forma de expiación. Ahora en clase siempre estamos hablando de todos estos temas. Percibo que mis compañeros están bastante cansados de Foucault y de mí. Siento una fuerte empatía con mi profesor y a su vez él siente una fuerte empatía con Damiens, el de vigilar y castigar. Me gusta. Escribe poemas, parece sensible, hace cosas. El otro día dijo que lloraba viendo películas. A veces me irrita cuando se rasca inmensamente su enorme y picuda nariz. Es andaluz pero no de Córdoba. Esa ironía me habría encantado. 

Ahora me compro cuadernos para escribir a petición de Iñigo. No entiendo su obsesión con la des-tecnologización. Tan ecologista que es. En fin, a veces le entiendo tan bien, otras tan mal. Este maldito Iñigo es muy ambivalente. Ya no se me ocurre nada más. Estoy seco de ideas. Me masturbaré en la ducha. No tengo mucha líbido (vaya concepto, madre mía) últimamente. Pero siempre estoy dispuesto a masturbarme.  Quizá vaya al cine. Quizá no. Ya no leo a Ginzburg. Puede que mañana siga escribiendo. ♦︎

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