Las diversas realidades del realismo francés

En 1855, Gustave Courbet organiza una exposición individual, paralela y abiertamente contrapuesta a la oficial de la Academia de Arte de París. La titula El Realismo. Unos años antes, en el revolucionario 1848, un grupo de pintores igualmente huidos del academicismo, se congregan en Barbizon, un pueblecito a sesenta kilómetros de París, cerca del bosque de Fontainebleau —el mismo que solía frecuentar el joven Gustave—. Concentrados en un paisaje que adquiriría rango de protagonista, uno de estos pintores campestres, Jean-Francois Millet, iba a incorporar un elemento revolucionario en aquellos paisajes: a los campesinos que los habitaban. Del 23 al 26 de junio de 1848, los obreros parisinos comenzaron a levantar barricadas por toda la ciudad, en protesta contra una República cada vez más burguesa. La sangrienta represión del gobierno sobre los obreros inspira al famoso caricaturista de prensa Honoré Daumier una serie de pinturas al óleo, de litografías y de relieves con el proletariado como protagonista.

El realismo pictórico francés —dicho así es casi un pleonasmo— engloba a un buen número de pintores, pero abanderados del mismo, destacan el hijo de campesinos Millet, el hijo de cristalero Daumier y el hijo del terrateniente Courbet. Como un reflejo canónico de las clases sociales que protagonizaban la época: el campesinado, proletarios y pequeñaburgesía dominante. 

1280px-Honoré_Daumier_012Los emigrantes / Honoré Daumier

Porque realismo no era exactitud en el detalle, sino acierto en la atmósfera. Realismo no era objetividad, como pudiera parecer, sino todo lo contrario, la subjetividad de una mirada real, posicionada. Realista era el paisaje de Barbizon, pero más cuando incluía a los campesinos que lo poblaban calladamente. Realista era el rostro caricaturizado de Luis Felipe I convirtiéndose en pera. Realista era el sexo femenino sin abrigo alguno, impúdico y libre, como origen del mundo. Realismo era mostrar e intervenir en la realidad. Era compromiso, y lo era por el progreso.

La extracción social de cada uno de los máximos exponentes del realismo define de manera muy sugestiva el carácter de sus obras. Son paradigmáticos de las clases que idealmente representan y sus cuadros atienden o adolecen de los intereses y la ideología propia de cada uno de sus orígenes.

Millet, resulta tal vez el caso más evidente de proyección social en función de su origen. Será el fornido hijo de campesinos, educado religiosamente en la aldea, quien revolucione el estilo de los paisajistas de Barbizon. Huídos del ruido urbano, los pintores de Barbizon se aíslan del necesario sonido del mundo. Inspirados en los paisajes ingleses de John Constable, aciertan a pintar una luz propia de Francia. Pero las aguas calmas de Corot o de Daubigny no se corresponden con las turbulencias y torbellinos de la época. Por mucho que se alejasen de la ciudad, incluso en los campos y bosques, atizaban contradicciones sociales que no podían ser veladas. En Barbizon, la luz iluminaba a los campesinos. Millet, en ese mismo lugar, dinamita el propósito originario de aquellos pintores abrumados entre los que él mismo se encontraba. En 1857, los pobres se cuelan en la historia de la pintura moderna por una puerta abierta en Barbizon. Millet pinta Las espigadoras, tres mujeres agachadas agachadas recogiendo el grano abandonado, poderosamente dueñas del campo. El dolor y el cansancio con el rostro oculto por el esfuerzo del trabajo son el tema. 

Jean-François_Millet_-_Gleaners_-_Google_Art_Project_2Las espigadoras / Jean Francois Millet

Millet se convierte en el portavoz de la vida campesina. En El Ángelus un matrimonio reza bajo la luz del crepúsculo, con los útiles de la labranza pasajeramente detenidos, en un descanso que se intuye breve. Dalí, obsesionado con esta pintura, manifestó que el rezo crepuscular del matrimonio campesino no le sugería el del Ángelus, sino el postrero por el hijo muerto y recién enterrado. En efecto, la pesadumbre cabizbaja de los campesinos contra el crepúsculo sugiere un duelo fúnebre. Pero no se trata únicamente de El Ángelus y Las espigadoras. La mayor parte de la obra de Millet se ocupa de representar al campesinado de una manera doliente y majestuosa.

800px-JEAN-FRANÇOIS_MILLET_-_El_Ángelus_(Museo_de_Orsay,_1857-1859._Óleo_sobre_lienzo,_55.5_x_66_cm)El Ángelus / Jean Francois Millet

Honoré Daumier, nacido en Marsella en 1808, es el mayor en edad de los tres máximos representantes del realismo. Y quizás el menos reconocido, el más polifacético y por ello menos puesto en valor. De niño se traslada a París con su familia, en búsqueda de una oportunidad para la vocación literaria de su padre, que trabajaba de cristalero. El mundo del arte no dará oficio al padre, pero sí al hijo. Honoré destaca como cronista gráfico en el semanario La Caricature. Su talento le vale una pena de prisión de seis meses en 1832, cuando representa a Luis Felipe I como Gargantúa. Los lápices de Daumier se afilan. Y los pinceles se preparan para ponerse a servicio de un talento poliédrico y capaz de encontrar el tono adecuado para cada expresión.

1024px-Honoré_Daumier_034El vagón de tercera clase / Honoré Daumier

En junio de 1848 los obreros de París forman barricadas durante tres días. La República de una burguesía cada vez más lejana de las clases populares que un momento tuvo por aliadas sosiega la insurrección con gran violencia. Las deportaciones, los miles de encarcelados y las penas de muerte inspiran los óleos de Daumier. Los emigrantes, un cuadro de pequeñas dimensiones, menor que un folio, pintado sobre una tablilla de madera, expresa con la fuerza de un Guernica la injusticia de las jornadas de junio del 48. Si Millet se había convertido en el portavoz pictórico del campesinado, Honoré Daumier lo iba a ser del proletariado.

El proletariado urbano de Daumier conectaba en su fuerza cotidiana con los campesinos de Millet. La lavandera (1863) que sube las escaleras cargada de fardos y llevando de la mano a su hija así lo expresa. El vagón de tercera clase (1864) es la representación del espacio de comunión de las clases desposeídas, tanto del campo como de la ciudad. Y finalmente El levantamiento sitúa como protagonistas de la Historia a los trabajadores en su conjunto, con el proletario al frente puño en alto y el pequeñoburgués ya detrás de éste, simbolizado en la figura del hombre con sombrero alto.

Honore_Daumier_The_UprisingEl levantamiento / Honoré Daumier

Courbet, el más joven y, sin embargo, el padre espiritual del realismo como corriente, estilo y actitud, no compartía los orígenes humildes de Millet o Daumier. Hijo de un mediano propietario rural, será el mismo resultado arquetípico del artista pequeñoburgués que se suma a la causa socializante. Su arte será militante. Su causa, como su estrategia, radicalmente individual. El ejemplo de su Pabellón del Realismo en 1855 es muestra de una actitud que no tenía nada de colectiva. En él hay rebeldía contra la sociedad y la clase burguesa dominante, pero también una educación acomodaticia y una personalidad que se construye a fuerza de individualismo pequeñoburgués. En 1855 la exposición oficial del Salón de París le había aceptado nueve obras, solo una había sido rechazada. Esta afrenta le es suficiente para montar su propia exposición individual y desafiante de la oficial —paralela y desafiante también, por lo tanto, a sus propias obras—. Y motivo o razón, realmente, no le faltaban. La obra excluída por la Academia era El taller del pintor, un óleo de enormes dimensiones en el que él mismo ocupa el centro de la representación, rodeado idealmente de las amistades e influencias que le habían acompañado y edificado en los últimos años, entre los que se incluyen Baudelaire, George Sand o el filósofo anarquista Pierre-Joseph Proudhon.

Courbet_LAtelier_du_peintreEl taller del pintor / Gustave Courbet

La forma de Courbet de confrontar con la burguesía era individual y, en tal sentido, un tanto superficial y hasta infantil. Pero efectiva, porque realmente alborotaba la opinión pública burguesa. En 1854, cuando pinta El encuentro o Buenos días Señor Courbet, escandaliza por representarse a sí mismo, un miembro de la intelectualidad, ataviado como un campesino pobre y cargando con los bártulos de trabajo de camino al campo. Tenía algo de furia adolescente, aunque ya contara 35 años.

Origin-of-the-WorldEl origen del mundo / Gustave Courbet

Con todo, Courbet se convierte al fin en un verdadero intelectual orgánico. Durante la Comuna de París, en 1871, es elegido para el Consejo de la Comuna, y presidente de su Comisión de Artes. Courbet, que cinco años antes había pintado El origen del mundo —obra cuasi secreta durante más de un siglo—, alumbra ahora un nuevo comienzo para la Humanidad. Su tendencia anarquista le inclina hacia la propaganda por el hecho, alienta el derrumbe de la Columna Vendôme —símbolo napoleónico—, y su deseo se cumple, el del símbolo caído, pero no el de la victoria y el origen de un nuevo mundo. Cuando la Comuna es bañada en sangre, él —con todo un artista consagrado— consigue evadir la pena capital. En principio es condenado a medio año de cárcel y una multa de 500 francos. Finalmente, se le exigirá el pago de todos los gastos por la reconstrucción de la Columna Vendôme. Exiliado en Suiza, morirá arruinado en 1877.

La exposición de Courbet le da un nombre al estilo. Y el estilo se define más por una constante temática que de forma. En el realismo francés hay tantas aristas como realidades. Y la suma de los distintos aportes que desde Barbizón a París —más que una distancia geográfica— se desarrollan, configura una forma no solo de pintar, sino de entender el arte.

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