El fútbol posible

El fútbol moderno está acabando incluso con expresiones del habla cotidiana. Comencé el primer borrador de este artículo con la acostumbrada fórmula “el fin de semana de la primera jornada de la Liga de la temporada 2015-2016…”, pero pronto me di cuenta de que era incorrecto, porque las jornadas de liga ya no se circunscriben al fin de semana, hasta el lunes por la noche no termina el último de los partidos. En cualquier caso, me adaptaré a lo que quiero expresar, aun prescindiendo de las bellas frases hechas para referirse a espacios de tiempo homogéneos.

El lunes que terminó la primera jornada de la liga española de fútbol de la temporada 2015-2016, se recordará —quizás solo como anécdota, por desgracia— por la aparición de un fantasma especialmente temido por los llamados “equipos grandes”: el fantasma de la victoria de los “pequeños”. 

Eibar_el gol ante el Alavés : Diario VascoEl Eibar, celebración en el año del ascenso / Foto: Diario Vasco.

Después del último partido de la jornada, el relegado al lunes por la noche, la primera tabla clasificatoria reflejó un hecho insólito: un equipo que estuvo semanas descendido a segunda división y que se salvó de la quema por el descenso administrativo de un tercero es el primer líder de la mejor —si se mide en millones y nombres estelares— liga del mundo. El Eibar es el líder. Es de justicia poética. En la temporada anterior, la 2014-2015, este histórico de las categorías inferiores del fútbol español, consiguió el ascenso a Primera División por primera vez en su historia. Llegó con el menor presupuesto de la competición, pero hizo la mejor primera vuelta de un debutante en la Liga, acabando en octava posición la primera ronda, gracias a un fútbol ofensivo, valiente y con desparpajo. La segunda parte de la Liga, sin embargo, la apisonadora del fútbol profesional les pasó por encima, los millones comenzaron a carburar en el resto de equipos, y el Eibar cayó a puestos de descenso, de donde no pudo salir. Por una carambola administrativa, el descenso del Elche por no hacer frente a sus deudas, el Eibar se quedó finalmente en Primera. En la primera jornada de su segunda temporada en la categoría reina, su triunfo por 1-3 en el campo del Granada le sirvió para comandar la clasificación.

El tiempo dirá si el espejismo de los pobres —el terror de los ricos— termina por materializarse y se vive una de esas situaciones anómalas y preciosas, una revolución inesperada que triunfa, de una vez por todas, y cuyo tiempo nuevo no sea un breve interregno, otro espejismo de un tiempo que jugamos peligrosamente. Lo cierto es que la revolucionaria tabla resultante tras la primera jornada de liga no refleja un hecho aislado, sino que es un nuevo tambor que se pone a retumbar. En la dictadura del Barça y del Madrid, solo un equipo que no sean los grandes de las dos mayores ciudades del estado ha logrado tocar algo de poder en los últimos tiempos, el Atlético de Madrid de la temporada 2013-2014. Fue un cierto soplo de aire fresco, pero no nos engañemos, no supuso ningún cambio, a fin de cuentas son el tercer equipo en presupuesto. Por eso, los sucesos de los primeros embates de la temporada 2015-2016 serán recordados como los del lejano ruido de fantasmas para los grandes. En la víspera del inicio liguero, la primera competición oficial, la Supercopa de España, dio un campeón inesperado, el Athletic Club de Bilbao, que hacía más de treinta años que no alzaba un título. Y lo hizo ni más ni menos que contra el Barça, a doble partido y dejando un resultado global tan contundente como un 1-5. Casi nada. Pero es que luego llegó la susodicha primera jornada de liga y el Real Madrid no fue capaz de meter un solo gol, empatando a cero con un recién ascendido como el Sporting de Gijón, el equipo con la media de edad más joven de la categoría, por debajo de los 25 años.

Los estrategas militares saben que ningún ejército es imbatible, y que existe una manera de que un pequeño contingente de luchadores venzan sobre unidades militares mucho mayores y mejor pertrechadas que ellos. En un combate de fuerzas desiguales la única posibilidad que la parte más débil tiene de vencer pasa por el terreno de la actitud, del espíritu. No de consagrarse a poderes superiores, sino de dotarse de una especial motivación, de creer en una causa más allá de la simple victoria. Que el triunfo, de hecho, no sea estrictamente un resultado positivo en el marcador, sino un logro conseguido incluso en la derrota, determinado por la comparación de actitudes con el adversario. Si se luchó más, si se hizo todo lo posible, si se intentó todo lo planeado, no importa que el esfuerzo no dé sus frutos, que hablando de fútbol son goles ganadores, en un momento dado, en un partido en concreto, pues a la larga esa táctica supondrá una victoria estratégica.

Y esa ha sido la táctica que han seguido siempre los equipos “pequeños” para subvertir el orden establecido. El Athletic le pasó por encima a un Barça que llegaba con buenas sensaciones a la Supercopa, porque su actitud fue la correcta, porque se los comieron de espíritu, presionando la salida del balón del, hoy por hoy, mejor equipo del mundo. Y así le metieron 4 en el nuevo San Mamés, y volvieron a anular a los culés en el Camp Nou. El Sporting que, en su vuelta a primera, le sacó un empate al Real Madrid de los galácticos lo hizo de la misma manera, y echándose hacia delante, sin miedo. Porque la mejor defensa, como se sabe —pero poco se aplica—, es un buen ataque. 

Hay que creer que otro fútbol es posible, porque lo es. Aunque sea difícil, aunque sea improbable. Porque si no, no merece la pena ver ni un partido más. La disparidad de fuerza, basada en valores de mercado, solo hace que la gesta sea mayor, carga la historia de épica. Es posible vencer. Que se lo digan al Nottingham Forest de Brian Clough, o al Newell’s de Bielsa, a la Dinamarca de la Eurocopa del 92, o al Zaragoza que se llevó la Recopa del 95 con el gol imposible de Nayim. Hay que pelear. Que algún año, que este mismo año sea ya, el año del Eibar, que el Rayo de Jémez —tal vez el entrenador más valiente que ha pisado los banquillos españoles este siglo, junto con Bielsa, por supuesto— gane la Copa, por ejemplo. Es una cuestión de actitud, en ella se mide la valentía y la dignidad de los equipos. No suele tener premio, pero su defensa ha de ser incontrovertible. Las aficiones de los “pequeños” no festejan títulos, pero saben disfrutar del dulce sabor del fútbol verdadero, ese que te mete en la cama con una sonrisa de satisfacción por ver que tu equipo hizo todo lo que pudo, y que ganó (o no). Feliz, aunque sea un lunes por la noche.

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