Edward Gorey, un macabro y dulce placer

Que los padres se divorcien cuando uno tiene once años es perfectamente normal. Que se vuelvan a casar dieciséis años después, ya es algo menos acostumbrado. Que la nueva pareja del padre divorciado sea la cabaretera que, guitarra española en mano, canta La Marsellesa en el Rick’s Café de Casablanca, es una particularidad extrema. Todo junto es una concatenación absolutamente única, y le ocurrió a Edward Gorey, escritor e ilustrador norteamericano, cuyos dibujos a tinta en blanco y negro de seres pálidos y fúnebres, en un estilo de ternura eduardiana, le convirtieron en uno de los mayores artistas de culto y leyendas underground.

La curiosidad biográfica da tono de la rareza general de Gorey, que caracteriza su obra y su figura personal. Que su madrastra fuese la cantante del Café de Rick Blaine es una anécdota que parece tener más de fabulación para novela pretendidamente original que de casualidad real. Es algo tan llamativo, tan cool, que está cerca de abandonar lo glamuroso para rozar lo bizarro. Todo en Edward Gorey se caracteriza por el mismo fenómeno.

Gashlycrumb_Tinies-bigPortada de Los pequeños macabros, de Edward Gorey.

Figura de culto de los mundos off del arte norteamericano del siglo pasado, es complejo definir a Gorey según sus desempeños. Hemos dicho que era escritor e ilustrador. Pero utilizar una conjunción es solución de mal menor, no del todo acertada. Quizás sea más correcto sustituir la conjunción por un guión: escritor-ilustrador. Los ingleses tienen la palabra cartoonist, que traduciríamos literalmente como dibujante, pero que significa más que lo que dibujante —sin más— significa en español. Viñetista sería un término que se acerca, pero tampoco da en el centro de la diana. Los dibujos de Gorey no se publicaban en los diarios ni tenían una intención de caricatura social, como podemos observar en casos como el de un Forges o un El Roto, por poner dos casos de dibujantes —cartoonist— españoles de reconocidos universos propios. Gorey no era un dibujante de este tipo. Debemos asumir que algunas personas son imposibles de encasillar en una categoría profesional o personal única y definida. Hay gente que hace demasiadas cosas en la vida y gente que hace cosas nunca antes o apenas vistas. Sobre Edward Gorey, sencillamente, digamos que era una narrador, de dibujos a tinta y frases cortas. Y dejemos que su obra cuente lo que nosotros pretendemos y no acertamos a definir.

B_GoreyB por Basil, atacado por unos osos / Los pequeños macabros, de Edward Gorey.

Una síntesis biográfica apuntaría: nacido en 1925 en Chicago, crecido feliz con los padres divorciados y la madrastra cabaretera de Casablanca, un semestre de estudios en la Escuela del Intituto de Arte de Chicago, dos años en el Ejército sin salir del país, cuatro en Harvard estudiando francés y compartiendo habitación con el poeta Frank O’hara, trabajos como ilustrador de portadas de libros y como diseñador de vestuario y de escenarios en diversos montajes escénicos, y otras cosas. Muerto en Massachusetts en abril del año 2000. Entre tanto, autor de más  de cien pequeños libros ilustrados. El primero en 1953, El arpa sin encordar, un conjunto de ilustraciones con pequeño texto sobre lo mundano del universo literario. El último en 1999, The Hudless bust (El busto sin cabeza), un último cuento, en verso, subtitulado Una melancólica meditación en —o por— el falso milenio.

Captura de pantalla 2015-04-25 a la(s) 18.44.40K por Kate, atacada con un hacha / Los pequeños macabros, de Edward Gorey.

Un resumen personal no dejaría escapar: hombre solitario y extravagante pero afable —vivió solo hasta su muerte—, sin amores conocidos —se consideraba asexual—, amante de los gatos y del ballet —enamorado de la gracilidad de los felinos y de los bailarines, vivió rodeado de animales de tal especie y sin perderse durante años una sola actuación de Ballet de Nueva York—, coleccionista patológico, comprador de libros y lector compulsivo —hombre de cultura erudita, enganchado a Expediente X y Buffy Cazavampiros—, y dandi pop que anticipó la moda hipster —vestido con abrigos de piel, zapatillas deportivas y dedos escayolados de anillos imposibles.

En la obra de Edward Gorey destacan algunos libritos de exquisita originalidad. Los temas en que más destaca son aquellos fundamentales de la experiencia humana: la infancia, el sexo, la muerte. Una de sus obras más conocidas es El curioso sofá, una sátira subtitulada como pornográfica, de una encantadora sutileza. Pero su creación más lograda y definitoria de estilo la tenemos con Los pequeños macabros, un abecederario ilustrado, cada letra coincidiendo con la inicial del nombre de un niño muerto en extrañas circunstancias. La muerte en orden alfabético de veintiséis pequeñines, descrita cada una en una sola frase y dibujada en su acostumbrado blanco y negro. Desde la «A, de Amy que se cayó por las escaleras».  Hasta la «Z, de Zillah, que bebió demasiada ginebra». Pasando por: «G, de George, asfixiado bajo una alfombra». «J, de James, que tomó lejía por error». O «N, por Neville, que murió de puro tedio». Los pequeños macabros es, sin duda, la obra cumbre del sutil ingenio y estilo de Gorey. Aprender las letras con su abecedario enseña mucho más que las letras, ofrece una visión trágica de la vida.

Captura de pantalla 2015-04-25 a la(s) 18.43.31V por Víctor, aplastado por un tren / Los pequeños macabros, de Edward Gorey.

Disfrutar con sus viñetas e historias es un placer de gusto indiscutible. Los amantes de Tim Burton saben bien que el director de Pesadilla antes de Navidad estará en deuda eterna con el dibujante de Chicago. La figura de Gorey, por su extravagancia, reforzó el componente legendario que lo extraño de su arte portaba en sí mismo. Pero no debe olvidarse que la obra es lo indispensable. Si sus dibujos los hubiera hecho un hombre de los considerados normales, uno que hubiese vivido en los suburbios residenciales, en su tiempo libre, como un divertimento, tendrían el mismo valor artístico; y a buen seguro, por lo llamativo del contraste, estaríamos hablando de otra leyenda de autor. Si hubieran sido obra de un artista tipo, sin las extravagancias de Gorey, sino tan sólo las propias del bohemio acostumbrado, seguirían manteniendo su influencia, aunque su alcance, posiblemente, no hubiera sido el que les dio el Gorey real que conocemos, con su pedigrí de tipo más raro del mundo.

En 2016 está previsto el estreno de un documental sobre los últimos años del artista, con material rodado desde los años 80, que llevaba todo este tiempo sin encontrar salida. En España, la editorial Valdemar editó los volúmenes antológicos Amphigorey, que reúnen gran parte de su obra. Y la pequeña editorial Libros del Zorro Rojo ha publicado varios de sus libritos en un formato de precioso acabado, entre ellos su indispensable abecedario. Descubran y disfruten de Edward Gorey, un macabro y dulce placer.

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