Espirales

Fumaba. Sujetaba el cigarro con su mano, garra o aleta derecha, envuelto en un abrigo largo y una cenicienta melena de galope tendido. Inhalaba el humo como una turbina y lo expulsaba generando un ruido infrahumano, como un suspiro que ruge, como un perro que llora.

Yo lo había escuchado desde el sofá, me había sentado, derrotado por el cansancio, porque nada consume más la energía psíquica, las arenas del cuerpo, que el dar vueltas a una habitación, pasar por los mismos lugares a los que conduce siempre la rutina: el frigorífico, el sándwich reseco, la bolsa de basura rota, el grifo que gotea, la regadera, las flores, el televisor que susurra, etc. El mismo sendero casi en exactitud que recorría cada uno de los días que había pasado en esa casa desde la mudanza, como una espiral, como un gato que intenta morderse la cola y la roza con los colmillos pero jamás llega. Yo solía pensar que así era el tiempo, que las historias se repetían una y otra vez a lo largo de los siglos, a través de los diferentes personajes, como si un dios compasivo esperase una redención humana, como si intentase que uno de los abandonados, peregrinos sin mapas, encontrara la salvación. Pero supongo que Dios, el tiempo, la espiral, el gato o todos sus demonios no entienden de mímica ni de los espejos de los hombres, que se contagian las costumbres y maldades y se convierten en soldaditos de juguete, en copias unos de otros, en réplicas del Adán de la manzana, ah, pobre diablo, mimo de la serpiente. 

Peter Marlow Magnum EspiralesFotografía de Peter Marlow, Magnum Photos.

El caso es que estaba regando las flores cuando me harté de dar vueltas a la habitación y a mi cabeza y me senté en el sofá, cansado, hojeando un libro de letras minúsculas (recuerdo que lamenté haber olvidado las lentes de contacto al lado del jarrón de flores, esta casa de espirales me repugna) pero hice acopio de paciencia e inicié mi lectura, y entonces lo escuche, la turbina, el suspiro, el perro llorón.

Venía de más allá de la sala, atravesando el pasillo, obviando el baño, tras la puerta principal.

Empujado por la curiosidad y por la imposibilidad de leer con semejante estruendo me quité los zapatos y me acerqué sigilosamente a la puerta, me agazapé como los felinos del este (como si lo que hubiera detrás tuviera el poder de ver más allá de las paredes y las puertas) y me asomé al otro lado por la mirilla. Entonces lo vi, el ser, la sombra.

Era hermoso en cierta manera, aunque su figura solo podía intuirse en el descansillo con las luces apagadas, pero eso se veía claro, era un compendio de sensaciones, un crisol de furia, tristeza, desilusiones, un aliento de cadáveres, un salido de las fosas de otra época (la mayoría de los hombres de estos días nacen sin esperanza y su corazón es plano, liso, una tabula rasa, pero a este ser la esperanza le había sido arrancada, se podía palpar ese agujero en sus adentros, fuera lo que fuera, no era de esta época).

Lo miré una y otra vez, traté de imaginarme como sería observarlo desde otros ángulos, pensé en volver a la sala a buscar mi cámara, en abrir la puerta e inmortalizar su imagen, pero no quería perturbar su calma. No podía evitar admirarlo, se me antojaba especial, superior, sus pies, patas o cascos parecían no tocar el suelo, como si levitaran en la nube de benceno y alquitrán girando en el vacío. Yo estaba ensimismado, no podía apartar la vista, y aunque no sé ni sabré nunca en qué momento ocurrió justo entonces me di cuenta de que ya no podía moverme.

Mi cuerpo se había quedado petrificado en esa posición, agazapado, abrazado casi a la puerta, me entró el pánico, hubiese querido cerrar los ojos pero mis párpados ya no se movían y aquel ser dirigía su mirada hacia mí, y pude ver su rostro, aquél nido de telas de araña que por su posición decidí intuir como un rostro. Hubiese querido gritar pero mi garganta ya no respondía.

Se fue acercando paso a paso, generando aquél ruido infame y monstruoso, como un suspiro que ruge, como un perro que llora, y en un instante, se acabó.

Me incorporé en mi sofá, envuelto en mi abrigo largo y mi melena cenicienta de galope tendido, y encendí un cigarrillo. ♦︎

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