Perdida, de David Fincher

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Hay pocos directores hoy día en Hollywood que puedan ser llamados cineastas, tipos que cualquier historia la hacen propia, por su forma de narrarla. Los hermanos Coen, Clint Eastwood, Woody Allen… directores con un sello que hace inconfundibles sus películas, sean mejores o peores. Pues bien, David Fincher es de esos. Y es, tal vez, el más propio y profundamente particular de los cineastas norteamericanos. El gran creador de atmósferas oscuras, pantanosas. Fincher es el ruido sordo y la turbación, con un estilo quirúrgico y elegante.

En su último film, “Perdida” (2014), vuelve una vez más por sus fueros. Esa luz que alumbra con un fulgor apagado calles y despachos, cocinas y bosques con lago, contagia de manera poderosa todo el metraje de la obra, que Fincher vuelve a extender más allá de las dos horas. “Perdida” se toma 149 minutos para contar con un ritmo más veloz de lo que pudiera quedar en el recuerdo la truculenta historia de un joven matrimonio neoyorquino: Ben Affleck como Nick Dunne y Rosamunde Pike como su esposa, la asombrosa Amy, ex-personaje de novelas infantiles; tan asquerosamente “cool” en su primer conjunto que uno disfruta al verlos jodiéndose la vida poco después de la luna de miel.

Por desgracia, el reparto de secundarios está muy por encima de los protagonistas. De nuevo Ben Affleck vuelve a presentar honores para situarse como uno de los intérpretes con menos talento y más faltos de carisma de la industria del celuloide. Y ojo, que esta vez casi se salva –pero es trampa– al estar lo que se dice completamente “en casting”. El personaje de joven guapetón con aire insulso y sonrisa bobalicona le cae que ni pintado. Por otra parte, la delicada Rosamunde Pike le da cuerpo y cara a un personaje que permite poca aportación por su gélido hieratismo; está correcta, sin más.

“Perdida”, sin alcanzar la calidad de “Seven” o “El club de la lucha”, es una pieza más en el gran fresco, apocalíptico, decadente, eléctrico y sinfónico que está armando David Fincher con cada una de sus obras.

Pero si el reparto es una tripulación dejándose llevar, el guion de “Perdida” es el trasatlántico donde los han subido. Adaptación muy leal del best seller del mismo nombre de la novelista estadounidense Gillian Flyn, firmado por la propia autora. El guion, como mero transcurso de acontecimientos, peca de efectista. Ya se sabe que a David Fincher le seducen las historias construidas sobre giros y contragiros de la trama, con estructuras complejas de narración, dobles narradores, diversidad de enfoques, etc. “Perdida” no es una excepción, de hecho, quizás sea la vez que dicha debilidad por estas formas le pone al director de “Seven” más contra las cuerdas. Solo el tono kafkiano con el que el gran capitán del barco dirige la trama vela la inverosimilitud de muchas partes de la historia. El espectador tiene que ir progresando adecuadamente secuencia a secuencia del trhiller realista al cuento onírico. Lo rocambolesco de la trama puede tener un pase cuando se juega con el tono de la historia, pero la trampa argumental ya menos. Fincher, habitualmente presentado como heredero de Hitchcock –con toda justicia– juega con truco –o trampa– de los que ya el padre del suspense se valió –y se arrepintió–. Mostrar en flashback una mentira de uno de los personajes –como hiciera Hitchcock en “Pánico en la escena”– para después descubrir al espectador que lo que ha visto jamás pasó –la agresión de Nick Dunne a su esposa– son malas artes por parte del que cuenta.

Y a pesar de todo, Fincher pone una vez más en la pantalla un espejo deformado de la sociedad actual, particularmente de la estadounidense. Dobles, redobles y triples morales, una superestructura de entretenimiento y desinformación con el único fin del lucro y la alienación de millones y millones de personas, convertidas en turbas ignorantes. “Perdida” es la estridencia de los canales de televisión a todo volumen, en todo momento y lugar. Un retrato del alma humana contemporánea en las sociedades del mundo occidental, tenebroso, con sombras bajo cualquier gesto. Seres conducidos por sus múltiples miserias, necios e indolentes como Dick Dunne; disciplinados únicamente en la venganza o el crimen, como la asombrosa Amy.

“Perdida”, sin alcanzar la calidad de “Seven” o “El club de la lucha”, es una pieza más en el gran fresco, apocalíptico, decadente, eléctrico y sinfónico que está armando David Fincher con cada una de sus obras.

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