La Catrina

Los gritos, la música y los cantos que dominaban la calle se colaban a través de las ventanas mal cerradas del salón. Lupita miraba las calaveras de colores colgadas en las paredes mientras jugaba con sus dos trenzas, tenía una expresión aburrida y movía las piernas que le colgaban desde lo alto de la silla en la que estaba sentada. La gran mesa familiar de madera estaba puesta. A falta de un mantel, la madre de Lupita había puesto servilletas de tela negra debajo de los platos y cubiertos, todos ellos desgastados y viejos. Había seis velas pequeñas de color blanco, que no desprendían ningún aroma, repartidas a lo largo de la mesa, y Hasen miraba atentamente la que le quedaba mas cerca. En algunos momentos hacía una “o” con los labios y parecía que estaba a punto de soplar, pero entonces Lupita le daba una patada por debajo de la mesa. Hasen querría rechistar, pero el silencio que dominaba, no solo el salón, sino toda la casa, le imponía respeto.

A. Abbas 1984 MEXICO. Mexico CityFotografía de A. Abbas, Magnum Photos.

Los adultos ocupaban sus sillas en posiciones rígidas y con la cabeza baja, excepto Suré, la mujer que presidía la mesa. Suré miraba directamente a los dos sitios vacíos en el otro extremo de la mesa con un rostro anhelante pero severo. De vez en cuando echaba un ojo a los dos niños y a la puerta de la calle, como si esperara la visita de alguien. La comida se encontraba a fuego lento en la cocina, desprendiendo un aroma que impregnaba todo el salón, pero que nadie parecía percibir excepto los dos niños, que seguían cada uno con su juego y, de vez en cuando, se chupaban los labios. Lupita empezó a deshacerse una trenza y a volver a hacerla, primero con la derecha, luego con la izquierda. Hasen la observaba con fascinación, y a la tercera vez que se deshizo la trenza derecha le preguntó, con gestos, que si podía hacerla él. Lupita le miró con miedo, apretó los labios y negó con la cabeza, mientras sus hábiles dedos seguían desenredando la trenza. Hasen se lo volvió a pedir, esta vez juntando las manos y gesticulando un “por favor” con los labios. Lupita se negó mas enérgicamente, volvió a hacerse la trenza y se cruzó de brazos, mientras se apartaba unos centímetros de él. Entonces, Hasen, enfadado, decidió alargar la mano para tirarle de una trenza, pero antes de alcanzarla los reflejos de Lupita fueron mas rápidos, y le dio un manotazo en el brazo para que no la tocara. Hasen gritó en una mezcla de dolor y rabia, rompiendo el silencio imperante. Suré se levantó de la silla rápidamente, haciendo un estruendo al correrla para atrás, y señaló a los niños con el dedo mientras les miraba con unos ojos inyectados en rabia. Entonces, justo en el momento en que los niños, asustados y temblando, bajaron la mirada, se abrió la puerta.

Entraron dos hombres con ropas gastadas y sombreros. Uno, el mas joven, llevaba un trozo de paja entre los dientes que escupió nada mas colgar la chaqueta polvorienta en el perchero de la entrada. El mas mayor vestía un poncho de lana roja y un sombrero que ocultaba su cara, cuando vio al joven sin la ropa de abrigo soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza. El hombre joven le hizo caso omiso y se dirigió al salón, donde Suré seguía de pie, petrificada.

     —Mamá —dijo el chico mirando a Suré.

La mujer no se movió del sitio, simplemente asintió con ojos de pena hacia su hijo. Por detrás apareció el hombre mayor, cuyo rostro seguía ocultado por el sombrero.

     —Suré —susurró mientras levantaba la cabeza, enseñando una cara surcada de arrugas y en la que faltaba el ojo derecho.

     —Hernando —respondió la mujer secamente.

Los hombres se sentaron y Suré se dirigió a la cocina. El resto de la mesa empezó a intercambiar saludos con los recién llegados, siempre en voz baja y sin formar un gran barullo. Los niños miraban con miedo la cuenca vacía de Hernando, que en un momento se dirigió hacia ellos y les guiñó ese ojo inexistente. Hasen se asustó y se tapó la cara, mientras Lupita fruncía el ceño y se ponía enfrente de su hermano en señal de protección. Hernando sonrió y miró a otro comensal que requería su atención. Volaban los comentarios, las noticias y las preguntas a los recién llegados, que poco a poco se saturaban de tanta atención.

     —Son unos maleducados —gritó Suré entrando en el salón, sujetando una olla de barro llena de comida. Todos se callaron de golpe, intimidados por la presencia de la mujer, que empezó a servir en los platos de los recién llegados—. A veces parece mentira que sean ustedes de mi familia.

La sala volvió a su silencio inicial. Después de servirles, Suré puso la olla en la mesa y se sentó en su sitio. Observó comer a los dos hombres con atención, pero en sus ojos se podía ver que pensaba en algo ajeno.

     —Pensé… —dijo la mujer—. Pensé que os dejarían cambiaros la ropa allá.

     —Pensaste mal, como haces siempre —respondió Hernando con la boca llena—. Diablos, está sabroso el guiso.

     —La ropa con la que te coge la flaca es con la que te quedas —le respondió el joven con voz amable.

Se hizo otra vez el silencio. Mientras Hernando comía compulsivamente, el otro joven removía la comida con la cuchara, distraído, hasta que levantó la cabeza y se encontró con la mirada de la niña.

     —¿Y cómo son las cosas? —volvió a hablar Suré—. Ya saben, allá lejos.

     —¿Pero quién es esta chava tan bonita? —preguntó el joven mirando a Lupita, que sonrió con vergüenza—. ¿La conozco? Sí, creo que sí. Su nombre empezaba por Lu…

     —Allá lejos está mas cerca de lo que creen —respondió Hernando.

     —Lupita… —contestó la niña sonriendo aún más.

     —Ya, bueno. ¿Pero cómo es?

     —Lu… Ah, qué chingada no poder acordarme.

     —A ti qué te importa cómo es.

     —¡Lupita! —exclamó la niña con una risita.

     —Me interesa saber cómo están y cómo estaré yo algún día.

     —Lu… ¿qué? —respondió el joven haciéndose el sordo.

     —¡Lupita! —gritó la niña.

     —¡Mentira! ¡A ti no te importa una mierda, rastrera! —chilló Hernando, escupiendo trozos de la comida que estaba masticando—. Recuerda quién fue la que me envió acá.

Suré dio un golpe en la mesa con el puño, apretó los labios y contrajo el rostro.

     —Recuerda tú por qué te mandé allá —dijo entre dientes.

     —Lupita, un nombre bonito para una chiquita bonita —dijo el joven mientras miraba con dulzura a la niña.

     —Yo arderé en el infierno por mil años, pero tú lo harás por diez mil —escupió Suré con rabia—. Mi crimen fue imperdonable, pero no es nada comparado con el tuyo.

Lupita se levantó de la silla y fue corriendo hacia donde estaba sentado el joven, que se encontraba comiendo un trozo de pan.

     —Usted es Ikal, ¿verdad? —le preguntó la niña después de tirarle de una manga—. Aquel hermano…

     —¡Carajo, Suré! Yo le pegué un tiro y ya, tú me sacaste el ojo y me abriste las tripas. Pero lo peor es que encima lo disfrutabas, te lo vi en los ojos —dijo Hernando mientras se terminaba el plato.

     —Sí, te pareces a aquel hermano… —susurró Hasen, que se había colocado detrás de su hermana y miraba tímidamente al joven.

     —Yo no disfruté con la sangre, pendejo de mierda. Pero ver cómo se te escapaba la vida por ese ojito izquierdo que nada mas te quedaba… La pasé padre en ese momento.

     —Aquel hermano…

     —… muerto —terminó Lupita.

El resto de los familiares, testigos de la conversación, permanecieron en silencio y con la cabeza baja. Hernando levantó su plato y empezó a chupar los restos que quedaban. Ikal, el hombre mas joven, miraba a los niños con tristeza y parecía que estaba a punto de echarse a llorar, mientras que ellos hacían caso omiso de sus sentimientos y seguían observándole con curiosidad. Hernando terminó con su comida y soltó un eructo.

     —En fin, que me importa un carajo. Seré un miserable por haber matado a este hijo de la chingada, —dijo Hernando señalando a Ikal— pero merecido se lo tenía. Ahora, te digo una cosa, mi querida Suré, tú y yo estamos unidos para siempre. No porque estuviéramos casados, no, nunca es tan bonito. Tú eres mi asesina, tú cargarás conmigo por siempre, igual que yo cargo con el pendejo —Suré hinchó los pulmones mientras le rechinaban los dientes. Hernando se recostó en la silla—. Además, no me niegues que no se lo merecía, ningún hijo mío iba a ser ma…

     —Hasta el año que viene, Hernando —le interrumpió Suré, levantándose violentamente de la silla y con los puños apretados.

Hernando la miró con incredulidad, en su cara se fue dibujando poco a poco una sonrisa maliciosa, que desembocó en una carcajada irónica que paulatinamente fue aumentando su sonoridad. Se levantó lentamente y se dirigió a la puerta, mientras Ikal seguía mirando hipnotizado a los dos niños. Hernando abandonó la casa con una risa estridente que nacía en sus pulmones.

     —Aquel hermano… —susurró Ikal— muerto.

Y, como una revelación, levantó la cabeza y miró a su madre y al resto de su familia. Abrió los ojos, parecía nervioso de repente, tiró la silla al suelo y empezó a andar por la habitación mientras se mordía las uñas. Tocó a algunos comensales en la cabeza, a otros les dio la vuelta y les miró a la cara, pero ignoró por completo a Suré. Entonces, fijó su mirada en Lupita y se abalanzó hacia ella. La agarró por los hombros bruscamente y, con una voz desesperada, le preguntó:

     —¿Qué día es hoy?

     —Treinta y uno de octubre —le respondió su hermana. ♦︎

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