San Antonio Spurs: la paradójica victoria de lo colectivo

Tengo que reconocerlo: nunca he sentido especial atracción por los San Antonio Spurs. Siempre he vinculado la NBA con una bacanal baloncestística carente de reglas, llena de jugadores superdotados físicamente y con un talento individual más allá de todo orden táctico y rigor en la forma de ejecutarlo. Lo que el gran Andrés Montes denominaba «jugones» y «thats entertainment…». 

Los Spurs siempre han sido una anomalía a este presupuesto dionisíaco. La vocación de puro entretenimiento de la liga de baloncesto americana, vinculada a la repercusión mediática de grandes jugadores individuales que les permitiera competir financieramente con las ligas de fútbol americano y la de hockey, no potenciaba precisamente lo táctico, visto más como un factor disuasorio para el espectador medio del american way of live.

Spurs_final_2013Los Spurs, en las finales del 2013 / Foto: AP

A esto hay que añadirle el sentimiento aislacionista, ultraconservador y militarizado de un equipo como el de San Antonio, más con la llegada del «almirante» David Robinson, piedra angular de la franquicia durante los años 90, a lo que no es ajeno la idiosincrasia texana, una población retratada en películas como la reciente Boyhood de reaccionaria, con aversión al cosmopolitismo y las mezclas sociales y raciales. Todos vinculamos en el imaginario colectivo al ciudadano tejano como un taciturno cowboy que blande en cada mano una Biblia y un arma de fuego. Los estereotipos son poderosas construcciones simbólicas, y el equipo de San Antonio resulta una extensión de los rasgos de sus gentes; más con el liderazgo del sempiterno entrenador, Gregg Popovich. El destino de la franquicia lleva ligado a su nombre más de veinte años, longevidad que representa una declaración de principios dentro de una liga cada vez más competitiva y donde los conceptos de lealtad y continuidad son cada vez más escasos. Otro ejemplo lo encontramos, curiosamente, en un equipo del cinturón bíblico americano, los “mormones” Jazz de Utah, a quienes la mítica figura de Jerry Sloan les llevó a varias finales consecutivas de la NBA.

La década de los noventa situó a los Spurs en lucha por la hegemonía de la conferencia Oeste, con las incorporaciones de jugadores heterodoxos como el “microondas” Avery Johnson y, especialmente, de Dennis Rodman. ¿Cómo sería el día a día de este singular personaje en una sociedad tan cerrada en sí misma como la tejana? Apuesto a que su look lleno de piercings y su pelo teñido de verde o amarillo contribuyeron a su prematura marcha a los históricos Bulls de Chicago. Muchos espectadores, entre los que me incluyo, nunca agradeceremos suficientemente ese cambio de aires.

A finales de los noventa, y con el equipo instalado en la mediocridad y la decadencia, un segundo golpe de suerte reflotó la franquicia. La adquisición en el draft de Tim Duncan fue lo más parecido a un milagro deportivo que se recuerda. Un pívot inusual de más de dos metros diez y físicamente dominador, pero dotado de una agilidad y registros técnicos asombrosos. Una mezcla extraordinaria entre el juego de pies del “bailarín de claqué” Hakeem Olajuwon y el portento físico de un tal Dikembe Mutombo. Sin embargo, fuera de la cancha era aún más sorprendente. De carácter introspectivo y soñador, nunca sucumbió a las sirenas del marketing mediático, siendo un perfecto portavoz del estilo del equipo y de las costumbres texanas. Aquél hombre tranquilo se erigió como salvador de la franquicia. Junto a David Robinson formó el dúo conocido como “las torres gemelas”, que les llevó a ganar su primer anillo en1999, temporada conocida por el “knock out” o cierre patronal, ante los anárquicos Knicks del eléctrico Latrell Sprewell y de un crepuscular Pat Ewing, a quienes barrieron por 4 -0.

San Antonio Spurs players in the huddle during a time out with head coach Gregg Popovich during Game 5 of the 2014 NBA Finals in San Antonio on June 15, 2014. (Photo by Nathaniel S. Butler:NBAE via Getty Images)Tiempo muerto durante las finales de 2014 / Foto: Nathaniel S. Butler/NBAE vía Getty Images

Los Spurs no han gozado de reinados largos. Los medios americanos no hubieran soportado que un equipo burocratizado, de enorme sobriedad y tan poco dado a cotilleos y jugadores con ¿carácter? de estrella gozase de una larga hegemonía. Por suerte para sus sacrosantas audiencias la primera década del siglo 21 conoció la eclosión de una franquicia típicamente hollywoodiense, con figuras egoístas y actores y celebrities en las, ahora sí, gradas de neón. Los Angeles Lakers de Phill Jackson, primero con Shaquille Oneal y Kobe Bryant y después, ya en 2008, con la extraña llegada al equipo angelino de Pau Gasol. El propio Popovich se quejó amargamente de una maniobra que consideraba daba una ventaja capital a los californianos, que acapararon cinco anillos y dos finales casi consecutivas.

Sin embargo, los Spurs no habían desaparecido de la faz de la tierra. Ni mucho menos. De hecho, en 2001 llegaron a la franquicia los dos jugadores que lograron la cuadratura del círculo, el base francés Tony Parker y el alero argentino Manu Ginobili. Con ellos, el equipo se ensambló y la tosca mecánica de antaño dio paso a un perfecto engranaje colectivo. Viendo Red Army —documental sobre el célebre equipo ruso de hockey que asombró al mundo con una mezcla de disciplina y talento, colectivismo y arte y precisión— me surgió trazar un paralelismo entre éstos y los Spurs del tridente formado por Parker—Ginobili—Duncan. Y no crean que su carácter ganador se evaporó, aprovechando el interregno de los Lakers para ganar los campeonatos de 2003, 2005 y 2007.

Sin embargo, la gran gesta estaba por llegar. Cuando el crepúsculo de sus jugadores emblema era más que una señal inminente, los Spurs escribieron su página más legendaria hasta la fecha.

Las finales del año 2013 propiciaron un enfrentamiento épico. Miami Heat y San Antonio Spurs no son franquicias con un historial de gran rivalidad. Ni mucho menos. Aquél era un choque antitético entre dos concepciones antagónicas de entender el baloncesto. Un desafío puramente filosófico. El equipo de Florida, reforzado con fichajes millonarios personificados en la estrella mediática Lebrón James, flanqueado por grandes figuras y expertos veteranos —¿os suena de algo, conspicuos futboleros?—, contra la previsible y sempiterna maquinaria —ya entrada en años y con muchos kilómetros a sus espaldas— del equipo tejano.

spurs-cnnFinales 2014 / Foto: CNN

Y entonces ocurrió algo de enorme trascendencia, al menos para el que firma este artículo. El juego colectivo de San Antonio se elevó por encima de sus potencialidades, comenzó a desplegar un juego armónico, con automatismos colectivos nunca antes visto. Parecía que aquellos viejos guerreros quisieran despedirse de la élite con un gran golpe de efecto. Pero el canto del cisne no se produciría esa temporada. Pese a gozar de una cierta ventaja, terminaron cayendo por 4-3, debido a un épico final de partido, resuelto por un triple en el último segundo del eterno especialista Ray Allen.

Pese a la derrota, el mundo entero fue testigo de que una concepción del baloncesto como deporte grupal y solidario había vencido, aunque fuera simbólicamente. Fue entonces cuando calibré la magnitud real del equipo de los Spurs. Esas finales eran el resultado de más de veinte años de trabajo en conjunto, de crear un sistema y pulirlo hasta casi la perfección. Las lágrimas de Tim Duncan ante las cámaras presagiaban una despedida, al menos de su mejor versión. Todos los aficionados estaban llenos de emoción por lo vivido.

Y sin embargo, cual venganza fría, la final se repetiría el año siguiente. Los Spurs, milagrosamente recuperados del mazazo moral y haciendo un pacto con el diablo para mantener sus deteriorados físicos a tono, dieron la mayor lección baloncestística que se recuerda. Espoleados por el orgullo herido y vislumbrando una de sus últimas —¿quizás la última?— ocasiones de hacer historia, barrieron de la cancha a los Heat en unas finales memorables y con gran significado alegórico. El triunfo del deporte como esencia, el baloncesto en sí mismo de forma pura y romántica frente a una concepción puramente mercantilista del mismo y los desembolsos millonarios y mediáticos.

Paul Shirley, desde su columna de El País, insta vivamente a los aficionados a que perdamos horas de sueño para ver a un equipo, que cual especie en peligro de extinción, puede dar en cualquier momento sus últimos coletazos. Nada es eterno en la vida, ni siquiera los Spurs. Y con ellos se perderá una filosofía y una concepción de vivir y sentir el deporte. Háganle caso.

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