La odisea de llegar al colegio cada día

Erbol tiene 12 años, vive en las montañas de Kirguistán, a 2400 metros de altura. Tiene un pequeño caballo que se llama Bourou, un animal que le resulta imprescindible en su particular odisea semanal: el camino a la escuela. Un viaje de más de tres horas sobre la nieve, por la soledad de las montañas, recorriendo los kilómetros que separan su casa de la aldea más cercana. Con su padre prepara la ruta en la víspera, escucha sus consejos para no sufrir ningún percance ni accidente en el camino, y hacen algo de lo poco que pueden para evitar peligros, entre ellos, el mayor en la zona, que es el acecho de los lobos. Erbol acompaña a su padre a poner trampas por el camino para ahuyentarles. Así, cuando tenga que pasar por allí él solo, podrá hacerlo con la relativa calma de quien se ha preparado para evitar un peligro. Cuando el lunes se levanta es aún de noche, amanece en las montañas, a 40º bajo cero. Su amigo Borou está preparado y él parte a sus lomos, como un auténtico llanero solitario, cargado de libros de texto, con el objetivo de llegar al colegio sano y salvo.

erbol - camino a la escuelaErbol, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Francklyn y Olivier tienen 13 años, viven en el sudoeste de Madagascar, y cada semana han de partir en un viaje de varios kilómetros a pie y en autobús a la escuela. Tardan más de cinco horas en completar el trayecto. Son niños, pero tienen ya mirada seria de adulto, porque tienen responsabilidades tales. En Madagascar solo el 12% de la población rural tiene acceso a agua potable. Ellos tienen que ir al pozo común a llenar los bidones de agua que su familia necesita. Parte de ese agua será su equipaje en la odisea a la escuela. El peligro más constante de Francklyn y Olivier son las temperaturas, por encima de 40º, y el riesgo de quedarse sin agua. Cargan con grandes sacos al hombro, donde llevan sus hatos escolares y algunas pocas provisiones para la semana que viven solos mientras están en la escuela. Llevan mazorcas de maíz y por el camino se detienen a descansar y asar las langostas que cazan, un buen nutriente. Sin embargo, ni la sed ni el hambre son el mayor peligro, en su trayecto lo peor que se pueden encontrar y lo que más atentos tratan de sortear es a los bandoleros y a los traficantes de órganos. Cuando llegan a la ciudad, deben prepararse para pasar la semana de estudio, compran dos cosas indispensables: un poco de harina, y unos centilitros de gasolina para las lámparas que han de alumbrarles cuando se haga la noche y tengan que estudiar la tarea del día siguiente.

D'Erbol, Olivier et FrancklynFrancklyn y Olivier, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Ani tiene 11 años, vive en Malasia y cada día debe enfrentar una aventura rutinaria: el viaje sobre cristalinas aguas repletas de medusas, en una precaria canoa, para llegar a la escuela. Toda su familia, todo su pueblo, los bajaus, son pescadores, gente de mar. El agua es casi su hábitat natural, ni siquiera comen animales terrestres, solo pescado. Ani es aún pequeño y en la canoa debe acompañarle su primo, algunos años mayor que él. Tardan una hora de navegación en llegar a su destino. Lo normal es que la precaria canoa termine por inundarse y haya que parar a repararla en alguna isla cercana antes de terminar la travesía. Cuando eso ocurre las ropas se empapan, y también los libros, a pesar de que los envuelven con celo dentro de bolsas de plástico antes de meterlos en su mochila. Cuando llega al colegio seco y sin picaduras de medusas, puede considerar que ha tenido suerte.

ani - camino a la escuelaAni y su primo, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Cho tiene 10 años, vive en Vietnam, en una aldea de montaña a más de una hora de cualquier pueblo con mínima infraestructura. Su familia pertenece a la minoría Hmong, uno de los pueblos ancestrales del Vietnam. La conservación de su identidad cultural es importante en la familia, en toda la comunidad Hmong, es por ello que conservan sus trajes tradicionales, de vistosos coloridos, y los lucen con orgullo en su día a día. Cho, ataviada de tal manera, pone camino a la escuela cada mañana. Tiene por delante una hora y quince minutos de travesía por las montañas. No es a los animales ni a los hombres a lo que tienen miedo de enfrentarse en su solitario camino a la escuela los niños hmongs, sino a los espíritus que creen habitan el bosque. Pero, a pesar de ese temor atávico, el largo camino a pie se supera cada mañana. Y cada tarde, de vuelta a la montaña.

Cho - Camino a la escuelaCho y sus amigas, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Youssef tiene 12 años, vive en Cisjordania, Palestina. Pertenece a una familia de beduinos, nómadas cuyo modo de vida está en vías de desaparición, si no desaparecido de facto en perspectiva histórica. Su piel aún no brilla tan oscura como la de su padre, quemada por años de sol sobre el desierto. Pero su voz tiene ya la misma gravedad adulta, de quien siendo niño ha tenido que buscarse la vida para sobrevivir. La precaria choza donde vive con su padres y sus hermanos está cerca de una zona de maniobras del Ejército de Israel. Su escuela es tan circunstancial como las fronteras de su país, borradas a fuerza de sangre y fuego por la colonización israelí. A lomos de su burro tarda una hora y media en llegar a la escuela que una ONG italiana ha montado para niños palestinos. En su trayecto diario dos peligros son los que hay que evitar: no quedarse sin agua, y pasar cerca de los militares. Su padre le advierte de ambos. Ninguno de los días sabe, hasta que se pone a recorrerlo, cuál será el trayecto por el que llegará a la escuela, porque en función de las maniobras y ejercicios del Ejército tendrá que tomar una ruta u otra, estando atento a la munición que pudiera haber quedado por el camino. Solo una cosa es obligatoria, pasar por el único pozo de la zona para que su burro beba, una necesidad. Su odisea a la escuela la resuelve con la solvencia de un adulto experimentado.

youssef - camino a la escuelaYoussef, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Devi tiene 13 años, vive en Kalingapatam, un pueblo al sudeste de la India, en el Golfo de Bengala. Cada día ha de caminar un kilómetro hasta el pozo de agua más cercano, y luego volver cargada sobre su cabeza con dos tinajas de 20 litros de agua, lo que cubre las necesidades cotidianas de su familia. No será el único camino a pie que deba recorrer, su colegio está a 5 kilómetros, que recorre en compañía de varias amigas, una directriz de inexcusable cumplimiento, por su propia seguridad, que sus padres le obligan a recordar. Porque en el camino a la escuela hay inconvenientes, algunos peligrosos, como el paso sobre los ríos y las marismas, pero por encima de las dificultades de la ruta está el peligro de los hombres. En la India las niñas deben andarse siempre alerta para no encontrarse con un desconocido que las asalte y abuse de ellas por el camino. Después de más de una hora, salvados todos los peligros, Devi llega a clase cada mañana.

LES CHEMINS DE L'ECOLEDevi y sus amigas, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Olivier tiene 10 años, vive en Mali, a las afueras de Bamako, con sus padres, un hermano pequeño y sus dos hermanas mayores: Veronique y Marie. Con sus hermanas ha de recorrer cada día un camino peligroso de quince kilómetros hasta la capital. Tienen para salvarlo dos bicicletas, él es el pequeño y por eso no pedalea, se sienta en el manillar de su hermana Veronique. Las bicicletas, viejas y oxidadas, se averían a diario, pero resultan un seguro de vida contra los peligrosos encuentros que pueden surgir en el camino, poniéndoles a salvo de los toros, los perros salvajes y las serpientes. Otros peligros, a pesar de lo que sus padres les exigen, no los evitan los niños, como bordear los charcos, que son una fuente de contagio de paludismo. No los evitan porque les divierte pasar por encima en sus precarias bicicletas. Para el camino de vuelta, después de la escuela, tendrán a buen seguro que pasar por algún mecánico que les repare la bici, y poder volver a casa.

olivier - camino a la escuelaOlivier, Veronique y Marie, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Kritika tiene 11 años, vive en Kumishera, una aldea de Nepal. Quiere ser maestra y se esfuerza en estudiar, y en ayudar al resto de niños de su minúscula aldea de montaña, entre ellos a su hermana pequeña, Kripa. Kritika es la guía del grupo de pequeños colegiales que cada mañana se ponen de camino al colegio en las montañas de Nepal. Tienen que recorrer un relieve accidentado, a más de 1000 metros de altura, escarpado y resbaladizo, cargando sus mochilas llenas de libros. Es más de una hora de travesía, salvando puentes colgantes de madera que parecen a punto de deshacerse, ríos y cascadas de un paraje donde sus risas no rebelarían jamás el enorme sacrificio que unos niños hacen cada día para acudir a la escuela.

kritika - camino a la escuelaKritica, camino a la escuela / Imagen: Winds/Machaprod/FranceTV.

Todas estas son las historias de los ocho protagonistas de la serie documental de tres episodios Camino a la escuela, basada en la idea original de Pascal Plisson, director del documental del mismo título y misma temática, que narra las historias de Jackson —de 10 años, en Kenia, que tarda 2 horas en recorrer los 15 kilómetros que le separan de su escuela—, de Samuel —de 11 años, en la India, que tarda una hora y cuarto en llegar a la escuela en su silla de ruedas—, de Zahira —de 12 años, en Marruecos, que tarda 4 horas en hacer los 22 kilómetros que la separan de su escuela—, y de Carlitos —de 11 años, en Argentina, que recorre 15 kilómetros en caballo para ir al colegio—. Son todas historias que, presentadas en el hueso de sus hechos, sin las dramatizaciones a través del forzamiento de secuencias y su interpretación por los niños —que tanto el film como la serie presentan— y que vulneran un tanto su naturaleza documental, ponen de manifiesto la realidad de un mundo en el que la escolarización sigue siendo un reto pendiente.

La producción, francesa, cumple con su objetivo esencial: concienciar sobre la realidad de la situación que presenta, las dificultades de los niños de las áreas rurales para disfrutar del derecho básico a recibir una educación. Las historias de estos niños deberían ser material de obligatorio visionado en todas las escuelas de nuestro país.

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