Luther y Wallander: dos caminos paralelos a una misma soledad

Sus ciclos de sueño no son normales. No se acuestan todas las noches. A veces pasan días enteros sin dar más que alguna cabezada. Duermen en cualquier sitio y con la ropa puesta, donde el cansancio les vence. Es como si vivieran en un jet lag permanente y emocional, quizás por eso tienen en común un aire melancólico y el gusto por la palabra precisa o el silencio. Algunos detectives de ficción —los mejores— son así. Islas contemplativas en medio de la barbarie, volcanes de doloroso magma en un universo de violencia. 

Dos de ellos, de reciente versión televisiva, tienen en común bastante más que unos destructivos ciclos circadianos. John Luther, inspector jefe en Londres, y el famoso Kurt Wallander —de las novelas de Henning Mankell—, inspector de policía de la pequeña Ystad, en Suecia, se han encontrado bajo el paraguas televisivo de la BBC inglesa; dos producciones que, en estos últimos años, han ofrecido tres temporadas cada una de ellas, y que se cerrarán este 2015 con dos y tres capítulos, respectivamente. Las similitudes entres los personajes y las historias, así como las coincidencias en el devenir y el formato de ambas series televisivas invitan un acercamiento comparado entre ambas.

wallanderKenneth Branagh, Wallander / Foto: BBC.

Luther y Wallander, las series, tienen en común más que el nombre de sus detectives protagonistas como título. Presentan y tienen su riqueza fundamental en un tipo de personaje que se basta por sí solo para mantener el interés del espectador. El prototipo de antihéroe dramático que representan John y Kurt pone en valor la inteligencia de unas historias policiacas en las antípodas del género americano —salvo excepción de True Detective—, acostumbrado al más inverosímil todavía de los CSI y compañía. En Luther y en Wallander lo central no es la intriga del caso policiaco, sino el drama de sus personajes. Y, a pesar de ello, las tramas que sostienen los arcos dramáticos de estos dos huraños inspectores, han volado a gran altura durante la mayor parte de las apenas docena de capítulos con que ha contado cada una —doce Wallander, catorce Luther—.

En la apuesta por el formato reducido y el metraje largo está la primera seña de identidad y una demostración del compromiso con la calidad narrativa. Wallander, estrenada en 2008, planteó un formato de tres capítulos por temporada, de una hora y media cada uno, a modo de experiencia cinematográfica para la pequeña pantalla. Luther, estrenada en 2010, apostó por capítulos de casi una hora, con una primera temporada de seis capítulos y dos siguientes de tan solo cuatro cada una. Al termino de sus terceras temporadas, ambas dejaron sin confirmar si seguirían o no, y cómo lo harían. Finalmente, las dos policíacas de la BBC echarán el cierre este año. Cada cual siendo fiel a su estructura capitular. Wallander repetirá una temporada más de tres sesiones de metraje cinematográfico. Y Luther continuará con su tendencia sintética, pasando de seis a cuatro, y de cuatro a dos capítulos, que será de los que conste únicamente su temporada final. 

Luther y Wallander, los personajes, pertenecen a la misma especie, que nada tiene que ver con la profesión, sino con una forma de ser, la del hombre que se rige por un sistema de valores marcadamente personal, y que jamás viola esas normas íntimas. Son los solitarios y torturados, los buenazos encarados, los tiernos duros de pelar, los profundos reflexivos aparentemente impulsivos, los sacrificados. El tremendo atractivo de tal arquetipo humano provoca una enorme empatía y simpatía en el espectador. Son un valor seguro como eje de la historia, pero pueden ser también su debilidad, si la eclipsan o se sostiene su drama sobre algo demasiado inverosimil. Y es que todo lo malo les pasa a ellos, todos sus seres queridos acaban en peligro o mueren, incluso; todo a su alrededor es leña para alimentar su dolor; porque el dolor es lo que les define y les hace tan interesantes.

luther_Idris Elba, Luther / Foto: BBC.

Wallander, la serie, llegó con todos los seguros a su favor; en primer lugar —y casi en único y necesario—, tenía la excepcional base literaria de Mankell, adaptando cada capítulo una de las novelas de la serie del detective de Ystad. Además, contaba con las adaptaciones televisivas de la televisión sueca, con lo que tenía donde investigar para identificar errores y aciertos, y producir unos films impolutos, que no cargasen más que con las propias debilidades en las que pudiesen incurrir las historias y el universo del personaje literario original. 

Luther no contaba con un pasado literario y se nota en el hecho de que sus tramas son mucho más ágiles y efectistas que las de Wallander. La mayoría de sus capítulos cuentan con un caso diferente. En su primera temporada, sorprendió por una originalidad perfectamente atada. La mezcla de profundidad psicológica y drama humano sobre el fondo de una serie de tramas criminales con los giros perfectamente trazados provocó el aplauso hasta de los más dogmáticos del género negro. Sus dos siguientes temporada no brillaron a la misma altura, especialmente la tercera, que incurrió por primera vez en el peor de los errores del género: dejar cabos sueltos y romper las normas de credibilidad del universo creado. 

Los casos de Wallander están mucho más cercanos a la cruda realidad de nuestros telediarios, es por eso que sus personajes son también más cercanos y creíbles. Luther, sin embargo, plantea un historia más cercana a la fantasía y sufre por el hecho de que sus criminales sean todos psicópatas asesinos en serie. El universo Wallander está más cerca de la realidad. En el universo Luther es factible un personaje como el Alice, tan carismático como absolutamente irreal. Cada historia funciona con sus reglas. 

Ambas series son propuestas originales que pasan a la bodega de los grandes noir televisivos. Tienen errores, pero numerosos aciertos. Si en Wallander el inconfundible acento británico de unos policías suecos se hace raro, los silencios y el tiempo de la narración, o la melancolía de un paisaje a medida del protagonista, disculpan cualquier rareza o vaguedad en las resoluciones de la trama. Si en Luther algunos personajes y conflictos de la tercera temporada resultan vergonzosamente imposibles de creer, lo vela a medias un talento magistral para filmar momentos de tensión. Pero sobre todo, en Wallander y en Luther, lo que salva cualquier traspié, son dos interpretaciones que aguantan lo que les echen. Los primeros planos y andares cansados de Kenneth Branagh son una demostración estremecedora de lo que se puede llegar a transmitir con una mirada y unos pocos gestos. Media palabra y el silencio resonando desde el abismo de la voz de Idris Elba y sus soliloquios con las manos en los bolsillos, hacen temblar el sistema nervioso de cualquiera. Uno y otro son dos actores superdotados, de esos que no hace falta que hagan aparentemente nada para transmitir y evocar todo tipo de fantasías.

Veremos cómo se despiden de la pequeña pantalla estos dos tipos solitarios. Qué maravilla sería escuchar una imposible conversación entre ambos, solos en la barra de un bar sin nadie, intercambiando elocuentes silencios, maldiciendo el mundo y pensando calladamente en sus seres perdidos.

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