Cine sobre eso que llamamos «la vida real»

Tanto se acostumbra uno a películas de factura exquisita que no envuelven nada o que empaquetan de manera preciosa una trampa para idiotizar, o un veneno fatal para el incauto espectador que solo busca entretenerse un poco, que hay que sorprenderse cuando aparece una película que no pretende convertir las palomitas en valium, ni la sala de cine o el sofá de casa en un fumadero de opio.

Hay una raza casi extinta de cineastas que aún filman eso que se llama “la vida real”. Ken Loach en Inglaterra, Bertrand Tavernier de vez en cuando o el no muy prolífico Érick Zonca en Francia, Fernando León en España, junto a algunos cuantos más, por supuesto, y entre ellos los hermanos belgas Jean Pierre y Luc Dardenne, de quienes se puede recomendar toda su filmografía y, en especial, su Dos días, una noche, un drama con la actriz parisina Marion Cotillard de protagonista. Perdón, ¿he dicho Marion Cotillard? Quise decir con la clase obrera de protagonista. Así es. Quien protagoniza el film de los Dardenne no es siquiera Sandra, el personaje encarnado por Cotillard, sino la clase social a la que pertenece el personaje. Porque el drama personal de Sandra es el colectivo de todos los trabajadores que la acompañan en la pequeña fábrica de paneles solares donde trabaja, mientras se lo permiten.

dos días una noche_dardenne_cottillardDos días, una noche, de los hermanos Dardenne / Le Films du Fleuve/Archipel 35.

Dos días, una noche –el tiempo con el que cuenta Sandra para convencer a sus compañeros de que renuncien a una prima salarial para que ella pueda conservar su puesto de trabajo– transmite con cruda sencillez varias denuncias. Unas condiciones objetivas cada vez más precarias de vida y trabajo, y una forma de afrontar los problemas cada vez más subjetiva e individual. ¿Y si Sandra, en lugar de luchar individualmente, lo hiciera de manera colectiva? Seguramente su hipotética historia –muy real– terminaría de forma diferente. El film de los Dardenne pone el dedo sobre la llaga en el estado de una conciencia social, de clase, dramáticamente destruida, en la ausencia terrible de mecanismos de defensa por parte de los trabajadores, expuestos a una situación en la que sus debilidades son explotadas en beneficio de un patrón que nunca pierde –por muy joven, educado y pequeño-mediano que sea, como el que presentan los Dardenne–. Y va más allá, la historia se enriquece con la construcción de un personaje multidimensional, con más de un problema, con muchos problemas, como ocurre en la vida misma; porque el personaje de Sandra no lucha solo contra un estado de las cosas que es contrario a sus intereses, lo hace también con una terrible enfermedad, la depresión, que, como ocurre con la clase obrera actual y sus condiciones de vida, es tomada por algo imaginario, que no existe, que no debe ser tenido en cuenta, casi una invención.

Por otro lado, este cine social de raza, como el de los Dardenne, siempre me hace pensar en cierto tipo de impostores e imposturas. Me suelo acordar de gente como Lars von Trier y aquella tontería del Dogma, con su manifiesto por un “cine puro”. Toda aquella solemnidad del decálogo de forma, que jamás consiguió un solo momento cinematográfico “verdadero”; aunque posiblemente tampoco fuera lo que buscase. Me acuerdo de aquello cuando veo la manera de contar historias de directores como los hermanos Dardenne o Michael Haneke, verdaderos ascetas de la imagen y de la producción de la misma. Sus películas son un manual de elegancia y sobriedad que pone la cámara al servicio de la historia, y la historia al servicio de la sociedad.

Son autores originales los Dardenne –en varias acepciones de la palabra–, no solo por filmar películas temática y formalmente fuera de lo común, sino por hacer un cine como el de los inicios. Casualidad, pero la primera película de la historia también la filmaron unos hermanos, los Lumiere, y su título como su único plano contaba un pedacito de la vida real: La salida de los obreros de la fábrica. Conviene recordarlo.  

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