Jugar a la guerra

Se apagó el canto al primer disparo. La pequeña aldea que conoció Agu desde que abrió sus ojos al mundo cayó en el macabro juego de la guerra. Una aldea indeterminada, como son todas las que no tienen nombre si no son capitales, no tienen cifras, si no son víctimas, no tienen futuro, si no albergan petróleo o alguno de esos recursos con los que bendice la Tierra a África y que son la maldición de las personas que allí viven. Como siempre, el conflicto había comenzado antes de que la paz se fuera de su país. La rutina era inamovible: el colegio, la misa del domingo, las comidas en familia.

Beasts-of-No-Nation-790x459Beasts os No Nations (2015) / Imagen: Netflix/Red Crown Productions/Participant Media.

No te das cuenta de que estás en el paraíso hasta que te destierran de él. En este pequeño país situado en el África Occidental se repite como un mal endémico lo que ha ido ocurriendo en otras tantas regiones del continente negro; los gobiernos corruptos presididos por sanguijuelas que dejan seca la tierra que deben respetar, y los bolsillos de las personas a las que deben ofrecer una vida mejor, se chocan con la paradoja de que muchos de sus presidentes alcanzaron la silla por ser antes señores de la eterna guerra.

Beasts of No Nation, obra del cortante director Cary Joji Fukunaga, cierra el círculo. Antes de la película, que no ha recibido ninguna nominación individual en los blanqueados premios Óscar (pero que roza la cuarentena de nominaciones en distintos festivales internacionales), estuvo la canción que bautiza esta historia, compuesta por un tótem de la reivindicación afroamericana como Fela Kuti. Después de él, vino la novela de una ficción muy real escrita por Uzodinma Iweala, sobre la que se construyen estas dos horas de filme. 

Se perdió la inocencia tras la coca. Los únicos escrúpulos que tiene un señor de la guerra como el Comandante (buena excusa para conocer el trabajo de Idris Elba) están fuera de las miradas de su batallón de niños soldado. Excéntricos por naturaleza, los señores de la guerra sólo tienen dos condiciones: malear a su antojo a los niños mostrándoles a un enemigo bien definido, como es, casi siempre, el ejército gubernamental, y someterlos a su propia voluntad para que no teman morir. La muerte parece un juego de patio de colegio si consiguen sobrevivir a una infancia arrebatada. Agu sabía que no podría sobrevivir sin una voluntad inquebrantable, pero tuvo que hacer trampas. Dios seguía estando a su lado.

La luz cenital nos recuerda que el ruido de su Kalashnikov no acalla su conciencia ni a machetazos. Dios actúa como gatillo que dispara el recuerdo vivo de su familia y que, de alguna manera, se convierte en el único confidente que escucha sin cuestionar ni juzgar los actos de Agu. En el plano técnico también hay efectos cromáticos para recordarnos que esta vida no es una lucha entre el blanco y el negro.

Se quiso ser hombre en la primera mirada furtiva a esas piernas desnudas. A estas alturas de la película, la inocencia queda tan lejos como los cascos azules de Naciones Unidas que presumen de proteger a los civiles. Un ejército de paz que ha sido denunciado múltiples veces por abusar de niñas en zonas de conflicto. No es una característica moderna que sobre el cuerpo de las mujeres se plantee otro campo de batalla; sí que a unos niños se les obligue a verlas como meros objetos de uso.

Se ahogó la infancia entre charcos de sangre. La de más de 250.000 niños soldados que se estima hay combatiendo en algún lugar del mundo todavía se puede rescatar. Contraría descubrir lo fácil que es introducirles en una dinámica destructiva con todo y con todos, y lo complicado que es volverles a hacer dormir sin sobresaltos. No todos consiguen salir de esa droga que es la vida del guerrero; detrás de la hoguera, los ojos de Agu esconden una lectura positiva: quizá los niños soldados que juegan a la guerra hoy sean los hombres que hagan la paz mañana.

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