El jugador, de Rupert Wyatt

El lema de Jim Bennett, el profesor universitario de literatura y ludópata interpretado por Mark Wahlberg en El jugador (The gambler, 2014) es algo así como “sé el mejor o no seas nada, haz algo grande o no hagas nada”. Esta claro que no se lo aplicó el señor Rupert Wyatt, director de la cinta, porque este remake del film de mismo título dirigido por Karel Reisz y protagonizado por James Caan en 1974, ni mucho menos supera al original ni aporta nada de valor.

El jugadorMark Wahlberg, El jugador, 2014 / Paramount

La historia de un niño pijo californiano —personaje que le viene ni que pintado a Wahlberg— tan inverosímil como insufrible. El chico, que ya va rondando la cuarentena, es un profesor universitario de literatura, más, un genio malogrado, con un serio problema de adicción al juego. O quizás no. Tal vez el problema es de falsa conciencia, de creerse un genio y no haber tenido un problema de verdad en la vida, y querer construirse una personalidad a base de fingir chulería. El profe-jugador que encarna Wahlberg se quiere presentar como el puto crack de California, un intelectual y a la vez un tipo duro sin miedo al gánster peor pintado. Un tío así nos caería bien a todos, enamoraría a todo el personal. Pero en este caso —al menos así me pasó a mi— lejos de caer simpático, uno está deseando que le den las hostias que le faltaron de pequeño.

A quienes les gusten los subgéneros clásicos de los años 70, las películas de jugadores, ladrones y la combinación de altos y bajos fondos, se entretendrán por puro vicio acostumbrado con El jugador. Siempre y cuando sepan dejar apartadas las torpezas y debilidades del film. Como la suerte de convertir al inicial y lacónico jugador con gusto por perder en histriónico profesor universitario, con tan solo recurrir a ponerle unas gafas de pasta, transformación que ni cabina para Clark Kent. O los gángsters filósofos que no tardan un segundo en perorar sus teorías cósmicas sobre el sentido de la vida. O las subtramas amorosas como muletas para hacer avanzar al héroe y edulcorar otra historia más de búsqueda de uno mismo y redenciones varias.

La factura y el ritmo de El jugador supera, con todo, la mera corrección. Una foto y un diseño de arte perfectamente conjugados, visten el producto de gala, listo para consumirlo sin pensar demasiado en lo poco digestivo de los ingredientes. Junto a una banda sonora que simboliza esa doble naturaleza contradictoria de mediocridad perfectamente gustosa. Desde la secuencia inicial, el universo de El jugador está plagado de preciosas canciones  que suenan por azar o elección de los personajes, melómanos exquisitos. Sería maravilloso vivir en un mundo en el que un coro de estudiantes canta Creep de Radiohead en la habitación de al lado. En el que el gángster que te amenaza de muerte te pincha una preciosa balada de un grupo canadiense súper indie en su giradiscos, antes de decirte adiós y dejarte escuchando esto

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