Historia trágica del ciclismo

Hace unos años visité por primera vez el Angliru, el mítico puerto asturiano que comenzó a subirse en la Vuelta Ciclista a España de 1999. Fue una excursión a pie, la idea era subir el puerto andando, y así lo hice. Recuerdo que en la base del puerto una pintada sobre el asfalto rezaba “Bienvenidos al infierno”, y pensé que ya estaban los asturianos exagerando. No había tal exageración. Lo comprendí a los pocos kilómetros, después de algunas rampas alrededor del 20% de desnivel, cuando me adentré en las pendientes del 23% de la conocida La Cueña Les Cabres. ¡Me costaba subir andando! Con las manos sobre las rodillas, me preguntaba cómo diablos podía nadie subir en bici aquellas cuestas. Sin embargo, hay gente que lo hace y a una velocidad que alcanza medias de 17 km/h. De hecho, el récord de la ascensión lo posee Roberto Heras que, en la Vuelta 2001, coronó en 41 minutos y 55 segundos, a una velocidad media superior a 18 km/h. Después de aquella excursión al Angliru corroboré para mí mismo que, entre todos los deportes, el ciclismo era sin duda el más duro. Pero no sólo por el esfuerzo físico agónico, sino por otros tantos riesgos que entraña su práctica. El ciclismo, sin ser un deporte “de riesgo” -de los que se practican para generar adrenalina a raudales- es el que más relacionado está con la muerte y, por eso mismo, con la vida misma.

La historia del ciclismo es una historia trágica. El esfuerzo agónico, el riesgo de un accidente mortal, la exigente y cruel competición del mundo profesional son elementos que le dan un reverso siniestro. El ciclismo profesional, convertido en un circo morboso por patrocinadores y televisiones, se ha cobrado la vida de cientos de deportistas, unos caídos en carrera, otros sumidos en la depresión o en la adicción a las drogas. El ciclista profesional tuvo siempre muchas papeletas para convertirse, por muy feliz que fuera, de una u otra manera, en un héroe trágico.

La fatal carretera

La muerte del joven ciclista del equipo Euskaltel Víctor Cabedo mientras entrenaba, en septiembre de 2012, elevaba a 55 los corredores fallecidos en la carretera mientras entrenaban o competían desde 1934. Con seguridad los datos consignados son inferiores a los reales. Es imposible saber cuántos ciclistas desde hace décadas han fallecido a consecuencia de la práctica de su deporte, muchos de ellos antes incluso de haber dado el paso a la profesionalidad.

La más grande de las competiciones ciclistas, el Tour de Francia, ha sido escenario de varias tragedias. En 1935, el español Francisco Cepeda sufre una caída descendiendo el Galibier, muere a consecuencia de las heridas, unos días después. Fue la primera víctima en la ronda francesa. En la memoria de los aficionados al ciclismo de las últimas décadas está indeleble el nombre de Fabio Casartelli, como su sonrisa al proclamarse campeón olímpico en ruta en Barcelona 92, y su última imagen, retransmitida en directo por la televisión francesa, tumbado en el suelo de Col d´Aspet, en posición fetal manando un espantoso torrente de sangre de su cabeza. Fue el 18 de julio de 1995, el uso del casco no era obligatorio por entonces en las pruebas profesionales.

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Fabio Casartelli, medallista en Barcelona 92.

El Giro de Italia ha sido la más trágica de las grandes vueltas. En 1952, una caída en el descenso de la Merluzza acaba con la vida del italiano Orfeo Ponsin. En el Giro de 1976, cae y fallece por traumatismo craneoencefálico el español Juan Manuel Santisteban, en la primera etapa. Como si de una maldición se tratara, justo diez años después, también en la primera etapa, una fatal caída le provoca la muerte tras dos semanas en estado crítico al ciclista italiano Emilio Ravasio. La última muerte en el Giro se produjo en 2011, el joven belga Wouter Weylandt moría al instante tras caerse en el descenso del paso del Bocco; su figura inerte sobre el asfalto de una carretera serpenteante, temblorosamente recogida por las cámaras de televisión, recordaba la de Fabio Casartelli en el Col d´Aspet.

Las caídas en carrera suelen ser un motivo habitual de la muerte en el ciclismo y, quizás, el único exento de otros dramas. Un azar fatal, un accidente con las peores consecuencias. Sin embargo, en otras muchas ocasiones, la muerte sucede en el mundo de la bicicleta por una combinación de factores más allá del azar. El número de ciclistas muertos en carretera mientras entrenan es el principal motivo de la siniestralidad ciclista. Las noticias sobre aficionados atropellados son pan de cada día. Entre los profesionales, que se ven obligados a salir a las carreteras a diario, el riesgo se multiplica. El joven Víctor Cabedo, como decíamos, fue el último caso conocido. Antes que él otros tantos, algunos que no llegaron jamás a profesionales, jóvenes promesas; otros que ya eran realidades y podrían haber marcado épocas en el ciclismo de alto nivel, como Antonio Martín Velasco, atropellado por un camión cuando entrenaba en Madrid, en febrero de 1994. Antonio Martín había sido el mejor debutante del Tour del 93, y se le consideraba el sucesor de Indurain, no en vano, el Banesto le había fichado con tal esperanza. En 2001 los hermanos Ricardo y Javier Otxoa, que habían formado parte del ONCE y posteriormente del KELME de Álvaro Pino, son arrollados en una carretera de Málaga. Ricardo fallece y Javier resulta herido muy grave, teniendo que retirarse de la competición profesional para siempre y reconvirtiéndose con los años en destacado deportista paralímpico. 

Las caídas no han sido la única manera de morir en carrera. Convertir el deporte en un negocio conlleva el riesgo de sacrificar la propia salud de los deportistas. En los años sesenta el uso de anfetaminas para potenciar el rendimiento no estaba siquiera penado. Vale que en aquellos años el desarrollo de la nutrición deportiva no era un campo precisamente desarrollado, los ciclistas cargaban sus bidones de agua y café. Pero el consumo de estupefacientes se sabía sobradamente nocivo. El más conocido y dramático caso fue el del inglés Tom Simpson, que muere de un ataque al corazón en plena ascensión del Mont Ventoux, en el Tour de 67, después de haber ingerido un gran número de anfetaminas. Las imágenes de sus últimas pedaladas, muriendo literalmente sobre la bici antes de desplomarse sobre el arcén rodeado de aficionados, son de un dramatismo escalofriante.

 

La tristeza del ciclista

Cuando el hecho de morir se encuentra presente de manera tan íntimamente ligada a la naturaleza de una profesión o de un ambiente, quienes participan de ello necesariamente  deben desarrollar una serie de mecanismos mentales para hacer frente a tal presión. Los ciclistas saben que, ya sea en su entreno cotidiano o en la competición, la carretera es un medio hostil que en cualquier momento les puede jugar una mala pasada. En este sentido, el ciclismo es el súmmum deportivo del sacrificio, lo duro no termina al coronar un puerto, porque al esfuerzo agónico le sigue inmediatamente la tensión de la bajada, el riesgo de una caída a muchos kilómetros por hora. Hay que amar mucho la bicicleta para exponerse y dedicarse a ella. Porque, que nadie se confunda, el ciclismo no está pagado. Solo unos pocos superclase, de los que ganan grandes carreras, pueden hacer dinero. El grueso del pelotón profesional, una vez pasados los años buenos, tiene que buscarse la vida en lo que pueda. 

Hay que ser igual de duro de mente que de piernas para soportar la presión del ciclismo de alto nivel, con todos sus sinsabores. Y es en este sentido donde el ciclista se expresa en toda su magnitud como un personaje trágico. Hombres con un corazón que durante años creció más de lo normal, producto de un entrenamiento desmesurado, que suelen padecer todo tipo de enfermedades y dolencias cardiovasculares una vez abandonan la práctica profesional. Muchos de ellos mueren del corazón, no solo en un sentido físico, sino también alegórico. Se les rompe, porque sufren, porque están demasiado expuestos al lado trágico de la vida, porque su profesión les obliga a pasar horas y horas solos, llevando el cuerpo a un esfuerzo agónico. Es el conocido síndrome del corredor de fondo, esa soledad que puede ser terapéutica, pero también mortal. El listado de ciclistas que han visto arruinadas sus carreras y sus vidas por problemas de depresión es larguísimo. La tristeza del ciclista, de hecho, es un mito tan real como la soledad del fondista.

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Luis Ocaña durante su caída en el Tour de 1971. Foto: As.

En los años setenta, la figura del español Luis Ocaña, ganador de un Tour y eterno derrotado del “canibal” Merckx, se prestó al dibujo del héroe introspectivo y oscuro, del malogrado. Ocaña, impulsivo y contradictorio por naturaleza, no pudo vencer la obsesión de ver al gran Eddy Merckx siempre delante. Su caída en el Col de Menté, en el Tour del 71, el año que estaba en mejor forma que el belga y que al fin parecía podría vencerle, fue un símbolo de lo frustrante que puede ser perseguir un sueño inalcanzable. Son las injusticias a veces nada poéticas que tiene este deporte. Aquella caída de Ocaña volvió a la mente de los más veteranos aficionados al ver el llanto de Joseba Beloki sobre el asfalto mojado de La Rochette, en el Tour del 2003. Un llanto desesperado, no tanto por los huesos rotos, sino por la fatalidad de un sueño que se escapa, porque ese año, Beloki, muy probablemente hubiera vencido al entonces limpio e inalcanzable Lance Armstrong. Luis Ocaña ganó el Tour dos años después de su caída en el Col de Menté, pero ese año Merckx no competía. Tras su retirada y una serie de problemas personales, Luis Ocaña se disparó en la sien a los 48 años.

La tristeza del ciclista será tema de innumerables historias por venir. Hasta el momento, quizás la más trágica de todas ellas fue la que une en la muerte al español Isaac Gálvez y al belga Dimitri de Fauw. El 26 de noviembre de 2006, en el velódromo donde se disputa el quinto de Los Seis Días de Gante, prueba clásica de la modalidad, el español sufre una caída tras un ligero golpe totalmente fortuito del belga. Isaac se rompe varias costillas que le dañan el corazón; no llegará vivo al hospital. Gálvez era uno de los especialistas mundiales a pista cubierta, y de Fauw una promesa ascendente. “¿Cómo voy a superar esto? Lo voy a cargar conmigo el resto de mi vida”, declaró el joven ciclista belga, en shock al poco de ocurrir el accidente. Un sentimiento de culpa y una tristeza insoportable lo acompañaron tres años más, hasta el 6 de noviembre de 2009, el día que se quitó la vida en la soledad de su casa, sin poder superar el recuerdo del chico español al que rozó sin querer en Gante.

Héroes trágicos del ciclismo moderno

El negocio del ciclismo profesional, con el paso de los años, no ha hecho otra cosa que seguir alimentando la alienación de sus máximos protagonistas. Para que los patrocinadores sigan manteniendo equipos requieren de provechosas audiencias televisivas. Se ha hecho del ciclismo un show, para que sea rentable los ciclistas tienen que ponerse a setenta kilómetros por hora en un sprint, subir siete puertos de montaña en un día, bajar más rápido que las motos. Y luego algunos no entienden cuál es la causa del dopaje. O se echan las manos a la cabeza cuando una estrella detrás de otra se suicida tras una depresión o aparece muerta por sobredosis de droga. 

Es por eso que en los últimos años, los de este ciclismo puesto en el punto de mira moral y económico, hayan surgido los más paradigmáticos ejemplos del ciclista con el corazón roto. El más representativo de ellos el de Frank Vandenbrouck, uno de los mejores clasicómanos de la historia, en la mejor tradición belga. Jovencísimo ganador de la Lieja-Bastoña-Lieja, en 1999, el mismo año que dejó para el recuerdo una de las subidas más espectaculares que se hayan visto en la Vuelta a España, en el Puerto de Navalmoral, donde a ritmo fue descolgando a un pelotón de elegidos con gente del nivel de Jan Ullrich, Pavel Tonkov u otro ídolo trágico, el Chava Jiménez. Vandenbrouck, no fue capaz de gestionar los momentos en los que el éxito deportivo se escapaba. Tras verse involucrado en casos de dopaje, fue dando tumbos de un equipo menor a otro, hasta el año 2007, cuando intentó suicidarse en un hotel cerca de Milán. Es ingresado en un hospital psiquiátrico con una profunda depresión, adicto a la cocaína, la vida familiar rota, en trámites de divorcio de su esposa y sin poder ver a sus hijas. Un infierno más duro que el del Angliru que subió en el 99 lo padece en su vida personal. Su autobiografía se pubica en 2008, con el título “No soy Dios”. Un año después moría en Senegal, en la habitación de un hotel donde lo acompañaba una joven prostituta, último testigo de un cada vez más lento desenfreno.

El Chava Jiménez, uno de los escaladores más portentosos del ciclismo moderno, y también de los más desastrosos contrarrelojistas, todo hay que decirlo, no tuvo en la lucha individual contra el crono su peor problema, sino en el enfrentamiento con la vida más allá de la bici. Con un carácter sombrío e individualista, parecido al de Ocaña, y una fragilidad similar a la de Vandenbroucke, terminó como este, toxicómano y sumido en la depresión. En diciembre de 2003 sufre un paro cardiaco mientras miraba unas fotografías en la clínica de desintoxicación donde trataba de recuperarse. “Ha muerto como vivió. Al ataque y de repente”, así lo describía su madre, en una suerte de epitafio perfecto que definía al ciclista y al hombre nunca terminado de hacer.

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Pantani, durante la famosa sentada del Tour del 98.

La tercera de las víctimas trágicas del ciclismo moderno fue el que quizá haya sido el más grande escalador de la historia del deporte, el inconfundible y carismático Marco Pantani, el querido “Pirata”. Su historia es la que suma más elementos trágicos y oscuros, por su talento inconmensurable sobre las dos ruedas y en la montaña, uno de los pocos ciclistas en la historia que ha conseguido ganar Giro y Tour en un mismo año, por su claro liderazgo dentro del pelotón en los peores momentos de los escándalos de dopaje, por su deriva autodestructiva también hacia el mundo de las drogas y, finalmente, por un final mucho más oscuro que la presunta sobredosis o incluso el suicidio cuya noticia golpeó los corazones de millones de aficionados el 14 de febrero de 2004. A día de hoy, diez años después, el caso se ha reabierto, ante las sospechas de que Pantani fuera asesinado. En el recuerdo entristecido nos quedarán para siempre las ascensiones del 95 y del 97 a Alpe d´Huez, desde abajo, en solitario y siendo aún hoy, casi veinte años después, las dos únicas ocasiones que un ciclista ha subido el legendario puerto del Tour en menos de 38 minutos.

Es un deporte duro el ciclismo. La soledad y la agonía acompañan al ciclista, no importa que alrededor haya miles de personas jaleándole, formando pasillos humanos donde vibra esa misma incertidumbre que confunde el peligro y el éxtasis. La muerte está presente, fría como el pecho bajo el maillot y las hojas de periódico, abrasadora como el sol en la cima de los puertos.

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