Arquitectura pediátrica

Me hizo mucha ilusión cuando perdió su primera ventana de leche. 

La guardé en el trastero, donde la araña sueña con la mosca, donde el eco no alcanza a escuchar la risa de los osos de las cañerías, donde los cronopios duermen en camas vacías de monstruos, entre libros desarropados de palabras que tiritan de frío y ausencia, donde los gusanos invernan en un eterno verano. 

El señor Pérez no tardó en aparecer, y me hizo un regalo en forma de chimenea para que estuviéramos más confortables.

¡En éste sótano hace mucho frío! Pero el dinero de la nómina no daba para más.

30 metros cuadrados bajo el suelo, cómo en una cueva secreta, empezando desde la tierra, desde dónde se crece más fuerte y las raíces se abrazan a las palabras abonadas por la savia. Después todo será podar.

Un lamento entró por mi balcón esta mañana. ¿He dicho balcón? ¡Si vivo en un sótano! Perdonad un momento, ahora vuelvo, voy a comprobar las escrituras: “Calle mancebos 2, sótano izquierda. 28005 Madrid”. 

USA. New York city. Building doors and windows. 1970.Fotografía de Richard Kalvar, Magnum Photos.

    ¡Buenos días vecino!  —escuché.

     Buenos días —contesté—. Perdone usted si no le dejamos dormir esta noche, mi casa está perdiendo sus primeras ventanas de leche…

     No se preocupe —me contestó—, ¡en este sótano no se escucha nada!

Las viejas escrituras ya ardían en la chimenea cuando de un nuevo documento brotó una dirección: “Quinta avenida, 1º izquierda”.

En Nueva York, llegaron sus primeras palabras. Vinieron acompañadas de un racimo de tuberías huecas, oxidadas, de paredes torcidas. Fue una sacudida de tranvía, un salto al vacío, un eco que recorrió de otoño a otoño el diccionario empolvado.

Palabras aventureras, palabras tímidas, palabras desconsoladas y a veces altivas. Palabras que bailaban al ritmo de batería. Y la palabra dio paso a la historia y la historia fue dejando sus primeras huellas. 

Los gusanos del trastero se vistieron de mariposas y las polillas escapaban por su boca mellada. La araña al fin cazó a la mosca.

¡El mundo era suyo! Un segundo izquierda en la Quinta Avenida una calle sin tiempo ni temor, dónde el pulso no se doblega, donde la grieta es tinta, y la tinta abriga las paredes. Los dos crecimos un piso más.

     ¡Good morning! —me dijo el señor del primero izquierda.

     ¡Good morning! —contesté.

     ¿Ya empieza a hablar la casa? —me comentó la mujer del sótano.

     Sí, disculpen ustedes si no les deja dormir, son sus primeras palabras…

Parecía que nunca iba a llegar pero al fin dejó de gatear y dio sus primeros pasos. Tuve que cegar los enchufes con canciones, por precaución. Cerrar los cajones con candados de Bob Esponja , cubrir las esquinas de algodón de azúcar. Ya no había finales sin descubrir ni estancias sin conquistar. 

En el trastero se escuchaba el tejer cuidadoso de la araña, el aleteo de las mariposas, la risa de los osos de las cañerías y los cronopios saltaban asustando a los monstruos debajo de sus camas. 

Fueron tiempos felices, prolíferos, acuáticos y hambrientos. Hasta que llegamos al tercero izquierda de la Via Margutta en Roma.

     ¡Buongiorno! —me dijo el vecino. 

     ¡Buengiorno! —contesté. 

     Disculpe usted las molestias, la casa ha empezado a caminar y no hay quien la pare…

Las vigas se ensancharon adoptando la forma de una cadera insultante de belleza. Y llegó el maquillaje y la coquetería. Paredes verdes cubiertas de autopistas de pestañas y puertas rojo carmín. Fontanería con acné y pudor, grifos en rebeldía.   

En el trastero los libros tomaban un poco de mar, se disfrazaban con máscaras de villanos, los osos corrían detrás de un conejo blanco que siempre andaba con prisas, a los cronopios les crecía y les menguaba la nariz, la mosca construía una alfombra mágica, y las mariposas se adentraban en el bosque al tiempo que la araña esperaba ansiosa en casa de la abuelita. 

Con la adolescencia estuvimos en constante viaje, Londres, Venecia, Japón, México y París. Siempre en el penúltimo piso.

     ¡Bonjour, voisin!

     ¡Bonjour! —le constesté.

     Perdonen ustedes si no les dejamos dormir, ya le he dicho a la casa que ponga la música más baja…

     No se preocupe, ¡por aquí son todas quinceañeras!

Pero cuando llegamos al ático, todo cambió. El trastero funcionaba sólo, con la precisión de un reloj atómico. Y mi pequeño hogar era ahora un palacio bien amueblado y con vistas a Ópera. Un robusto lugar en la esquina de una palabra desconsolada. Mi momento ha llegado, he de ser tierra de nuevo, sentirme padre de vida ausente, de caricias robadas y silencios rotos. Pronuncié esa palabra que todos tenéis en la boca con dolor, en secreto y sentí que esa es la música verdadera, la que guía nuestros pies al caminar. Los osos de las cañerías ya caminan por tus venas, el lobo anda suelto y los cronopios pronunciarán tu nombre en la fiebre de la noche. Las olas se alzarán como un mármol de ausencia. Hablarás por mi boca, tocarás con mis manos y mi tinta, recorrerás cuerpos ajenos, conquistarás el mensaje de las cartas. 

Yo me retiro, esta vez no salgo por la ventana, sino que abro tu puerta madura en llamas y tomo el ascensor.

     ¿A qué piso va usted?

     Al sótano, por favor. ♦︎

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