«Fuego», de Luis Marías

Cuando ya muchos hablan del principio del fin del conflicto vasco, el director bilbaíno Luís Marías nos trae una historia donde el odio y la venganza planean durante los noventa minutos de película.

La vida de Carlos, policía en el País Vasco, da un giro de 180 grados el día que ETA coloca una bomba en su coche, acaba con la vida de su mujer y deja a su hija sin piernas. Una década más tarde, parece que su día a día vuelve a la normalidad, decide abandonar Euskadi para asentarse en Barcelona, donde monta una próspera empresa de seguridad.

Sin embargo, pronto vemos que el paso del tiempo no ha conseguido curar las heridas ni mitigar el sufrimiento. Su hija Alba, interpretada por Aida Folch, se ha encerrado en sí misma y ha cortado toda comunicación con el mundo exterior, trabajando como diseñadora desde casa, afrontando cada jornada como una condena. Carlos, tras años de terapia, solo ha podido avanzar movido por el odio y el ansia de venganza, buscando hacer sentir en las carnes de sus verdugos el dolor que él ha sentido desde que su coche saltase por los aires. El ojo por ojo se convierte en su máxima, para lo que se traslada a un pequeño pueblo de Euskadi donde intentará ganarse la confianza de la mujer y el hijo del asesino de su esposa.

A pesar de lo sugerente de la idea con la que se trabaja, Luís Marías nos ofrece un film que en ningún momento nos hace apreciar a sus personajes. Sus protagonistas, José Coronado y Leyre Berrocal no consiguen acercar a los espectadores ese mundo interno tan complejo o generar empatía.  La película avanza con un ritmo demasiado lento hacia un final predecible desde el primer minuto, con un intenso toque moralizante, el conocido “lugar común” sobre la venganza que genera más odio y que convierte a cualquiera en una especie de monstruo sin sentimientos. 

Una música burda en su intención intenta guiar y enfatizar lo que debe sentir el espectador, pero ni por esas. La historia de Alba y su cuidador pretende tener un cierto tono humorístico, pero resulta forzado y sin gancho, igual que el reencuentro entre Carlos y su antigua amante.

El momento culmen de la película acaba convirtiéndose en un final con un toque de violencia que lo único que acaba generando es poco más que grima, para dejarnos claro las nefastas consecuencias de afrontar los golpes y el dolor intentando devolver cada segundo de sufrimiento a los responsables de esa situación.  

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