Graham Greene, o la angustia del siglo

Graham Greene. Foto: Getty Images.

Hace un cuarto de siglo que murió Graham Greene. Tenía ochenta y seis años y una leucemia de la que no se sabía nada, porque la discreción con que llevó su complicadísima vida no le abandonó en ningún momento. Se fue sin haber recibido ese premio Nobel que hubiera merecido más que tantos. Greene se fue dejándonos sus libros y el recuerdo de una persona decente en  un siglo de horrores. Fue un testigo de excepción de estos tiempos, con un testimonio lúcido y doliente, que supo hacer compatible con una saludable ironía y una infinita comprensión hacia los seres humanos y sus miserias y grandezas. Para mi generación, para lo mejor de la anterior y, me gustaría pensar, para las siguientes, Graham Greene ha sido una referencia indispensable para ayudarnos a comprender lo que pasaba a nuestro alrededor.

Dejó algunas verdaderas obras maestras, y un sinfín de novelas entretenidísimas y estupendamente escritas y construidas, siempre sobre temas que llegan al corazón de los intereses colectivos del mundo en que vivimos. Y, pululando por ellas, una galería bien nutrida de seres humanos complejos y contradictorios, bien reales y, sobre todo, vivos en un mundo en carne viva. Le perjudicaron las etiquetas que la sociedad biempensante se complació en colocarle: “escritor católico”, por una parte, “escritor de izquierdas y filocomunista”, por otra. La combinación de ambas no podía ser más peligrosa para alguien que intentara  sobrevivir en unos tiempos como los suyos (y no digamos los actuales). Él dijo en alguna ocasión, con sentido del humor: “No soy un escritor católico, sino un católico que escribe novelas”. No pocos cortos de mente añadieron a estas clasificaciones la de “autor de novelas policiacas y de espionaje”, con lo que terminaron de arreglarlo. Así no hay quien opte a la inmortalidad. 



No obstante, dentro de unas décadas, cuando nadie se acuerde de la mitad de los genios literarios que han recibido el premio Nobel (y menos aún de los brillantes autores de best sellers que inundan ahora las librerías), Graham Greene seguirá siendo reeditado y leído, y la gente seguirá gozando y sufriendo con los avatares de sus trabajados y desorientados personajes. No sabría con cuál de ellos quedarme. ¿El cura de El poder y la gloria, borracho, pecador y ruin, héroe y mártir en una encrucijada de la historia que no puede entender? ¿El periodista de El americano impasible, entendiendo lo que está pasando en Indochina y sintiendo toda la impotencia que conlleva ese entendimiento? ¿La patética muchachita de Brighton Rock, con su amor irracional y desesperado hacia el pequeño gángster y ese final que nos hiela el aliento? ¿Los farsantes de The comedians, montando su esperpéntica revolución en el Haití de Duvalier? ¿O el trío protagonista de El fin de la aventura, que bajo las bombas alemanas que caen sobre Londres nos cuentan una de las historias de adulterio más sórdidas y humanas de las que guarda recuerdo la literatura?

Testigo del siglo XX, que conoció bien, no sólo por su curiosidad como periodista, sino también por su larga colaboración con los servicios de inteligencia británicos, su obra está impregnada de la angustia que el devenir de ese siglo provoca. Y es capaz de relatarla sin anteojeras ideológicas. Casi elegidas al azar, dos novelas muy cercanas en el tiempo muestran lo que estoy diciendo. En El agente confidencial (1939) denuncia crudamente la cobardía e hipocresía de las democracias occidentales ante la guerra civil española, mientras en El poder y la gloria (de 1940, posiblemente su obra maestra) el trágico escenario es la persecución religiosa promovida por la revolución triunfante en México. Por cierto que, respecto a esta última, se podrían (no sé si se habrá hecho) escribir tesis sobre sus dos personajes protagonistas: el corrompido sacerdote en el que, sin embargo, se encarna la humanidad de la religión en la que Greene creía, y el teniente de policía que le persigue, un hombre personalmente puro, con el corazón helado por la ideología. Quien no tiemble ante el enfrentamiento entre estos dos seres, difícilmente temblará por nada.

Como también temblará todo bien nacido ante el desgarramiento del principal protagonista y narrador de El fin de la aventura, entre el amor de la mujer ansiada y el odio al Dios en el que ella cree, odio que es algo más que ateísmo. Aunque la religión no es, en casi ningún caso, el principal ingrediente de sus novelas, cuando aparece refleja el drama de su propio vivir, tan contradictorio con la ortodoxia del credo que profesaba. De las obras en que aborda directamente la cuestión religiosa se pueden destacar tres: además de las dos ya mencionadas (El poder y la gloria y El fin de la aventura), Monseñor Quijote que sólo hasta cierto punto se puede considerar una novela, siendo más bien una hermosa reflexión sobre el papel que la fe (cualquier fe) juega en las vidas de los humanos y las contradicciones inevitables cuando esa fe se organiza como estructura de poder, todo ello siguiendo el hilo de las aventuras de nuestro ingenioso hidalgo. Es, por encima de todo, un hombre en el tiempo, y es su tiempo, que es el nuestro, el que nos cuenta en sus ficciones. Si sus personajes son, prácticamente sin excepción, atormentados, es porque los tiempos lo merecen. Lo que no impide que cuanto les ocurre esté en el marco de unos entretenidos argumentos de acción e intriga propios de todo relato bien construido.

Argumentos que siguen, perdón por la insistencia, el hilo de la historia. Ya se han mencionado algunos. También nos lleva a la Viena ocupada de postguerra (El tercer hombre), el colonialismo británico (El revés de la trama), la guerrilla urbana de los setenta en el cono sur latinoamericano (El cónsul honorario), las dictaduras del mismo continente (Nuestro hombre en La Habana, Los comediantes, Viajes con mi tía), las guerras de Indochina en vísperas de la intervención norteamericana (El americano impasible), naturalmente todo lo relacionado con la guerra fría, sin buenos y malos, (inevitable recordar El factor humano),  e incluso curiosamente la España postfranquista (Monseñor Quijote). La relación es incompleta, pero lo que es preciso hacer notar es que ninguna de estas obras constituye un alegato político, aunque evidentemente no se eludan, sino que se subrayen, las consecuencias colectivas de cada sistema, sino que sirven para que los seres humanos que circulan por las tramas pongan de manifiesto la angustia en que viven, o intentan sobrevivir. Una angustia de la que forma parte lo colectivo, pero, y esto es importante subrayarlo, no sólo lo colectivo. Es la naturaleza angustiada del vivir humano lo que subyace. Y la contribución a ella de un siglo desdichado.

Dicho esto, y en el caso poco probable de que alguien que lea estas líneas no conozca a Greene, que no se asuste. Hay bondad, solidaridad y, sobre todo, decencia en muchos de sus personajes, a veces los más inesperados. El valor y la esperanza están presentes, en ocasiones bien camuflados, en este autor que conocía el mundo, pero también creía, por encima de todo, en los seres humanos. Una especie de pudor, posiblemente muy británico, le lleva a enmascarar con un agudo sentido del humor cualquier desliz hacia el sentimentalismo o la grandilocuencia, lo que el lector agradece cuando decodifica lo que hay detrás de la ironía con que presenta determinadas situaciones. Sin excepción, sus protagonistas son antihéroes, aunque en ocasiones se comporten por encima de sus posibilidades. Y así, por ejemplo, es mucho más eficaz su denuncia de la brutalidad del régimen de Duvalier en Haití a través de los estrafalarios comediantes que si lo hiciera presentando abnegados activistas clandestinos. ¡Y no olvidemos al vendedor de electrodomésticos trasmutado en fingido espía de Nuestro hombre en La Habana! Cuando la realidad del ambiente en el que actúan se abate sobre estos desdichados es cuando la percibimos en su verdadera dimensión. 

Graham Greene tuvo mucha relación con el cine, además de haber sido crítico de películas en su juventud. Dejando a un lado El tercer hombre, que fue antes guión cinematográfico que novela y está considerado por muchos como el mejor filme inglés de todos los tiempos, sus argumentos han sido llevados a la pantalla repetidas veces y en general con bastante éxito, con lo que llegó a un público mucho más amplio que el de sus libros, aunque éstos hayan tenido una gran difusión. Entre una cosa y otra, sus preocupaciones, problemas y personajes han formado parte de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX en una medida alcanzada por pocos autores.  Y es de desear que así siga siendo en los tiempos que corren y en los que les sigan. 

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