Seven, el primer y hondo silencio

Ernest Hemingway escribió una vez: «El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar». Estoy de acuerdo con la segunda parte”. Tales son las palabras del detective William Somerset —Morgan Freeman—, en el final de Seven, el film de David Fincher del año 1995. Con un película como ésta, es inevitable: hay que comenzar por el final.

Llueve, todo el rato llueve sin parar en la ciudad sin nombre de Seven. Llueve de tal manera que parece otro mundo, en el que a la gente no le importa mojarse, tan acostumbrados están a la lluvia. El cielo solo se despeja en un momento, en su última secuencia, en el campo, en medio de ninguna parte el sol brilla con opacidad. Allí, lejos del universo viciado y sin salvación del asfalto y la soledad ruidosa, donde parece que el bien puede ganar, se desata el más atroz de los finales, porque no es un final definitivo, porque deja a los protagonistas prendidos de un hilo de dolor insoportable, con la mirada irritada por el horror.

seven-brad-pitt-morgan-freemanSeven (1995) / New Line Cinema/Arnold Kopelson Production.

Lo que supuso Seven a cinco años del fin de siglo fue un punto y aparte en la historia cinematográfica. La reválida definitiva no para los recursos técnicos y artísticos del séptimo arte —con los que construyó una obra maestra—, sino para el espectador universal. Fue lo nunca visto, literalmente. David Fincher hizo cumplir a la audiencia cinematográfica su mayoría de edad, perdió su inocencia para siempre, se le atragantaron todas las palomitas que había comido en su vida. Recuerdo bien que hubo gente que no podía creer lo que había pasado, que se negaban a hacerlo. Fue un maravilloso y brutal experimento social. Seven no había solo contado una historia, había construido un universo, había dibujado un paisaje existente, irreal pero verdadero, la representación de la podredumbre moral de una sociedad espeluznante.

Seven, como el buen género negro, es realismo social en su estado más crudo. La gama de colores que pintan la estremecedora rutina del joven detective David Mills —Brad Pitt— y del veterano William Somerset está restringida a los grises y los ocres, los colores del pasado y las oportunidades perdidas. David Fincher compuso y dirigió una estremecedora sinfonía fílmica, desde sus títulos de crédito hasta su último plano, un gran plano general en un lugar donde parece que no existieran las horas del día, donde es de noche a la vez que es de día. El baile narrativo y los compases de unas secuencias y otras, la calma de las largas conversaciones en bares y cenas entre compañeros desconocidos tienen su contrapunto en las persecuciones frenéticas, las noches en las bibliotecas donde la noche pasa intacta anteceden el tono grave de las mañanas de descubrimiento criminal. El verbo tranquilo y sabio de Somerset bajo la voz recreativa de Mills. El viejo solitario con sombrero de ala ancha callándose el pasado, frente a la pareja de rubios enamorados que planean el futuro. Técnica y artísticamente Seven es una película perfecta, una de esas pocas obras maestras cada cien años. Es una historia contada a la perfección. Pero además está el mensaje, la terrible denuncia de un mundo que parece haber llegado a un punto de no retorno.

Seven es una de esas películas que marcan un punto de inflexión en la historia del cine. Está en el mismo apartado que El Acorazado Potemkin, Ciudadano Kane o Al final de la escapada; películas que presentan una nueva forma de contar, y además, una forma de entender la sociedad, que generan un cambio en la manera de percibir las cosas de la vida real y, por descontado, en la forma en que un espectador se sienta delante de una pantalla. 

Si aún no vieron esta película, háganlo lo antes que puedan. Que sea de noche. Guarden silencio. Y prepárense para no volver a ser los mismos después de ciento veintisiete minutos. Al acabar experimentarán su primer y hondo silencio de espectadores de cine mayores de edad.

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