Una historia de la edad adulta de un lector adolescente de Demian

Han pasado veinte años desde la vez primera que leí Demian, de Herman Hesse. Tenía entonces 15 años. El cálculo de los que cuento ahora es fácil echarlo. Fue el primer libro adulto, por así decirlo, que impactó con estruendo en mi ser, intensamente púber. Se convirtió durante algunos años en mi libro de cabecera, de la misma manera que lo había sido para miles de jóvenes desde hacía casi un siglo. Es un mérito que dice mucho de la calidad de una obra literaria, que tantas décadas después de su escritura pueda impresionar a multitud lectores, más si cabe siendo, como es, una obra eminentemente juvenil. El joven es el más difícil de los lectores, porque no se le puede embaucar por el lado de la técnica: no importará que un libro sea una preciosa pieza de relojería narrativa, con un sonido perfectamente afinado, si pertenece y se ocupa de una realidad que le es en todo ajena al joven lector, éste cerrará sus tapas, inmisericorde. Con Demian no ocurre eso. Sigue conquistando corazones en maduración.

demian-dos edicionesPrimera edición de Demian (1919, por Emil Sinclair) y cuarta edición (1920, por Hermann Hesse).

No sé muy bien por qué, pero decidí releer Demian, pasados todos estos años. Quizás como quien abre un álbum fotográfico de la adolescencia, solo por el gusto de recordar. Tal vez por la secreta confianza de estar preparado para descubrir los verdaderos rasgos del pasado, y soportar la vergüenza estúpida por lo que se fue. Saqué de la estantería el mismo ejemplar que compré veinte años atrás, una tarde de finales del verano, en una librería que ya no existe de mi barrio. Comencé a leer, o más bien a rememorar, porque la primera frase del libro, la que encabeza a modo de cita la novela, la tengo aprendida de memoria: “Quería tan solo vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué habría de serme tan difícil?”. Fue suficiente para recordar la primera vez que abrí el libro, con solemnidad, en un callejón cerca de mi casa, consciente de que estaba haciendo algo que no era típico en mí, pero que deseaba y me brotaba, justamente, de manera espontánea. Lo primero que me sorprendió, esta vez, fue ver que no tenía subrayada la frase de inicio; no había, de hecho, ninguna frase, ningún párrafo marcado. Me sentí extraño a mí mismo, porque siempre he creído haber subrayado a lápiz mis pasajes favoritos; se ve que no siempre fuimos como nos recordamos. Así pues, subrayé esa primera frase; quedó una marca débil, y cambié de lapicero, por uno de mina más oscuro. Ya estaba listo para comenzar. Lo segundo que me llamó la atención, casi inmediatamente, fue descubrir que los “fue” estaban tildados —fué—, una de esas marcas de la edad en el lenguaje, una seña del paso del tiempo, como el pantalón pasado de moda en las fotos antiguas.

Para sorpresa del descreído de treinta y tantos, me sumergí en el libro con la facilidad del adolescente. Sus primeros capítulos me hicieron descender por una prosa lírica y fácil como por un tobogán acuático en un día de verano. Me zambullí en la narración y en la historia dicotómica de Emil Sinclair, dejándome llevar por su torbellino. La traducción de mi edición es la de Luís López Ballesteros, de 1930: perfectamente actual; otro punto para la novela de iniciación de Hesse. Los primeros tres capítulos del libro, los que se ocupan de la más tierna y sufrida infancia de Emil Sinclair —los tormentos por Franz Kromer, la aparición de Max Demian—, consiguieron ponerme en valor, veinte años después, su calidad literaria. Es la narración de un paisaje exterior que cambia y que modifica el paisaje interior del niño Sinclair.

En la portada, mi ejemplar no conserva el subtítulo original del libro: La historia de la juventud de Emil Sinclair. Figuran únicamente esos dos nombres poderosos: Demian, Hermann Hesse. Una de las cosas que sé ahora y que no sabía cuando leí Demian a los 15 años es que, en el momento de su publicación, allá por 1919, Hesse firmó su libro con el pseudónimo de Emil Sinclair, llevando a cabo un juego metaliterario que debió suponer un gran impacto para sus primeros lectores, ante la duda de si lo que estaban leyendo tenía parte de real. La confusión llegó hasta tal punto que le fue otorgado —a Emil Sinclair— un prestigioso premio para escritores noveles. Hesse tuvo entonces que aclarar su autoría, y salir de la sombra de aquella firma. Hoy día constituiría un fenomenal ejercicio de marketing

La primera noche de relectura de Demian terminó con la infancia de Sinclair. Estaba ansioso por llegar a casa, alcanzar la noche y robarle un par de horas al sueño para poder continuar con los siguientes capítulos. En mi segunda noche con Demian leí los capítulos III al VI, los de la juventud de Emil en un internado. El ritmo decayó. En ellos la trama narrativa pierde su conexión con los hechos de la realidad exterior del protagonista. Son los capítulos en los que la novela desarrolla su cuerpo filosófico, adoptando la forma, durante bastantes páginas, de los diálogos filosóficos clásicos entre maestro y discípulo. Todo el efecto mágico de la primera noche de relectura se esfumo en la segunda. Las divagaciones filosóficas de Sinclair y su nuevo amigo-guía, el organista Pistorius, se vuelven naif. Hesse suelta a volar todos sus pájaros —y nunca mejor dicho—, empezando por Abraxas, ese ser divino, mitológico, mitad dios mitad diablo. Pone de relieve su confusión religiosa y filosófica, y elabora con vergonzosa grandilocuencia una teoría de teorías sin teoría: combinación posmoderna —antes del posmodernismo— de esoterismo, espiritualidad zen, individualismo nitzscheano y psicoanálisis jungiano. Y no es el único punto débil en el nudo de la novela, está también la caída en la originalidad de la historia: todo sucede por casualidad y mediante la aparición de personajes-parlantes. La idea de la irrevocabilidad del destino se hace fuerte en el personaje protagonista, y contagia al autor, un Hesse enamorado del encuentro casual. Con todo, no me fui decepcionado a la cama, sino casi contento, satisfecho de confirmar mis melancólicas intuiciones: que las cosas del pasado se deslucen, que todo tiene su momento y que el hecho de percibirlo significa que en algo había avanzado y aprendido un poco.

Mi tercera jornada nocturna con Demian se presentaba como la última y definitiva. Solo me restaban dos capítulos para terminarlo. Pero no lo fue. El capítulo VIII, el del reencuentro de Sinclair con Demian, ya jóvenes universitarios, removió algo en mi interior. Es un capítulo largo, la preparación para el breve pero intenso epílogo que supone el capítulo IX, final del libro. Subrayé muchas frases, marqué párrafos enteros del capítulo VIII, pero no con el mismo objetivo que venía destacando extractos anteriores, sino bajo un indicador reprobatorio. La profunda desorientación intelectual de Hesse le había llevado a levantar un cierto caos pseudofilosófico a mitad de libro, solo sostenido por la honestidad del drama interno de su personaje protagonista, compadecido por el lector, cuando no identificado con él. Pero en el desenlace del libro, el caos filosófico se convierte en una conclusión política de peligrosa ambigüedad. Subrayé: “…nosotros, los marcados, representábamos la voluntad de la Naturaleza hacia lo individual y lo futuro […] Pues todos, confesándolo o no, sentíamos cercano y perceptible ya un ocaso de lo actual y una nueva aurora. […] El alma de Europa es un animal que ha permanecido mucho tiempo encadenado. […] Nosotros seremos entonces de los pocos que acudan y avancen sin terror. […] Si Bismarck hubiese comprendido a los socialdemócratas y hubiese acogido sus aspiraciones, hubiera sido un político prudente, pero no un hombre del destino”. La necesidad de Hesse de significar una élite intelectual puede interpretarse, sin buscarle tres pies al gato, como la base del argumento de predestinación histórica del nazismo. Fue el error y la peligrosa desviación de muchos de los intelectuales de comienzos del siglo veinte, su reforzamiento como élite, su exacerbación del individualismo; incluidos muchos de los que se consideraban progresistas, como el propio Hesse, cuyos libros serían condenados durante el Tercer Reich como parte del “arte degenerado”, que debía ser destruido, literalmente.

No pude seguir leyendo hasta el final. No pude continuar con las últimas diez páginas de Demian después de la malsana sensación que su penúltimo capítulo me había dejado. No lo recordaba así. No lo comprendí así en su momento, porque era un chaval. Así de simple. Lo único que creía entender —a la perfección— era el hálito para quienes nos sentíamos diferentes, el reforzamiento del pensamiento crítico. Todo lo demás no sabía comprenderlo. El pasado no era ya solo un tiempo con ropajes diferentes, sino una etapa en la que lo terrible parecía haber coexistido sin prestarle atención a su presencia. Pasaron tres o cuatro días hasta que me decidí a terminar el libro. Fue una tarde de sábado, poco antes de anochecer. El capítulo final no abandona su ambigüedad, al pacifista Hesse, horrorizado por la Gran Guerra, le sale, paradójicamente, casi un alegato sobre la belleza honrosa en el hombre que provoca el campo de batalla. Con todo, llegué a la página final, a su último párrafo, ese que comienza diciendo: “La cura me hizo daño. Todo lo que después me ha sucedido me ha hecho daño”. Uno de los más hermosos y emocionantes finales que jamás se hayan escrito. Y sentí lo mismo que veinte años atrás, un escalofrío en el cuello, algo que reclamaba, o sustituía, lo que expresa una lágrima.

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