«Melbourne», de Nima Javidi

“Melbourne”, del iraní Nima Javidi –otra película de título vacuo y forzado– ha sido uno de los films que más me ha desesperado en los últimos años. El propósito de partida: un matrimonio de Teherán se ocupa con buen humor de los últimos pormenores antes de partir de viaje para larga estancia a Melbourne, un viaje que anuncia una nueva época de prosperidad para ellos. Pero no pasan diez minutos antes de que estalle el conflicto: el bebé de sus vecinos, que la canguro les ha dejado a cuidar un momento, muere mientras duerme, sin más causa aparente que el fatídico síndrome de la “muerte súbita”. De entonces en adelante, un despropósito tras otro.

Desarrollada prácticamente de principio a fin en una sola ubicación –el piso de este matrimonio iraní– el motor de la historia no es otro que las imbecilidades que cometen sus protagonistas. Puedo aceptar y hasta dejarme llevar por historias en las que los errores de sus protagonistas funcionan como elementos de avance narrativo, siempre y cuando estos errores sean comprensibles, verosímiles. Pero no puedo con historias cuyo primer elemento de avance –en minutos, que no en desarrollo ni arco dramático– es un personaje imbécil hasta el paroxismo que, a cada situación que enfrenta, opta por cometer una imbecilidad mayor. Y digo primer elemento, porque hay un segundo: las famosas zancadillas argumentales. “Melbourne” se convierte en una especie de “drama de enredo”. Cada dos minutos alguien llama a la puerta para dar inicio a una nueva escena en la que el matrimonio corre el riesgo de ser descubierto con un bebé muerto en el dormitorio.

En “Melbourne” apenas nada tiene sentido. Su primera secuencia es ejemplo del absurdo general de la historieta: una joven burócrata del censo municipal, airada en su gesto, sufre un encontronazo fortuito en el que se le caen los papeles al suelo. ¿Por qué? ¿Qué demonios tiene que ver o aporta esta apertura con la historia que la sucede? Que nadie me lo explique, me da igual. Nada tiene sentido en una historia que se pretende una alegoría claustrofóbica sobre quién sabe qué… A fin de cuentas resulta una antología de la imbecilidad.

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