Crónica de un título anunciado: ¡A su salud Don Gabriel!

Qué gran invento ese del hielo, ni la magdalena y su experiencia sensorial de plazas y mediodías franceses, ni la luz verde de los sueños orgiásticos inalcanzables de la superficialidad de los “millonetis” de Dakota del Norte, nada, nada, me quedó con el gran descubrimiento del hielo, que al menos con hielo se puede brindar. 

Toda la luz de América agarrada a los hielos de mi copa en la noche del 16 de abril, a unos minutos de que toquen las campanas y bebamos en homenaje a Gabriel García Márquez. La muerte hace tres días, de nuevo en abril, volvió a esa América que hoy se agarra a mi copa para ver si era cierto que el año pasado se llevó a Don Gabriel, o si todo era el último y más soberbio juego de grandeza trágica del escritor colombiano que tan bien sabía divertirse a costa de la muerte; decía, que la muerte volvió hace tres días, de nuevo en abril, a América, buscando quizás a García Márquez, volvió de nuevo armada con sus utensilios de trabajo, volvió dispuesta a asesinar, a demostrar su poder democrático: todos iguales, todos al final muertos. Volvió la muerte a América… pero se equivocó de casa y se llevó a Eduardo Galeano y por eso, ahora que empiezan a sonar las campanas, brindamos por Don Gabriel y brindamos también por Eduardo

Gabriel-Garcia-Marquez_Photograph- Isabel Steva Hernandez (Colita)-Copyright CorbisGabriel García Márquez / Foto: Isabel Steva Hernandez – Colita/Corbis

Desde hace un año los amantes de su literatura llevamos un luto aliviado en casa pero riguroso en las tertulias, un luto sobrio de vieja escuela para tratar de rasgar la pomposa desdicha de millones de personas que durante un par de semanas llenaron internet de imágenes con photoshop y frases del escritor. Es un luto algo petulante, sí, pero es nuestro. Y no se crea el lector, no es odio hacia los fans espontáneos, pues como decía Pura Vicario: “También el amor se aprende” y gracias a ellos el último abril Cien años de Soledad se colocó entre los libros más vendidos; hay que ver el respeto que le tiene la muerte que se lo llevó en abril, justo antes del comienzo de las grandes ferias de libros. 

Empezamos con los discursos. La parranda pública de cualquier noche de bar empieza a dispersarse en fragmentos. Gabriel García Márquez, aquel escritor nacido en Aracataca, metiendo en un maletín de viaje la magia de la cultura precolombina para llevar su patria a lo más alto. Erasmo de Rotterdam con traje sanjuanero. Elogio a la locura. Elogio a la tierra. El éxito fue rotundo con Cien años de soledad, América Latina saltaba a las portadas de los periódicos de todo el mundo, la comunidad continental la levantaban un grupito de escritores, en conexión directa con Barcelona, y la Revolución Cubana. Pero, ah, el éxito pesa más que los años, y de lo chic de las ramblas uno cae preso rápidamente en las faldas de la vieja Europa y en nada, de escritor revolucionario pasa a “cajetilla” latinoamericano que se pasea como si fuese parisino de toujours. Octavio Paz, Vargas Llosa, se dejaron seducir por el establishment y se pusieron a dar lecciones de caballerosidad y libre mercado, la libertad mágica por la libertad de la bolsa, ayudar a las señoras yankees a cruzar las calles y brindar por el Plan Marshall. Pero Márquez no, él siguió alternando con boleros y vallenatos, sintiendo en sus huesos el calor vegetal del porvenir, siguió con Cuba y con el Siglo de Oro, siguió exitoso y popular, algo que pocos, muy pocos, han logrado. Un escritor para los que las venas se nos agarraron a la tierra. 

Se ha pasado la medianoche. Quedan aun algunos rescoldos desperdigados de la fiesta original.  Entre los que quedamos se ha perdido la sobriedad y el aire de vieja escuela, ahora recitamos y leemos fragmentos de Gabo, sí, ya no es Don Gabriel, a esta hora de la noche solo puede ser Gabo: “Durante el día, derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los recuerdos de la noche anterior. Pero cuando ella (Pilar Ternera) entraba en la casa, alegre, indiferente, dicharachera, él (José Arcadio) no tenía que disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa explosiva espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder invisible que lo enseñaba a respirar hacia dentro y a controlar los golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los hombres le tienen miedo a la muerte”. Mañana gozaremos en secreto con los recuerdos de esta noche de homenaje, hoy solo bebemos, leemos y recordamos. El pelo rizado, la nariz grande y caída, un bigote que era como una escoba y un rostro tras el cual chapoteaba la humildad pero que se presentaba duro, proletario, algunos momentos e infantil otros. 

Gabo acabó sus días aún convencido de la sangre y la magia, de que la realidad no es una fotografía en blanco y negro, que la literatura nos permite llegar a lugares tan lejanos y ocultos, tan irreales, en los que la realidad se confía y se acaba delatando. Como Velázquez en las Meninas, Gabo no pintaba, no escribía más que del propio lector particular que cogía cada novela. Ni de meninas, ni de sí mismo, el centro de sus novelas eran las figuras imperceptibles del espejo. Gabo acabó sus días entre Cuba, México y Colombia: América, sí, América, América que es hoy un discurso vivo y urgente. América y con ella, y en ella, y para ella, Gabo. La luz de América aún agarrada a los hielos ya derretidos de mi copa. ¡La última va a su salud Don Gabriel!

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