Jaque perpetuo

Jaque perpetuo: En ajedrez, dícese de la situación en la que un jugador da jaque al rey enemigo continuamente sin que este pueda evitar ser objeto de  jaques. En reglas generales, si el atacante reniega tablas, el jugador ahogado pierde la partida.

♦︎

Es el bar de siempre, iluminado por la luz empírica de la madrugada. La música hace rato que cesó, ya casi no queda nadie. Sólo el camarero. Y un hombre joven, vestido con un traje de lino de color negro, sentado a la barra. Está leyendo un documento sujeto a un cartapacio de biocuero marrón. Delante, sobre la barra, tiene dos copas, una de ellas a medio beber.  

La puerta del bar se abre. Entra otro hombre joven, ataviado también con traje de lino, aunque éste, por el contrario, es rigurosamente blanco. Mira al hombre sentado a la barra y después mira hacia abajo. El suelo está pavimentado con baldosas negras y blancas, lo que produce la sensación de que todo el local se halla asentado sobre un enorme tablero de ajedrez. 

El recién llegado se acerca a la barra, poniendo especial cuidado en pisar sólo las baldosas blancas. Saluda y toma asiento. 

BRAZIL. Rio de Janeiro. 1958.Fotografía de René Burri, Magnum Photos.

    —Llegas tarde —dice el hombre del traje negro, sin dejar de mirar el documento—. Como siempre.

El hombre del traje blanco tuerce el gesto.  

     —Y tú tan puntual como siempre —responde. 

     —Tengo mucho trabajo. Imagino que mis necesidades son mayores que las tuyas —con la mano, arrastra la copa intacta hacia el hombre del traje blanco—. O eso, o te estás volviendo descuidado. 

     —No seas tan presuntuoso —dice el hombre del traje blanco, mirando la copa—. Veo que te has tomado la libertad de pedirme lo mío. 

     —Ya te he dicho que tengo mucho trabajo. La prisa me consume. 

El hombre del traje blanco levanta la copa. La observa.

     —¿Lo de siempre?

     —Creo que sí. Pruébalo.

El hombre del traje blanco da un breve sorbo a la copa y luego otro más largo.  

     —¿Qué?

      —Perfecto. Tal y como a mí me gusta —da un nuevo sorbo a la copa y la deja sobre la barra—. De acuerdo, ¿qué nos envían hoy esos indecisos del juzgado?

El hombre del traje negro extrae del interior de cartapacio una copia del mismo documento, compuesto por varias hojas de papel grapadas, y se lo entrega al hombre del traje blanco.

     —Varón de raza blanca, cuarenta y siete años, muerte súbita por infarto agudo de miocardio.  

     —Muy bien —dice el hombre del traje blanco, examinando el documento—. ¿Profesaba alguna fe?

     —¿Eso importa algo?

     —Ya estamos con lo mismo. Claro que importa. Importa en su justa medida —señala el documento—. Aquí está: Cristiano Católico Apostólico Romano. Bautizado, comulgado y esposado por la Santa Iglesia. 

     —Palabras vacuas. 

     —Nada de eso.

     —El pecado es pecado cometa quien lo cometa. 

     —Naturalmente. Pero no es lo mismo. Alguien que se acoge a una fe que rechaza el pecado en todas sus formas, es más consciente del pecado que comete que alguien que no profesa ninguna fe. Eso influye como factor básico en el pronto arrepentimiento. 

     —No me vengas con formulismos. Te repito que el pecado es pecado cometa quien lo cometa. 

     —Está bien, dejémoslo ahí. Sigamos leyendo. Veamos… notario de profesión, padre de dos hijos, divorciado…

     —¿Divorciado por tu Santa Iglesia?

     —No es mi Santa Iglesia. ¿Se puede saber qué te pasa? 

     —A mí nada.

     —Te encuentro especialmente elocuente esta noche.

     —Bueno, esta es mi tercera copa. 

     —¿La tercera? ¿No tienes una excusa mejor? Te he visto beber el doble y hablar la mitad. 

     —Eso tiene su lógica. No puedo hablar mientras bebo. 

     —Sí, claro, una lógica aplastante. ¿Podemos seguir?

El hombre del traje negro responde con un gesto de la mano. El hombre del traje blanco vuelve al documento. De repente se exalta por algo que lee.

     —¡Hombre! ¡Mira aquí: donante de órganos! Esta criatura tiene la gloria ganada. 

     —No te hagas ilusiones. Lee más abajo. 

El hombre del traje blanco lee más abajo. Su emoción se desinfla.

     —Ah… acababa de ser trasplantado de un riñón.

     —Favor por favor no cuenta como acto de bondad.

     —Sí, lo sé. Pero de todos modos, toda acción que implique la perpetuidad de la especie, ya sea engendrando vida o prolongándola, es un punto a favor —dice el hombre del traje blanco, convencido.

El hombre del traje negro lo mira desdeñosamente.

     —Todo eso está muy bien- dice-. Pero depende de la disposición con la que se mire, ¿no crees? No podemos estar seguros de que esos órganos sean funcionales y puedan salvar vidas, en cambio, si podemos asegurar que el riñón, de haberse trasplantado en otro cuerpo cuya vida continuara, digamos, treinta años más, habría prolongado al menos una vida. 

     —¿Qué estás diciendo?

     —Pues que nuestro amigo el notario no supo aprovechar la ofrenda que le fue dada.

     —¿Qué no supo aprovecharla? ¿O no pudo?

     —No supo, no pudo, no tuvo tiempo, da igual. En cualquier caso, se podría llegar a interpretar como un ejercicio de egoísmo involuntario. 

     —Estás de broma. 

     —¿Por qué? ¿Acaso no tengo razón?

     —Bueno, sí… Pero eso actúa en su beneficio, ¿no es así? Aunque debamos asumir el riesgo de que sus órganos puedan o no puedan ser funcionales, tú mismo estás sugiriendo que, a un largo plazo, serán más aprovechables que el riñón recibido. No podemos ignorar una acción tan altruista.

El hombre del traje negro echa a reír.

     —Altruista. ¿Esa qué es, la palabra del día?

     —¿No te gusta?

     —Es una palabra sobrevalorada. 

     —¿Sobrevalorada? ¿Lo dices en serio? 

     —Muy sobrevalorada. 

     —Sólo a una mente retorcida le puede resultar sobrevalorada esa palabra. 

     —Seguro. Tú inocencia me conmueve.

     —Pues no es mi intención conmoverte. Y si tanto te disgusta la palabra, puedes llamarlo buena fe.          

     —¿En qué quedamos? ¿Altruismo o buena fe?

     —Buena fe. 

     —Ya. Cómo el que se ata una bomba al cuerpo y se inmola en una plaza llena de gente. Si le preguntas, te dirá que lo hace de buena fe. 

     —¿A qué viene eso ahora?

     —A que la buena fe es también cuestión de perspectiva, parece mentira que tenga que recordártelo. Se han cometido muchas atrocidades en nombre de la buena fe. 

     —¿Y por eso debemos ignorarla?

     —¿Te parece poco?

     —Me parece absurdo generalizarlo todo hacia el lado malo. Pero en fin, si quieres que la ignoremos, la ignoramos —el hombre del traje blanco señala algo en el documento—. ¿Qué me dices de esto? A lo largo de su vida participó varias veces en programas de recogida de alimentos para países con un alto índice de desnutrición infantil. Eso quiero decir que puso su granito de arena para paliar el hambre en el mundo. Si no tenemos en cuenta ese dato…

    —Claro, tengámoslo en cuenta. Pero tengamos también en cuenta que en el barrio donde vivía, hay familias que están sumidas en la más ruin de las pobrezas y nunca hizo nada por ayudarlas. 

     —Sí, pero…

     —Sé lo que vas a decir, que ningún individuo puede cambiar el mundo él solo y tal. Vale, no digo lo contrario. Pero si tú me das un ejemplo de lo que hizo, yo puedo darte mil ejemplos de lo que no hizo.

El hombre del traje blanco niega con la cabeza. Parece ofuscado.

     —Tienes la lección bien aprendida, ¿eh? —dice—. Cualquiera diría que te has estudiado el expediente de cabo a rabo.  

     —Es una de las ventajas de ser puntual  —responde el hombre del traje negro, con un leve tono de reproche—. Te llevo una hora de adelanto.

     —De todos modos, me basto con mi desventaja —el hombre del traje blanco rebusca apresuradamente en el documento, pasando las páginas con brusquedad—. ¿Has leído el apartado de estadísticas? ¿Has visto cuántas veces se ha confesado en cuarenta y siete años?

El hombre del traje negro lo mira, con cierto hastío. 

     —No me trates como si fuera un aficionado, que ya somos viejos en este negocio. Sabes de sobra que eso de confesarse no es más que una abstracción. Si alguien busca consuelo en el perdón de un cura es porque quiere encubrir algún mal que ha causado. 

     —Es posible, pero no lo digo por el hecho de confesarse en sí. Lo digo por el asunto del pronto arrepentimiento. 

     —Y dale. A ver, seamos sinceros. ¿Alguna vez ha funcionado eso del pronto arrepentimiento? Que yo recuerde, nunca. Que tú quieres verlo como un atenuante piadoso, vale. Pero la vida eterna no es una pelea de boxeo empatada, no se define por puntos. Aquí o te mantienes en pie, o te desplomas en la lona.  

     —¿Sabes? Nunca me ha gustado esa contundencia tuya. A veces roza el menosprecio. 

El hombre del traje negro se encoge de hombros y da un sorbo a su copa.

     —Mira, voy a dejarte unos minutos para que te vayas poniendo al día. Lo necesitas, y yo necesito soltar lastre. Ahora vuelvo.

Se levanta y se dirige hacia los aseos, poniendo especial cuidado en pisar sólo las baldosas negras. El hombre del traje blanco mira al camarero, que ajeno a la conversación hace recuento en la caja registradora. 

     —¿Ha oído eso? Mi Santa Iglesia, dice. Como si él no tuviera seguidores de los que burlarme. Los tiene, pero ni se le ocurra mencionarlos. Cualquiera lo aguanta si lo hace. Mire, hasta llagas tengo de morderme la lengua. Mire, mire. 

Le muestra la lengua al camarero, que asiente y continúa con su labor. El hombre del traje blanco agacha la cabeza y se entrega a la lectura del documento. Pero al cabo de un momento empieza a mirar furtivamente la copa del ausente. Alterna la vista varias veces del documento a la copa, y luego mira a sus espaldas, a la puerta de los aseos, para corroborar que el hombre del traje negro sigue en el lavabo. Coge la copa, le echa un fugaz vistazo y da un breve sorbo. Apenas ha degustado el trago cuando lo escupe violentamente.

     —¡Por todos los santos! ¿Qué demonios lleva esto?

Se oye la cisterna del váter y el hombre del traje blanco se apresura en dejar la copa sobre la barra y simular su postura de lector. Aparece el hombre del traje negro, resoplando y abrochándose los botones de la chaqueta. Regresa a la barra pisando sólo las baldosas negras.

     —Tengo que dejar de tomar tanto picante —dice, y se sienta—. ¿Por dónde íbamos?

El hombre del traje blanco titubea.

     —Eh… sí… por el apartado de estadísticas, tengo otro dato que podría ser determinante. Fíjate bien, a lo largo de su vida ha usado la palabra «perdón» en más de sesenta mil ocasiones. Es una cifra muy superior a la media…

     —Joder… ¿otra vez? Eres como un embudo, te empeñas en llevarme al mismo terreno, pero no haces más que contradecirte. Es el mismo patrón que en el dato anterior: acto y consecuencia. Tanto perdón ha suplicado como pecados ha cometido. Punto. Y cómo tú bien dices, ha sido una cantidad muy superior a la media. Sobre todo tratándose de un católico.

El hombre del traje blanco se remueve en su asiente al oír la palabra “católico”.

     —¡Ah, no! ¡Eso sí que no! 

     —No qué. 

     —Si yo no puedo usar el catolicismo como defensa, tú no puedes usarlo como acusación. ¡Ni siquiera como gravamen!

     —Oye, que sólo estoy reafirmando tu propia hipótesis. Un hombre que se acoge a una fe con sus sacramentos y sus penitencias y toda esa parafernalia no debería pedir perdón sesenta mil veces porque no debería provocar sesenta mil motivos para hacerlo. 

     —Oh, de acuerdo. Entonces, si no tienes nada en contra, déjame ver cuántas veces ha dicho la palabra «gracias». 

     —Si crees que es necesario… 

     —¿Por qué no? Uno de los epígrafes que decoran nuestra columnata de entrada anuncia que «es de bien fallecido ser agradecido». Eso tendrá algún significado incluso para alguien como tú. 

     —Está bien, busca cuánto quieras. Pero ten presente que en un contexto más realista, y si nos ajustamos al caso del notario, son muy pocos los individuos de cuarenta y siete años que están agradecidos de morir. Y los pocos que lo agradecen están conmigo ahí abajo. Yo sólo digo eso.

El hombre del traje blanco suelta el documento bruscamente.

     —¡Es tremendo cómo le das la vuelta a todo!- grita-. Qué digo tremendo… ¡Increíble! Al menos tendrás la modestia de reconocer que el agradecimiento cuenta como acto de bondad. 

El hombre del traje negro no se inmuta.

     —Lo único que puedo reconocer es que el acto de bondad no corresponde a quién lo agradece, corresponde a quién ha realizado los méritos que se agradecen —dice. 

     —¿Y a eso no lo llamas una contradicción?

     —No. Lo llamo precisión.   

El hombre del traje blanco estalla de ira.

     —¿Precisión? ¿Llamas precisión a permutarlo todo? ¿Llamas precisión a llevarme siempre la contraria? ¿A tomarme por tonto? —cada vez más virulento—. ¿Acaso crees que no te conozco, que no sé lo que pretendes? ¿Crees que voy a quedarme de brazos cruzados mientras tú… mientras tú…? Si de verdad crees que yo… si crees que yo… 

El hombre del traje blanco se atraganta con sus propias palabras. Entre golpes de tos, se levanta y se aleja de la barra, pisando torpemente las baldosas blancas. Se detiene, toma una profunda bocanada de aire y permanece respirando agitadamente con las manos en la rodilla. El hombre del traje negro se queda mirándolo desde su asiento, asombrado por su súbito estallido, y después levanta su copa. Al observar el nivel del líquido, adivina lo sucedido. 

     —Anda, ven —empuja ligeramente con la mano la otra copa—. Echa un trago. 

El hombre del traje blanco se acerca pisando las baldosas blancas, coge su copa y echa un largo y ansioso trago. Exhala un suspiro y su respiración se normaliza poco a poco.

     —Lo siento… perdóname… no sé… no sé lo que me ha pasado… Me he soliviantado y eso… no va… con mi carácter…

     —Tranquilo, te has indignado. Eso es todo. 

     —Pero no he… debido… hacerlo. Sé a lo que he… venido. Y sé a lo que tú has venido. Cada uno defiende su postura. 

     —Cierto. 

El hombre del traje blanco toma asiento. 

     —Además, acabo de comprenderlo —dice—. Acabo de comprender qué es lo que te mueve esta noche. 

     —Ah, ¿sí?

     —Sí.      

     —¿Y qué es lo que me mueve esta noche?

     —El morbo. 

     —¿Morbo? ¿Morbo de qué?

     —Morbo de llevarte a un católico contigo.

El hombre del traje negro suelta una sonora carcajada.

     —¿No lo dirás en serio? —dice—. Ahí abajo tengo a los católicos apilados como platos. No son precisamente lo que más echo en falta.  

     —¿Y qué es lo que echas en falta, exactamente?

     —Pues un notario, por ejemplo. De eso ando bastante escaso. 

     —Bueno, no vas a llevártelo sólo por ser notario. 

     —Y tú no pensarás calificar el oficio de notario como un acto de bondad. 

     —Ni blanco ni negro, entonces.

     —Conforme. Y volvamos al asunto, que nos estamos desviando —dice el hombre del traje negro, mirando el cartapacio—. ¿Has terminado ya con el apartado de estadísticas?

     —Ni siquiera he empezado. De poco me están sirviendo los números…

     —¿No te estarás rindiendo?

     —Por supuesto que no, yo soy más de letras. Y precisamente he visto por aquí un dato interesante… aparte de notario y filántropo, era vegetariano… melómano… aficionado a los crucigramas y a la películas indie… coleccionaba anillas de puros… practicaba el esgrima… tenía afinidades políticas…

     —¿Afinidades políticas?

     —Olvida eso… ¡Ah, aquí está! Escucha: era un ferviente detractor de las corridas de toros. Repudiaba cualquier demostración de maltrato animal, hasta el punto de haber participado en manifestaciones y en actos de boicots contra espectáculos que empleaban la tortura animal con el único fin de divertir al público. Un verdadero jinete por la causa. ¿Qué opinas de eso?

     —¿Que  qué opino? Que estás muy perdido. 

     —¿Y puede saberse por qué? 

     —Pues hombre, porque según esa regla de tres, todo el que disfrute de la tauromaquia, ya sea por trabajo o por mera afición, está condenado de antemano. 

El hombre del traje blanco parece acusar el golpe. 

     —Eh…no, bueno, yo no he dicho eso… A ver… lo expongo simplemente como un rasgo de la personalidad. 

     —Ya, un rasgo de la personalidad. Como aquel caso del activista de Greenpeace, ¿lo recuerdas?

     —¿El surfista?

     —Sí, ese. El que durante quince años fue secretario de la sede principal. Toda su vida luchando por la defensa del medio ambiente, y resulta que era socio clandestino de una empresa de textiles que generaba más de mil kilos de residuos contaminantes al día.

     —Yo no veo la relación por ningún lado. 

     —No he dicho que haya relación. Es sólo un ejemplo de rasgo de la personalidad, y de lo poco que le sirvió al condenado.

     —Si no hay relación, no lo pongas como ejemplo, ¿quieres? 

     —Que no haya relación no significa que no sea un buen ejemplo. 

     —Será lo que quieras, pero si empezamos a invocar viejos fantasmas, no acabaremos nunca. Tú sabes que cada caso es un alma diferente, o sea, un universo diferente, y no es justo comparar dos casos diferentes. Espero que no lo hayas olvidado. 

     —Yo nunca olvido…

     —¿Cómo dices?

     —Nada, la nostalgia del recuerdo. A veces me cuesta mucho dominarla, supongo que es normal. Lo que para ti es invocar viejos fantasmas, para mí es rejuvenecer viejos laureles. Un ejercicio de  autocomplacencia. 

     —Un verdadero despropósito. 

     —Un deleite. Como caminar sobre un lecho de ascuas en polvo. 

     —Ya vuelves a adolecer de presunción. 

     —Yo lo llamo avidez. Sí, a-vi-dez. ¿Te suena? Esa palabra es una de nuestras mayores diferencias.  

     —¿Mayores en qué sentido?

     —Sin ir más lejos, en el registro de casos ganados, con un margen muy considerable a mi favor. 

     —¿Y qué? Los registros pueden ser engañosos. Lo que pasa es que tú sueles ganar los más relevantes, los casos de gente famosa y  personajes de las altas esferas, y eso hace mucho ruido. Pero no creo que la diferencia sea tan amplia. 

     —¿No te das cuenta? Te estás convirtiendo en un desmitificador. En eso despilfarras tu tiempo. 

     —¡Eso es una falacia! ¿Desmitificador yo? Eres tú el que siempre va con el arma cargada. 

     —El arma cargada y la ambición  intacta. 

     —¿Qué has querido decir con eso?

     —Nada. Que deberíamos dejar las disputas personales para otro momento y centrarnos en el caso que nos ocupa. 

     —No, no, ¿qué querías decir con eso de «la ambición intacta»?

     —Quería decir que deberíamos dejar las disputas personales para otro momento y centrarnos en el caso que nos ocupa.

     —Déjate de evasivas y dime la verdad. ¿Qué querías decir?

     —Te lo estoy diciendo. Que deberíamos dejar las disputas personales para otro momento y…

     —No tengo disputas personales que solventar contigo, ni ahora ni en ningún otro momento. 

     —Pues mejor me lo pones. No hay motivos para no centrarnos en el caso que nos ocupa, entonces.

     —Por mi parte, ninguno. Acabemos de una vez. 

     —Bien dicho. Acabemos y cuánto antes, que tengo prisa. ¿Sigues tú?

     —Sí, sigo yo —dice el hombre del traje blanco, sosteniendo el documento—. Veamos… fue un buen padre, cariñoso y atento con sus hijos. 

     —No me vale. Está demostrado que muchos verdugos y psicópatas eran cariñosos y atentos con sus hijos. 

     —También  fue un marido fiel. De hecho, fue su mujer quién lo abandonó a él. 

     —Bueno, por algo es la sangre de los fieles la que riega los campos de batalla. 

     —Fue un hijo modelo. A pesar de vivir lejos, visitaba a sus padres con bastante frecuencia.

     —Tampoco me vale, no es una conducta del todo… ¿cómo era? Altruista, eso es. No es una conducta del todo altruista. Aquí se especifica la existencia de una inminente herencia.  

     —Reciclaba rigurosamente la basura.

     —Sí, otro ejemplo de rasgo de la personalidad.

     —Nunca desperdiciaba la comida. 

     —¡Ah, la gula! Ya tardaban en salir los siete pecados capitales…

     —Puede presumir de no haber dejado ninguna deuda pendiente.

     —La soberbia es un pecado capital…

     —Tenía buenos hábitos de vida.

     —¿Y así se lo agradece su corazón?

     —Fue un trabajador ejemplar.

     —Todo lo ejemplar que pueda ser el trabajo de notario…

     —En ningún momento dio muestras de intolerancia racial, homofóbica o sexista.  

     —No procede. Nunca tuvo la ocasión de enfrentarse realmente a esa disyuntiva moral. Y que no diera muestras de intolerancia no significa que fuera tolerante con sus desiguales. No te confundas.

     —Fue un hombre comedido. No se dejó atrapar por la codicia desmedida ni por el consumismo descontrolado. 

     —O sea, un avaro.

     —No, un hombre comedido.

     —Un avaro.

     —Un hombre comedido.

     —Un miserable avaro.

El hombre del traje blanco golpea la barra con los puños cerrados. 

     —¡Bueno, ya está bien! ¿Qué es lo que quieres? ¿Eh? ¿Sacarme de quicio? ¿Es eso lo que quieres? ¡Pues lo has conseguido! Enséñame qué tienes tú. ¡Vamos, adelante! ¡Enséñame qué tienes!

El hombre del traje negro posa un dedo sobre el documento, mirando a su oponente y jactándose con actitud arrogante.

     —Algo que has pasado inexplicablemente por alto. Con quince años, nuestro amigo el notario sustrajo de unos grandes almacenes el libro La isla del tesoro en una magnífica edición ilustrada. Lo cogió, lo ocultó a conciencia debajo de su chaqueta y se largó sin pagar. Y para que no tengas que someterte a especulaciones mentales innecesarias, ahora mismo te resuelvo la duda: No, nunca mostró la más mínima señal de arrepentimiento, ni pronto ni tardío. 

El hombre del traje blanco sopesa el dato un instante, sumiso y desmoralizado.

     —Faltó entonces al séptimo mandamiento —susurra.

     —Con calculada premeditación y alevosía. 

     —¿La isla del tesoro, dices?

     —En una magnífica edición ilustrada. 

El hombre del traje blanco aún permanece un instante mirando el documento, con el simple objetivo de prolongar su resignación.

     —Entonces no puedo hacer nada por él —dice al fin, estrujando el documento y arrojándolo al suelo por encima de su hombro—. Tú ganas. Es todo tuyo. 

El hombre del traje negro cierra el cartapacio con aire triunfal.        

     —Adquirido pues. Brindo por ello —dice, y apura la copa de un sólo trago—. Y no pongas esa cara de decepción, el condenado va a recibir el trato que se merece.

El hombre del traje blanco apura también su copa y exhala un largo suspiro.

     —No te preocupes por mí, de algún modo tiene que afectarme.

     —Tú no podías hacer nada para evitarlo.  

     —Pero siempre pienso que sí. 

     —No eres el responsable de nadie. 

     —Y aunque lo fuera. Robó La isla del tesoro en una magnífica edición ilustrada. Él se lo ha buscado. ¿Quieres otra copa?

     —No, no puedo…

     —Sí, ya sé, tienes prisa.

     —Mucha. La próxima vez intentaré venir con un poco más de desahogo. 

     —La próxima vez no te lo pondré tan fácil. 

El hombre del traje negro se levanta y se acomoda el cartapacio debajo del brazo.

     —Por el bien de nuestra inherente labor, eso espero —dice. 

     —Te lo aseguro, vendré más preparado. Aunque se trate de un pozo sin fondo, aunque haya miles de caminos malos y sólo uno bueno, la próxima vez te haré sudar sangre. 

     —Sudar sangre, bonita expresión. ¿No suena un poco a… herejía?

     —¿Hablas en serio?

     —No, hombre. Claro que no —responde el hombre del traje negro, con una cínica sonrisa—. Ya hemos tenido suficiente teología por esta noche. 

     —¿Estás seguro de que no quieres otra copa?

     —Sí, seguro. No puedo entretenerme más. ¿Te quedas?  

     —Sí. Creo que pediré otra.

     —Te la has ganado. Disfrútala.

     —Ya.

     —Cuídate, ¿vale?

     —Sí, tú también.  

El hombre del traje negro se marcha, pisando sólo las baldosas negras. El hombre del traje blanco permanece en su asiento, inmovilizado por la derrota. Al cabo de un rato, le dice al camarero:

     —¿Me pone otra copa, por favor? Pero de lo que tomaba mi acompañante, si es tan amable. Y oiga, un vaso de agua, ¿quiere? Gracias.

Afuera, en algún lugar lejano, suena tímido el canto de un gallo. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies