Truman, bella rendición de cuentas

A todos se nos brinda, en algún momento de la vida, la posibilidad de comportarnos como héroes, y de serlo, por lo tanto. Al menos contamos con una ocasión, en la gran mayoría de los casos: al enfrentar la muerte. Salvo que el final nos sorprenda de manera imprevista, fatalmente repentina, vamos a tener la oportunidad de medirnos ante el más arraigado de los temores, el de dejar de ser. La manera en que nos comportemos entonces nos hará héroes, o no. No es preciso un gran sacrificio, ni  ofrecer un grito liberador y libertador con el último hálito; para ser un héroe tan solo es preciso morir dignamente, firme, con miedo, pero enfrentándolo. Solo así se puede ir en paz. No obstante, hay más oportunidades para ser un héroe sin tener que esperar al final de la vida, por ejemplo: manteniendo una amistad en el pasar de los años. Un amigo verdadero —si no es verdadero no hay amistad, pero permítase la obviedad— es un héroe, necesariamente, tiene que serlo quien llega en el momento preciso —que siempre es un poco tarde—, quien generosamente nos salva la vida, sin pedir nada a cambio, o nos acompaña en la tragedia, cuando la vida nos plantea nuestro momento de heroicidad final. 

Truman-Cámara-DarínJavier Cámara y Ricardo Darín, en Truman (2015) / Foto: Imposible Films/BD Cine.

La película Truman, dirigida por Cesc Gay y propiedad —por derecho— de dos actores maravillosos, un Javier Cámara exquisitamente natural, y un Ricardo Darín sencillamente descomunal, va de eso: de dos amigos, de dos héroes secretos y particulares, el uno para el otro. Es, posiblemente, el mejor melodrama producido en España en los últimos años. El relato de los tres días y medio que pasan juntos Julián y Tomás, cincuentones amigos de toda la vida, es mucho más que la historia íntima de una amistad, es una reflexión sobre la muerte, el miedo, la soledad, sobre todas las tragedias de lo mundano. Julián —Darín— tiene un cáncer terminal y ha decidido no seguir con la quimioterapia. Tomás —Cámara—, que vive en Canadá, aparece en Madrid, en el piso de Julián, sin avisar, para tratar de convencerle de que cambie de idea. Pronto se dará cuenta de que para ese cometido su viaje ha sido en balde. Lo que comienza entonces, con el reloj cuenta atrás, será una rendición de cuentas a la vida de alto voltaje emocional y profundo significado ético. 

El drama de tener que dejar de vivir antes de lo esperado se expresa con todo su pesar en la despedida del ser vivo más cercano, en este caso: Truman, un perro viejo y medio cojo, lacónico, poderoso en el porte de su raza aguerrida, un perro que no ladra, de enorme presencia. ¿Con quién dejar a Truman cuando él —Julián— ya no esté? La preparación de esa despedida vertebra el resto de despedidas que riegan la película. Truman avanza una secuencia tras otra engranándose dramáticamente, creciendo sobre un guión de genial sutileza, construido a base de pequeñas acciones de nítido simbolismo, imágenes poéticas que anudan la garganta. Es un drama, pero se siente tan real —además de por unas interpretaciones antológicas— por sus guiños cómicos, grisáceos, claro, pero mordaces y tiernos, como el Madrid otoñal que dibuja.

El tratamiento que el film hace de temas fundamentales de la naturaleza humana, insertos en la sencillez de una historia que presenta una trama mínima, la sitúa a la altura de otros grandes melodramas trágicos. Truman está al mismo nivel que las dos películas que mejor han sabido contar en este siglo sobre la manera de enfrentar la muerte y sobre las relaciones humanas quebradas por la pérdida de un ser querido: La habitación del hijo (2001) de Nanni Moretti, y Amor (2012) de Michael Haneke —ambas Palma de Oro en Cannes—. Coincide con el film de Haneke en el abordaje del  triste recorrido de la muerte anunciada; pero encuentra muchas más similitudes con la crudeza de la película de Moretti sobre el duelo y el vacío del hijo muerto, en cuanto a los efectos de la ausencia irreparable del ser querido.

El planteamiento de Truman, a modo de rendición de cuentas, le permite abordar sin superficialidad, además de la amistad y la muerte, casi todos los temas fundamentales de la vida: la paternidad, el amor incondicional por el hijo; el amor, pasajero o cruel, equivocado o irrevocable; la vocación y la valentía de ser lo que uno quiere; la soledad, en la fiesta confusa y en el día a día, o en el año tras año. Todo ello lo resuelve este precioso film con una maestría visual y una elegancia narrativa para descubrirse antes sus procuradores. Truman es, en definitiva, uno de esos pocos films que surgen de allá para cuando, de los que bien puede decirse que dejaron una enseñanza para quien los vio. 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies