Francis Scott Fitzgerald y la juventud perdida del mundo

Atardece en una playa española en 2007. El mar descansa, estira sus articulaciones sabiendo que ha resistido otro día más a secarse. Los bañistas, que hasta hace un rato eran solo una postal, empiezan a marcharse. La sal seca ha formado sobre sus pieles un poco quemadas una armadura que empieza a resquebrajarse con la flexión de las rodillas. El sol se inclina cada vez más, y sus últimos rayos ya golpean horizontalmente, de tú a tú, el sol se ha rendido y sus rayos se extienden más allá de los limites de la playa, de las sombrillas, del chiringuito, sobrepasan las pequeñas dunas medio destruidas por el salvajismo infantil, y llegan hasta el parking. Con uno de sus últimos rayos el sol se refleja en los capós negros de los coches, un destello inesperado de urbanidad y metrópoli, una excepción necesaria que otorga la plenitud al oasis turístico-veraniego. A la luz solar le va sustituyendo poco a poco las luces eléctricas de los hoteles, apartamentos y restaurantes. El olor a crema hidratante, nylon mojado y pescado frito, es sustituido por el olor a colonias, insecticidas y perfumes. Las gaviotas son sustituidas por las polillas, que buscando la luz chocan contra las pieles brillantes y maltratadas tras todo el día y que ahora se ven embadurnadas en maquillajes. Las terrazas se llenan de gente, se ven cigarros encenderse, cenas de amigos, la gente tender las toallas y bañadores, mientras que al fondo ya empiezan a sonar en discotecas y salas de hoteles los mejores temas del Caribe Mix de este año: reggaeton, playa y gin tonics, damas y caballeros. La gente se divierte, se mueve, hay mucho movimiento, muchas risas, muchos brindis y solo un valiente, un estúpido valiente que sale a su terraza, solo ante el peligro, y abre un libro llamado Suave es la noche; un tremendo cabrón que está apunto de leer cómo la opulencia cutre, su opulencia cutre, nuestra opulencia cutre, está en riesgo de ser destruida. 

Zelda-Fitgerald-CSU Archives:Everett Collection:AlamyFrancis y Zelda / Foto: CSU Archives-Everett Collection-Alamy.

El tipo está apunto de leer en el libro, de Francis Scott Fitzgerald, que los placeres que parecen eternos por el efecto de la burbuja inmobiliaria, los placeres de una clase media orgullosa, y especialmente de su juventud, que ha encontrado en la costa española su Jerusalén, pueden ser destruidos; está a punto de leer lo que Vila Matas llamó la anatomía de un desastre y es que Suave es la noche es, efectivamente, eso, un libro delicioso, un placer sensitivo que narra la decadencia de un hombre para contar de una manera concreta el apagamiento de un mundo artificial y propio, el mundo de la pequeña burguesía durante los tiempos de bonanza económica súbitamente destrozados ante la inevitabilidad de la quiebra económica, bien se llame Crac del 29 bien se llame La Crisis.

Fitzgerald, aquel escritor elegante y condenado, se dejó todo en aquella novela, entre todas la más autobiográfica y atractiva; se dejó todo porque la vida del escritor estadounidense, que murió seis años después de su publicación, en 1940, se desliza paralela al fin de la opulencia. El que fuera el escritor de una época dorada, el que con A este lado del paraíso se convirtiera en el símbolo de la generación de posguerra, de una generación iconoclasta comprometida con la felicidad y la juventud; el que con El Gran Gastby alcanzó el más alto estatus literario, la popularidad y la fama, que es más popular y más fama durante la época del jazz, durante los locos años 20; el que se convirtió en el más estilizado miembro de aquella generación de escritores norteamericanos que se atrincheraron en París, de aquella generación que no respetaba nada y se mataba con el alcohol, de la generación perdida; vio también cómo su popularidad decrecía a la par que se agotaba la que fue su época. 

El Crac del 29 acabó con los locos años 20 y por tanto acabó con Fitzgerald, que se vio sumido en problemas financieros y problemas con el alcohol. El sueño se había acabado, la tozudez de la realidad había dejado un desierto donde antes estaba París, y entonces el novelista de Minnesota se puso a escribir durante unos largos ocho años Suave es la noche, una novela que es la crónica de la decadencia, del fin de era a la vez que de su final propio. O quizás hablaba de 2007. Las tendencias de la historia y su repetición en espiral nos permiten estos agradables paralelismos salvo que, como decía Gilles LeroyAhora tenemos la crisis; pero no la explosión creadora”. Suave es la noche, además, no contó con respaldo del público, Fitzgerald formaba parte del pasado, no querían volver a leer sobre burbujas, fiestas y millonetis de West Egg; no sabían que Fitzgerald había alcanzado con aquella novela su más alto nivel literario, no sabían además que aquella novela iba sobre sus fracasos, los fracasos y los engaños de todos. Fitzgerald se apagó a la vez que se apagaron los años 20, pero nos dejó aquel libro para que los cabrones del mundo podamos leerla, disfrutar y anunciar el inevitable desastre. 

fitzgerald_CSU Archives : Everett Collection:Rex FeatureFrancis y su hijo / Foto: CSU Archives-Everett Collection-Alamy.

Es cierto, con el Crac se apagó un tiempo, una generación y un hombre, pero su obra quedó inmortal, pues hay algo en su estilo plástico y brillante, en su desenfado adinerado, en su ironía nostálgica, en su descripción de las juergas y el despilfarro, en la descripción de los jóvenes atractivos que derrochan la vida, que remueven la vida, que la viven con descaro entre las playas y las ciudades; en su definición del caballero, del hombre elegante y maldito, sarcástico y agradable, que hace soñar en una futura época vaporosa, en una imaginada época de descanso hasta tal punto que se convierte en actividad frenética, en charlestón y champagne. 

El novelista estadounidense fue especialmente hábil construyendo atmósferas, eligiendo las palabras adecuadas para que nos veamos, hasta los más escépticos, absorbidos por su fluir y por su ritmo, su ritmo de amores detrás de otros amores. Su gran fuerza es estilística, es sensorial, es encender los sueños más superficiales, aquellos que se mantienen presentes durante nuestra vida real pero que al leer a Fitzgerald vuelven a enrojecerse como en la adolescencia. Cualquiera que haya leído a Fitzgerald puede entender esto, pero no es esto lo que se encontrará en Suave es la noche, o mejor dicho, se encontrará esto muriendo lentamente, encontrará la llegada de la noche, de la noche suave.  

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre fueron mucho más que una pareja, símbolos del éxito y la tragedia, de la juventud perdida, de la belleza y la locura, se amaron perdidamente entre la competencia literaria, el alcoholismo de uno y la esquizofrenia de la otra. Suave es la noche, por ser su novela más autobiográfica, es la que mejor explica la relación de encuentros y desencuentros entre ambos. La novela gira en torno al personaje del joven doctor Dick Diver y del desmoronamiento de su vida, aquella vida tan medida y equilibrada que comienza a ceder hacia los lados al conocer a Rosemary, una joven niña rubia que “tenía cerca de dieciocho años y estaba casi desarrollada del todo, pero seguía conservando la frescura de la primera edad”. Dick, casado con la bellísima Nicole (Zelda), lleva años tratando de restablecer la salud mental de su mujer y de mantener el orden en su propio castillo vital, algo que no conseguirá y acabará iniciando un proceso hacia la decadencia absoluta que mantendrá al lector pegado a las páginas del libro. La primera parte de la novela es dulce, maravillosa, con descripciones inolvidables que encuentran su contrapunto al final de la obra, con las maravillosas páginas de la caída de Dick Diver. Primera y tercera parte de la novela dejan que la segunda sea un periodo para coger aire. 

Zelda-Fitzgerald_Scottie_REX FEATURESFrancis, Scottie y Zelda / Foto: CSU Archives-Everett Collection-Alamy.

La novela se vuelve tan intensa, tan atractiva, quizás por la evidencia autobiográfica, que hace que inevitablemente los amores de Dick Diver se conviertan también en los amores de uno mismo. Yo he estado en la Riviera francesa, yo he visto cómo mi propia Rosemary “al andar se movía como una bailarina de ballet, apoyándose en la región lumbar en lugar de dejar caer el peso sobre las caderas”, y cómo “afuera la luz era tan excesiva que creyó tropezar con su propia sombra y tuvo que retroceder: el sol la deslumbraba y no podía ver nada”. Yo, igual que Zelda le dijo a Fiztgerald en aquella carta, igual que Fitzgerald le dijo a Zelda en esta novela, ahora que reviso mis páginas subrayadas de Suave es la noche solo puedo decir que “desearía haberlo hecho todo en este mundo contigo” porque la noche siempre llega y “cuando oscurece, siempre se necesita a alguien”.

Hemingway le dijo por carta al que fuera su amigo durante algunos: “Me pregunto cuál es tu idea del paraíso, sería un vacío hermoso, lleno de monógamos ricos, todos poderosos y miembros de las mejores familias, todos bebiendo hasta hartarse. Y el infierno, probablemente, un vacío horrible lleno de polígamos pobres que no pueden conseguir alcohol o con trastornos estomacales crónicos que llamasen penas secretas”. Pero se equivocaba, y así se lo hizo saber el propio Fitzgerald en otra carta: “Los millonarios nunca me han fascinado, a menos que les adorne el mayor encanto o distinción. (Dejo las cosas bien claras)”. No iba de eso, no, Fitzgerald jamás fue simplemente un escritor sobre niños pijos, fue mucho más y él mismo lo explica en un párrafo del artículo Ecos de la era del Jazz: “Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. A veces, sin embargo, hay un rumor fantasmal entre los tambores, un susurro asmático en los trombones que me devuelve a los primeros años veinte, cuando bebíamos alcohol de madera y cada día, en todos los aspectos, nos hacíamos mejores y mejores, y hubo un primer intento abortado de acortar las faldas y las chicas parecían todas iguales con sus vestidos suéter y personas que uno no quería conocer cantaban: ‘Yes, we have no bananas’, y parecía sólo una cuestión de unos pocos años que la gente se hiciera a un lado y dejara que el mundo lo manejaran quienes veían las cosas como eran y todo eso nos parece rosado y romántico, a nosotros, que entonces éramos jóvenes— porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea nunca más”. 

Por eso Fitzgerald puede renacer hoy para explicarnos nuestro propio tiempo, para explicarnos la suavidad de la noche y la suavidad del fin de la opulencia, pero sobre todo para recordarnos que aún hay sueños pendientes, sueños que no tienen que ver con lo artificial y temporal de las épocas de bonanza económica, sino sueños de felicidad y juventud que puede ser juventud en tanto que juventud y que, probablemente, lo más cercano a ese sueño que tenemos ahora mismo puede ser una sonrisa “una conmovedora sonrisa infantil que sea como toda la juventud perdida del mundo”.

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