Selección de personal

Fernando Fernández Hernández es sin duda un hombre competente. Domina con maestría el inglés tanto hablado como escrito, se maneja con fluidez en  francés y aún se defiende con elegancia en un correcto alemán. Realizó un postgrado en Deusto de relaciones institucionales y protocolo y en su currículum vitae destaca con orgullo los beneficios obtenidos por el plan de reducción de costes logísticos Bismakers que aplicó en la anterior compañía en la que trabajaba.

GB. London. The City, businessman alights double decker bus.Fotografía de Peter Marlow, Magnum Photos.

Fernando Fernández Hernández es Ingeniero Técnico de Obras Públicas, está en paro y a punto de realizar una importante entrevista de trabajo. Una entrevista en la que ha depositado todas sus esperanzas y anhelos, una entrevista que le deparará un prometedor futuro. Sabe que los cinco pilares fundamentales para superar cualquier prueba de selección son: puntualidad, naturalidad, positivismo, escucha y confianza, o como él mismo afirma: ¡formalidad!  ¡Ésa  es la  mejor tarjeta de visita!. 

En estos estivales momentos, espera en la recepción de una gran compañía multinacional. Frente a él, sobre un mostrador, brinca una molesta centralita que no es atendida. Detrás, una mujer habla por el móvil.

Tras unos ensordecedores minutos, salta el contestador y el señor Fernando Fernández H, escucha una robótica voz que dice así: “Está usted llamando a URBIS CNMV, Sociedad Rectora del mercado filial de ASDL NETWORKS, entidad vinculada a la Secretaría de Estado de Planificación, Relaciones Institucionales e Infraestructuras. Si desea contactar con la Secretaría General Técnica pulse 1, si desea contactar con la Dirección General de Programación Económica pulse 2, si desea contactar con la Dirección General de Servicios que gestiona los servicios comunes no atribuidos a otros órganos de la subsecretaría pulse 3. Si desea cualquier otra información le comunicamos que…”

El mensaje es tan largo que se corta. La centralita vuelve a brincar sobre el mostrador, la recepcionista bufa y Fernando Fernández H. se desespera. Lo primero que hará cuando ocupe su puesto de trabajo será despedir a esa secretaria incompetente y grabar un mensaje más claro y escueto. Pero por el momento sonríe, tiene que ser agradable, todavía no ha realizado la entrevista. La recepcionista le mira y tapando el receptor del móvil con la mano le dice:

     —Buenos días, espere junto a los demás y será atendido en unos minutos.

     —Disculpe señorita, pero no veo a nadie más. Aquí estamos solos usted y yo.

     —¡Naturalmente caballero! ¿Qué quiere demostrar con eso? —contesta alterada la mujer para asombro de nuestro futuro entrevistado. 

     —¿Yo? —pregunta extrañado Fernando Fernández H. 

     —¿Quién si no? ¿No decía que estábamos solos? ¡Me está usted volviendo loca!

     —Yo… sólo he venido porque tengo una cita con el señ… —intenta explicarse el hombre sin lograrlo.

     —¡Haga el favor de esperar al fondo! —contesta irritada la recepcionista sin dejar que termine la frase. 

     —¿Al fondo de la sala?

     —Sí, al fondo —insiste la secretaria incompetente volviendo la atención hacia su móvil.—¡Pero si esta sala es circular señorita, no tiene fondo! —Exclama el futuro entrevistado.

     —¿Me toma usted por idiota o qué?

     —No, sólo intento decirle que tengo una cita importante.

     —¡Por el amor de Dios! ¿No ve que estoy ocupada? —la recepcionista incompetente señala el móvil que tiene entre sus manos—. ¡Es una conversación privada, espere en la esquina por favor! 

     —¿Quiere que espere en la esquina de una sala redonda?

     —Sí, eso es —contesta enojada la secretaria mientras vuelve a su conversación privada.

El señor Fernando Fernández H. se rinde. Decide esperar unos minutos, minutos que parecen  dilatarse a través del tiempo. Después vuelve a intentarlo de nuevo.

     —Perdone que insista señorita, tengo una cita con el señor Treviño concertada para las 10 —se apresura a decir antes de que le corten.

     —¡Pero bueno! ¡Cómo no lo ha  dicho usted antes! El señor Terviño le está esperando desde hace un buen rato.

     —¡El señor Treviño!

     —Treviño si, Treviño, ¡no sea usted tan tiquismiquis, hombre! Despacho 12 —le contesta la incompetente recepcionista mientras le coloca una pegatina en la camisa con su nombre. 

Fernando Fernández H. recupera su triunfal sonrisa y camina con paso decidido hacia la puerta del despacho 12, de donde cuelga un rótulo en el que se puede leer “Don Adolfo Lozano Hortega”. 

Lo segundo que hará cuando ocupe su puesto de trabajo, después de echar a la incompetente recepcionista, será despedir a la persona que se encarga de realizar los letreros y comprobar que ninguno más tiene faltas de ortografía. 

Después de leer la inscripción, da por hecho que ése no es el despacho del señor Treviño, y ya se disponía a marcharse cuando un caballero trajeado abre la puerta y le recibe con entusiasmo.

     —¡Por fin, señor Fernández! Ya creía que nunca nos íbamos a conocer. ¿Cómo le van las cosas?

Fernando Fernández H. no sabe quién es ese hombre. Bueno, a decir verdad sí lo sabe, de hecho acaba de leer su nombre en la placa: “Don Adolfo Lozano Hortega”, pero no tiene ni la más remota idea de quién se trata. Lo que no le impide que extienda su mejor sonrisa y estreche con  firmeza la mano de aquel desconocido.  

Tras intercambiar una serie de protocolarias frases, descubre que el desconocido es el Vicepresidente tercero del Consejero Delegado del Gabinete del Tribunal del Comité Interterritorial del Servicio Jurídico. Un puesto que realmente no sabe qué conexión puede tener con el suyo, pero como él bien dice, las relaciones inter-departamentales y la cohesión entre empleados puede ayudarle a ascender en su carrera.

El señor Fernando Fernández H. intenta averiguar qué clase de trabajo realizan en esa división, pero el trajeado caballero no sabe explicárselo con claridad. Le comenta que todavía está en periodo de formación, ya que sólo hace 3 años que ingresó en la empresa. De esos tres años, el primero anduvo con mucho papeleo y entrevistas de un lado a otro, el segundo solicitó un año sabático y el tercero, entre moscosos, vacaciones y días de libre disposición todavía no ha tenido tiempo de enterarse. A continuación añade: 

     —¿Qué necesidad hay de estresarse ? ¿No cree usted amigo?

Fernando Fernández H. no da crédito a lo que le está contando semejante caradura, sabe por experiencia propia que todas las empresas tienen algún inútil y considera que no es bueno para su promoción que le vean con aquel tipo. A pesar de lo cual asiente con la cabeza dándole la razón al caballero que continúa su monólogo:

     —¡En esta vida no hay que ser quisquilloso! Sin ir más lejos, para que vea que yo soy un hombre sencillo y no albergo rencores, le voy a contar una simpática anécdota. Al poco de comenzar mi labor en esta empresa me realizaron un control médico en el que me descubrieron un pequeño quiste en la vesícula. Ingresé en el hospital para extirpármelo y cuando desperté me faltaba un riñón. Se habían confundido. ¿Y qué hice yo?¿Acaso me envenené la sangre con denuncias y reclamaciones? ¡Pues no! ¡Ese pequeño error le puede pasar a cualquier profesional en cualquier campo!. Ahora por las tardes voy a diálisis y todavía estoy en lista de espera para extirparme el dichoso quiste. ¿Y qué? Soy un hombre comprensivo.

Fernando Fernández H. se da cuenta de que además de un caradura, un incompetente y un inútil ese caballero es idiota a pesar de lo cual asiente con la cabeza dándole la razón amablemente.

Lo cuarto que hará cuando ocupe su puesto de trabajo, después de echar a esa secretaria incompetente, grabar un mensaje más claro y escueto en el contestador, despedir a la persona que se encarga de realizar los letreros y comprobar que ninguno tiene faltas de ortografía, será eliminar de la plantilla a este inútil tipejo.

Finalmente, el caballero desconocido le pregunta a nuestro futuro entrevistado que si quiere pasar a su despacho y charlar más tranquilamente. El señor Fernando Fernández H. recuerda su postgrado en Deusto de relaciones institucionales y protocolo, pero olvida de un plumazo cuatro de los cinco pilares fundamentales que rigen su conducta: naturalidad, positivismo, confianza y escucha, entonces enfurece. Cree que en realidad, este hombrecillo no tiene ninguna noticia de la entrevista que va a realizar, ni siquiera conoce al señor Treviño y mucho menos le esperaba a él y que únicamente sabe su nombre porque lo ha leído en la pegatina que lleva pegada en su camisa.

Desconcertado ante tan absurda situación, se despide apresuradamente y se marcha.

Retrocede sobre sus pasos persiguiendo el insistente sonido de la centralita abandonada y vuelve a la sala circular donde la incompetente recepcionista continúa trabajando en su conversación privada. La mujer le mira y tapando el receptor del móvil con la mano le dice:

     —Buenos días, espere junto a los demás y será atendido en unos minutos.

     —¡Por Díos! ¡Soy yo otra vez señorita!

     —¿Y quién es “yo”?

     —¡Fernando Fernández Hernández, me ha atendido usted antes y hasta me ha puesto una pegatina!

     —¿Cómo quiere que me acuerde de todo el mundo que nos visita?

     —¡Llevo un buen rato dando vueltas y no ha entrado nadie más!

     —¡Naturalmente caballero! ¿Qué quiere demostrar con eso?

     —Por favor, se lo ruego, sólo quiero saber cómo me puedo reunir con el señor Treviño.

     —¡Ah, es usted ese! El señor Treviño lleva más de una hora esperándole en el despacho número 12.

     —Acabo de regresar de allí y no es el despacho del señor Treviño, sino del señor Adolfo Lozano Ortega.

     —¡Qué raro! ¡Habrá usted confundido el despacho número 12 del edificio A con el despacho número 12 del edificio B!

     —¿Hay varios despachos nº 12?

     —Anda, pues claro.

     —Pero… ¿cómo no me lo ha dicho usted antes?

     —Se lo hubiera dicho encantada si me lo hubiera preguntado. Y en ese momento vuelve a saltar el contestador.

“Esta usted llamando a URBIS CNMV Sociedad Rectora del mercado filial de ADLS NETWORKS, entidad vinculada a la Secretaría de…”

El señor Fernando Fernández H. está desesperado, literalmente abatido, tanta ineficacia le agota, además ha quebrantado cuatro de sus cinco pilares fundamentales, sólo le queda uno: puntualidad.

El futuro entrevistado intenta recuperar su triunfal sonrisa y caminar con paso decidido hacia el despacho 12 del edificio B donde otra recepcionista espera tras el mostrador y dirigiéndose a nuestro protagonista le dice:

     —Caballero, disculpe pero no puede pasar.

     —Perdone pero tengo una cita y ya llego bastante tarde —el señor Fernando Fernández H. está a punto de volver a perder los nervios.

     —No tengo conocimiento de ninguna cita.

     —¡Ustedes no tienen conocimiento de nada!

     —Se ponga como se ponga no le voy a dejar pasar —asegura la mujer tajantemente.

     —¡Me está esperando el señor Treviño, tengo una entrevista para el puesto de Vicepresidente! —vocifera el futuro entrevistado.

     —¿Vicepresidente primero, vicepresidente segundo o ayudante del sub-vicepresidente?

     —¡No lo sé! ¡Haga usted el favor de avisarle y ya está!

     —¡Menos humos caballero, que así no llegamos a buen puerto! Antes tiene usted que rellenarme estos impresos.

La mujer extiende una serie de formularios de diferentes colores sobre el mostrador.

     —¿Todos esos impresos? —pregunta el señor Fernando Fernández H. estupefacto.

     —No, el resto de formularios que necesita debe recogerlos en la ventanilla 3.

     —¡Sí hombre, claro, la ventanilla 3, se me olvidaba! —exclama el futuro entrevistado con ironía.

     —La ventanilla 3 del 5º piso del primer edificio, ¡claro! Que ya me ha avisado mi compañera de que usted no pregunta nada y luego protesta —contesta enfurruñada la mujer.

     —¡Sí ya, y qué mas!

     —Sellarlos y firmarlos en secretaría central. 

     —¡Se ha vuelto usted majareta! 

     —¡Como mantenga esa actitud conmigo me veré obligada a avisar a seguridad!

Fernando Fernández H, abatido, coge el taco de impresos y comienza a escribir. Rellena una docena de veces su DNI junto a su nombre y apellidos. A mediodía ha repetido en otra docena de casillas, su dirección actual y teléfono de contacto. Al alba, completa cargo anterior, cualidades positivas de uno mismo y objetivos personales. Con el canto de los gorriones sospecha que todavía le quedan 300 gramos de declaraciones juradas en las que tiene que asegurar no ser un terrorista, no tener antecedentes penales de homicidio en primer grado y no acudir a la empresa para agredir a algún empleado. Con los primeros copos de nieve llega por fin a la pregunta trampa: “justifique razonadamente por qué los negocios que abren las 24 horas del día tienen cerraduras”. Después se dirige a la ventanilla número 3,  termina de re-escribir el resto de impresos, los firma y los sella en secretaría central  y retrocede sobre sus pasos.  

Vuelven a florecer los almendros cuando el futuro entrevistado deposita los papeles sobre el mostrador. Detrás del cual se encontraba la segunda recepcionista. Ahora ya no está. Su puesto lo ha ocupado otra persona. Es una chica joven, casi adolescente que bosteza y le dice: 

     —Buenos días, espere junto a los demás y será atendido en unos minutos.

     —¿Esto es una broma macabra o qué?

     —Perdone caballero pero no le comprendo.

     —¡Su compañera! ¿Dónde está su compañera? Ella me ha hecho rellenar todos estos formularios para poder entrevistarme con el señor Treviño.

La chica se acerca cautelosamente al señor Fernando Fernández H. y casi susurrándole le dice:

     —Me temo que es política de la empresa cambiar de secretarias, recepcionistas y auxiliares administrativos cada tres meses.-

     —Pero… ¡qué estupidez es esa!

     —Las categorías más bajas sólo tenemos contratos eventuales por meses, días, horas e incluso minutos.

     —Eso es imposible señorita.

     —Una amiga mía, la que me enchufó aquí, fue contratada sólo para 10 minutos. Entre los 5 minutos que se retrasó y los otros 3 que estuvo en el servicio dice que trabajó sólo 2 minutos. ¡Imagínese qué chollo! ¡Es el curro más rentable que ha tenido! 

     —Muy bien, como usted diga, aquí le dejo los impresos. Tengo una cita con el señor Treviño.

Lo quinto que hará cuando ocupe su puesto de trabajo, después de echar a esa secretaria incompetente, grabar un mensaje más claro y escueto en el contestador, despedir a la persona que se encarga de realizar los letreros, comprobar que ninguno tiene faltas de ortografía y eliminar de la plantilla al tipejo inútil, será cambiar la política de la empresa y simplificar la burocracia. 

Estampa los malditos papeles sobre el mostrador y se dirige con paso firme y rostro sudoroso hacia el laberinto de pasillos entre los que espera encontrar el despacho número 12.

Apenas ha avanzado unos metros cuando la chica le interrumpe cortándole el paso. No le puede dejar pasar. Los formularios los completó en otro turno y ella no puede saber si son auténticos, es decir, si los ha rellenado él mismo o le ha chivado las respuestas otra persona. El señor Fernando Fernández H. intenta explicar a la joven que no tiene ninguna intención de falsificar su teléfono de contacto y dirección y que es completamente absurdo que alguien le pueda chivar su propio número del documento nacional de identidad. La chica no parece muy convencida y alega además que esos documentos están obsoletos, que algún departamento editó unos formularios nuevos por lo que de todas formas tendrá que empezar de nuevo.

Fernando Fernández H. no lo soporta más. Respira hondo y pega una risotada tan estúpida que rompe la pantalla del ordenador de la chica, la maceta que contienen la flor de pascua que adorna el hall de entrada, la centralita de la sala circular y las gafas del caballero desconocido cuyo nombre tal vez sea Don Adolfo Lozano Hortega.

Se lanza a la carrera gritando por el entramado de túneles entre los que espera encontrar un rótulo que anuncie el nombre del Señor Treviño o mejor dicho Terviño. Por el camino va derramando su puntualidad, su naturalidad, su positivismo, su capacidad de escucha, su confianza y su juventud, además de un litro de sudor y mocos. Es consciente de que ha perdido la corbata, un zapato y la dignidad cuando descubre que se encuentra nuevamente en la sala circular donde la incompetente recepcionista recoge sus pertenencias y se dispone a marcharse.

     —¿Usted también se va?

     —Sí, en cinco minutos finaliza mi turno.

El futuro entrevistado se echa a llorar desconsoladamente. 

     —Pero ¿qué es lo que le ocurre señor Fernández? ¡Cualquiera diría que le han dado una mala noticia!

El futuro entrevistado no puede parar de llorar y se cubre avergonzado el rostro con las manos. La incompetente recepcionista se acerca cariñosa. Al fin y al cabo, es mucho lo que le debe al señor Fernando Fernández H.

     —Por cierto, mi enhorabuena. Desde luego es usted un tipo con suerte.

     —¡Pero qué sandeces dice usted ahora!- exclama Fernando Fernández H entre sollozos.

     —El señor Terviño está muy contento con su mandato —le comenta admirada la recepcionista incompetente.

     —No me torture más por favor, se lo ruego, ¡tenga piedad! 

     —Lo digo en serio. Me ha dicho que cree que va a llegar usted a ser el mejor vicepresidente primero que ha tenido nunca.

Al escuchar esas palabras Fernando Fernández H. siente un impulso arrollador que le obliga a asfixiar con sus propias manos a esa incompetente mujer. A pesar de lo cual pregunta:

     —¿Qué?

     —¿Nadie se lo ha dicho? ¡Le van a ascender a usted a presidente! —le comenta con orgullo la mujer.

     —¿A mí? Pero si ni siquiera he llegado a conocer a ese tal Treviño.

     —También me ha avisado de lo chistoso y ocurrente que puede llegar a ser usted, ¡tramposillo!

     —¿Ah sí? ¿Y qué más le ha dicho? —pregunta intrigado Fernando Fernández H.

Es entonces cuando el futuro entrevistado lo comprende todo. Es en el momento exacto en el que ella le mira con ardor y admiración al tiempo que le comenta: 

     —Dice que es usted excepcional, que lo que hizo el día de su primera entrevista no lo ha vuelto a hacer nadie, que cuando llegó con dos horas de retraso y con todo su  descaro le extendió su sonrisa y le dejó plantado, supo que era usted un auténtico chapuzas. Dice que la impuntualidad ha sido siempre su sello de identidad. Que cuando las cosas se hacen con prisa salen peor, que tiene usted arrojo, que no es como esa gente con sangre de horchata, los ingleses por ejemplo, que mucha educación y mucha puntualidad y cuando menos te lo esperas ¡zas! están enterrando a su familia en el jardín. Dice también, que usted no es como el anterior Vicepresidente, un alemán intratable que parecía saberlo todo, redujo los gastos de la empresa e incrementó los beneficios en un plazo de 2 días, lo que provocó que el señor Terviño le despidiera de inmediato, claro. Cree que con usted los plazos de entrega y los retrasos han vuelto a  ser considerables.

     —¿En serio? —murmura Fernando Fernández H a la incompetente recepcionista entre flirteos. 

     —Pues… ¿no se lo estoy diciendo? Goza usted de un sueldazo, una excelente reputación, y un buen horario; entra a trabajar a las 12 y tiene las tardes libres.

La secretaria incompetente hace ojitos al eterno futuro entrevistado y con voz melosa añade:

     —Ah, por cierto, el señor Terviño dice que le encantó que le rompiera usted las gafas aquel día, que ahora lleva unas de marca y ¡no le han costado ni un duro! ya que usted se las apaña para meterlo como gastos de empresa.

     —¿El señor Treviño es Don Adolfo Lozano Hortega?

     —¡Qué ocurrente es usted Don Fernando Fernández H! ¡El señor Terviño es el señor Terviño. Ya sabe que Don Adofo Lozano Hortega dejó la empresa hace más de 10 años.

     —¿Entonces el rótulo…? —comenta Fernando Fernández verbalizando sus pensamientos.

     —¡Para qué hacerlo hoy si se puede dejar para mañana! —exclaman al unísono los dos personajes entre guiños de complicidad y risas.

     —¡Qué simpático es usted! Debe ser por eso por lo que me ha dicho el señor Terviño,  que elija usted como su sede, la estancia que considere y que mañana mismo puede abandonar el antiguo despacho de Jose María Palazios Avrante que ha ocupado hasta ahora.

Fernando Fernández H. sacudiéndose de encima las lágrimas y los años, abraza a la recepcionista incompetente y piensa que ahora ya es viejo, pero que sus nietos pueden recordar orgullosos que su abuelo llegó a ser presidente de una compañía multinacional y que lo primero que hizo al entrar fue contratar indefinida a la recepcionista incompetente, grabar un mensaje más largo y completo en el contestador, interesarse por la persona que se encargaba de realizar los letreros, comprobar que en su despacho figurara un rótulo con el nombre del anterior inquilino Jose Marria Palazios Avrante, imitar en todo lo posible a Don Terviño e instaurar una burocracia rica y variada en toda su taxonomía. ♦︎

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