Silvio Rodríguez, aún sin ser solo Silvio

La tarde ya casi muerta y la noche ya casi llena. Cuba como un barco boca abajo en un mar negro y morado. Y el calor como un gas inflamable.

Es agosto en la isla y hace ya meses que los cubanos se han dado cuenta de ello. Silvio Rodríguez, aún sin ser solo Silvio, lleva días rumiando la huida. La guitarra le habla igual de bien pero él siente que podría hacerlo mejor. O quizás hacer otra cosa distinta. La gente quiere oír su música de vez en cuando pero eso no le sirve. Silvio nació para cantor de jornada completa y no para llenar un trozo de cielo limitado. 

Silvio_1969_foto_mayito_zurrondelaprendizSilvio Rodríguez, septiembre de 1969 / Foto: Mayito/Zurrón del Aprendiz.

Después de la conversación tipo que mantuvo con unos y con otros, un cruce de palabras llano y sin emoción, Silvio Rodriguez se sintió aún más deprimido y sobre todo, inútil. Pasó de pensar en construir himnos y mover multitudes medio alegres medio tristes, a dejar la música. La música. Porque a él lo que le gustaba era la música; no solo la guitarra, o la trova o el cantar o la copla. La música tremenda e inevitable que siempre tuvo en la cabeza y a veces, o eso creía él, en las manos. 

Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, subió a un autobús limpio y brillante por fuera, oscuro y dulzón por dentro. Un autobús como una adivinanza.  

El destino era la costa y de ahí pensó que sería más fácil encontrar una respuesta porque solo tendría que seguir una línea, la línea de la tierra contra el mar. Continuar por las playas y las piedras dando vueltas a la isla, como si la isla fuera el mundo único por el que viajar. Silvio Rodríguez sin querer estaba dando ideas a Bioy Casares, pero él pretendía solo escapar de su pena por la música y de su falta de plenitud en los oídos de los cubanos. 

La primera noche, cuando llegó al mar, Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, llamó a la puerta de una casa que miraba de reojo a la playa y le pidió al viejo que le abrió un trozo de suelo donde rumiar su duda. El viejo ni preguntó, porque ya estaba a punto de dormirse y después de cenar apenas hablaba consigo mismo. 

Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, durmió en voz baja porque la casa, casi una choza, era mínima y no quería molestar al viejo. Por la mañana dio las gracias y salió directo a seguir la costa, que era el plan y también la solución a las dudas. 

Pasó el día solo, hablando poco y mal. Comió en una fonda gris y mecida por el viento de mar, que tiene más fuerza que el viento de la montaña porque viene de lejos. Durmió encima de unas rocas lisas la siesta y sin saber muy bien la razón, al despertar tenía la cara mojada de lágrimas. Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, se limpió del pecho sus lágrimas calientes y siguió dibujando la costa como un ciego recorre el filo de un cuchillo romo. 

Caminó hacia el final de la tarde. A ratos lento y a ratos sentado en la playa mirando correr a los perros en círculo. Pensaba mucho en lo poco que ya deseaba seguir con la música y poco en lo mucho que le hacía feliz. Por lo menos a él. Ser feliz estaba bien, pero hacer feliz era la idea, lo que perseguía desde que aprendió a mirar a lo lejos al pulsar las cuerdas. 

Llegaba la noche y el frío que siempre lleva detrás el calor hizo a Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, buscar otro sitio donde estar a solas con su duda y con su pena, que era la pena del que tiene que dejar lo que quiere. 

Al final de una playa con dunas, ya con noche cerrada, vio una caseta con luces verdes y rojas colgadas de unas cuerdas invisibles. A lo lejos parecía el esqueleto de una luciérnaga gigante, si es que las luciérnagas gigantes tienen esqueleto. Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, se acercó buscando refugio y una cerveza tibia y cuando estaba a medio camino comprobó que el pequeño bar estaba cerrando, ya sin clientes y solo con el camarero que recogía sillas y mesas, lento como una hormiga caribeña. 

Se acercó a él con esperanza concreta y después de preguntarle si estaba abierto y de ser respondido con un sí claro cómo no, Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, entró al pequeño y negro espacio que era el pobre local. 

Sus ojos que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche, tuvieron que hacer otro esfuerzo para adaptarse a la oscuridad de dentro y fue primero su olfato el que escuchó la melodía tenue que flotaba en la oscuridad. Música lenta y letra suave pero sobre todo, música familiar. 

Raimundo y Elena bailaban despacio en la oscuridad, sobre el serrín y los papeles todavía no recogidos como el que baila sobre las nubes de los cuentos. Silvio Rodríguez, todavía sin ser solo Silvio, no quiso molestar y dio un paso atrás para quedarse medio dentro medio fuera, viendo la silueta de la pareja cimbrearse en las sombras y escuchando su música, la canción que él tanto había odiado por no ser una canción que hiciera feliz a la gente, con cara de tonto y ojos llorosos. 

Silvio Rodríguez entró al barecito siendo Silvio Rodríguez y salió siendo solo Silvio. Raimundo y Elena habían rescatado a Silvio de la duda y lo habían vuelto a meter en la música. 

Silvio pasó la noche oyendo con prudencia las olas romper en la playa y por la mañana regresó a su casa en el autobús brillante y mitológico. 

Dijo a todos que ya era Silvio y que era músico y que él sabía a ciencia cierta que sus canciones, hacían feliz a la gente e incluso, bailar a Raimundo y Elena, que nadie conocía pero que fueron grandes mecenas sin saberlo. 

* Pueden encontrar este texto también en Una pena no decirlo, web personal del autor. 

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