La consagración de la cosecha

A la sombra de los platanales y asediados por los molestos zumbidos de las moscas, zancudos, jejenes y todo tipo de dípteros que dificultan la laboriosa recolecta del café, y azotados por los ignominiosos rayos de sol que penetran entre la rica vegetación del Quindío y terminan estrellándose contra los harapos sucios de los jornaleros, reposa Jango con la lengua fuera y la cola juguetona, sus ojos se encuentran clavados en el almuerzo de Octavio; un pedazo de carne de res con arroz, yuca y papa bañado en salsa de tomate, que este perrito criollo enrazado mil y una vez no para de mirar. Octavio come mientras mira al horizonte sin percatarse de nada, entre tanto, sus colegas retoman los azadones, desenvainan los machetes y acomodan las canecas para continuar sus respectivos trabajos, unos cortando caña, otros recolectando café y los menos afortunados cargando las canecas para llevarlas a la hacienda que está a diez minutos del cafetal.

plantación_café_sebastiao_salgadoFotografía de Sebastião Salgado.

La hacienda “Poporo”, una de las más grandes y antiguas del departamento del Quindío y seguramente del eje cafetero, se encuentra en la cima de una colina, rodeada de cafetales y cañaverales donde unos setenta labriegos temporales recolectan el café y otros diez permanentes se encargan de las labores diarias de la hacienda. Entre estas labores diarias está la de satisfacer todos los caprichos y antojos de Milena, la hija de Don Jorge, dueño de la hacienda “Poporo” que, según se cuenta, heredó de un familiar lejano.

Milena, adolescente de 17 años, caprichosa y altanera, se ha acostumbrado a tratar a los empleados como animales, en parte por el ejemplo que ha observado desde pequeña en su padre y en parte porque así suele ser el uso inhumano y mezquino por parte de los hacendados a su servidumbre.

Jango el perro fiel de la hacienda se mueve de aquí para allá como vigilando que todo funcione bien o quizá deambula sin ton ni son disfrutando del ajetreo diario del campo. Milena que no suele pasear por los cafetales para no impregnarse del sudor de los campesinos y mucho menos le gusta alejarse de su adorada casona de estética republicana rebosante de flores, pájaros y sábanas tendidas, se dirige curiosamente hacia el cafetal, sumida en un estado de aletargamiento que la lleva paso a paso a imbuirse en los sonidos que el viento le susurra. Una melodía de sonidos livianos, una atmósfera acústica de cantos de pájaros y crujidos de cañas que rompen indoloramente machetes casi oxidados, y de ramas de cafetos que ante el zarandeo de los jornaleros forman una orquesta perfectamente sincronizada. Milena avanza imparable por entre los jornaleros que ordeñan las ramas de los cafetos con un ritmo casi mecánico y repetitivo. 

Octavio ensimismado, con sus botas de caucho enterradas en el pantano de esta tierra fértil, negra y resbaladiza que lo vio crecer, contribuye al inmenso ritual de recolección que los más de sesenta campesinos llevan a cabo en armonía, cumpliendo así con una especie de ley divina que relega a estos desventurados a llenar sus manos de las frutas ocres y rojo heráldicas del café maduro.

Jango, este perro criollo de pelaje negro, sucio y garrapatoso, es casi invisible a los ojos de los jornaleros, su presencia es parte ya del panorama. Su ancha espalda que en ocasiones es acariciada por las rudas y callosas manos de quienes desde niños han labrado la tierra, serpentea entre las canecas llenas de café maduro en busca de no se sabe muy bien qué cosa, hasta toparse con el trayecto de un pie, causándole un sollozo suave pero lo suficientemente ruidoso para romper la armonía residente en esa especie de orquesta natural conformada por los labriegos y su entorno, interpretando una pieza que bien se podría llamar La consagración de la cosecha. Octavio, ahuyentado de su ensimismamiento, rompe el embrujo de la resignación del trabajo y sale de su estupor, viendo entristecido la poca diferencia que existe entre Jango y él o para ser más exactos entre Jango y sus compañeros que le rodean durante nueve horas diarias en esta hacienda de onomatopéyico nombre. 

Silbando y tarareando con la pretensión de dispersar sus penas, Octavio olvida los dolores y ameniza la fastidiosa y monótona labor entonando un canto improvisado, el eco de su rasgada voz retumba como un lamento. “¡Aay, es el fuego de mi cumbia / Es el fuego de mi raza / Un fuego de sangre pura / Que con lamentos se canta!”. 

Los azadones clavándose en el suelo retumban como tambores macho y en el arado la tierra se sacude acompasada como una maraca taína, los frutos de los cafetos raspan las paredes de las canecas sonando como guarachas y los pájaros de menor tamaño, como cañas de millo pitan en el aire al vuelo, el sol se esconde lentamente tras las montañas formando arreboles en el cielo y los arañeros cejiblancos, las camineras rabiblancas, los chillones verdes, los cucuracheros comunes y demás pájaros de la zona alzan vuelo, pintando el cielo de colores alegres, mientras el bullerengue que susurra el viento cada vez más fuerte, se apodera de los cuerpos que se disponen a retirarse de la labor cumplida, pero Octavio embrujado por los ojos de Milena que lo mira como embebiéndose de la primitiva poesía que le narran sus cicatrizadas heridas y sus agresivas facciones, se acerca y palpa con sus manos ajadas y tiznadas de tierra y café, las delicadas manos de Milena; Jango ladra, el sol sucumbe ante la cima del monte, como sucumbe Milena ante Octavio, los jornaleros se retiran como haciendo mutis, pero la cumbia que trae el viento se alborota y los cuerpos alebrados por el suelo se restriegan mientras Jango ladra incesantemente y cada vez con mayor fuerza.

En la casona Don Jorge busca preocupado a Milena mientras prende las velas y abre el aguardiente que acostumbra beber después de la cena, escucha los ladridos lejanos pero constantes de Jango y coge un velón con la mano derecha, un machete con la izquierda y sale precavido con paso firme en busca del animal, con cada paso se sumerge más en la oscuridad del cafetal que lo devora poco a poco y con cada paso más fuertes son los ladridos de Jango que guían el andar ciego y torpe de Don Jorge. 

Un coro de chicharras chillan en ese canto característico y notorio que llama a las hembras al apareamiento, el ruido cada vez más incesante, estrepitoso y ensordecedor tiñe de dolor la noche y de silencio los cuerpos de Milena y Octavio, que llevan escritos en su piel un epilogo de libertad inmarcesible.  ♦︎

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