Jean Vigo: honores en conducta

Revolución. Esta palabra define a la perfección la vida y la obra de Jean Vigo, sin ella no se podría entender su cine.

Su padre, periodista y militante anarquista, jugó un papel importante en las organizaciones antimilitaristas, algo que en la Francia de los tiempos de la Primera Guerra Mundial no resultaba fácil; se convirtió en un habitual de los centros penitenciarios, lo que acabaría llevándolo a la muerte, un supuesto suicidio que nunca convenció al joven Vigo y que le marcaría profundamente durante el resto de su vida.

Vigo_Cero_en_conductaCero en conducta, film de Jean Vigo.

Escritores, luchadores o poetas se convirtieron en sus compañeros de fatiga y uno de ellos, Boris Kauffman –hermano de Dziga Vertov– le acompañaría en su primer trabajo cinematográfico: Á propos de Nice, un documental experimental crítico con la vida de la alta burguesía. Es interesante la utilización de la cámara, buscando en todo momento pasar desapercibidos, que nadie se diese cuenta de que les estaban grabando, plasmando de la manera más natural el día a día de las clases pudientes de Niza. Para ello opta incluso por pasear a Kauffman en silla de ruedas, con el objetivo debajo de su abrigo.

La intercalación de imágenes de las dos caras de Niza, la acomodada y plácida de una minoría, y las penurias y dificultades de una clase obrera que luchaba por sobrevivir es una declaración de intenciones, un posicionamiento claro de compromiso militante, un intento de convertir al cine en una herramienta más de combate. Y Vigo lo consigue, utilizando únicamente imágenes, cambios de ritmo y dando una gran importancia al montaje. Introduce de pleno al espectador en la atmósfera de sus calles, de sus contradicciones, de las distintas formas de afrontar cada día.

Un corto promocional del campeón de natación Jean Taris sería su segundo envite con la pantalla, y es aquí donde Vigo vuelve a mostrar su enorme inquietud, afrontando este encargo como una manera de experimentar con la cámara, incluyendo tomas submarinas, retrocesos y completándolo con un final rompedor.

El espíritu rebelde de Vigo no fue ajeno a la censura. Zéro de conduite, una crítica demoledora al sistema educativo francés de la época, pasó trece años en un cajón hasta que pudo ser expuesta. Este mediometraje se convirtió en un ajuste de cuentas personal, ya que tras la muerte de su padre, Vigo pasó parte importante de su infancia en internados, bajo una estricta disciplina y severidad. Pero había llegado el momento de darle la vuelta a la tortilla. Podía plasmar, aunque fuese en la pantalla, ese motín tantas veces soñado y que nunca pudo llevar adelante.

“¡La guerra está declarada!, ¡abajo los maestros!, ¡abajo los castigos!, ¡viva la revolución!”. Los ánimos están desatados y a cámara lenta empiezan a volar las almohadas, las plumas inundan las habitaciones y se toma al primer rehén; la bandera pirata cuelga de la azotea y empiezan a llover calderos, libros y todo lo que tuviesen a mano contra los representantes de ese sistema educativo sobre el que por fin Vigo consumaba su venganza. Una venganza convertida en obra maestra, cuyo testigo años después lo tomaría Truffaut con Los cuatrocientos golpes, donde plasma a través de Antoine Doinel su particular visión de una infancia difícil, y refleja el espíritu rebelde que Vigo nos trasmitió en cada una de las escenas de Zéro de conduite.

En 1934 Vigo filmaría su última obra: L’Atalanté. En este trabajo entremezcla realismo y surrealismo para dar vida a la historia de amor de Jean y Juliette. De nuevo nos encontramos con unos personajes alejados de la vida acomodada, igual que ocurriese en Zéro de conduite, personas normales, trabajadoras, con las que podríamos tropezar en cualquier pueblo de Francia. Pronto empezamos a ver las contradicciones de una relación convulsa mientras la pequeña embarcación  L’Atalante navega rumbo a la ciudad de las luces. Una historia sencilla, pero a la vez llena de matices, con una gran profundidad a la hora de elaborar a los personajes y con secuencias memorables, como el camarote del tío Jules con decenas de tesoros que había ido acumulando alrededor del mundo, o la corta incursión de Jean y Juliette por las calles parisinas.

Después de su muerte por tuberculosis, la obra de Jean Vigo cayó prácticamente en el olvido, sobre todo tras el escaso éxito cosechado en los cines con su último film, que llevó a los distribuidores a cambiarle no solo el título –por Le chaland qui passe, una canción muy popular en aquel momento–, sino a realizar un nuevo montaje, reducir su extensión y añadir una nueva banda sonora. Tendrían que pasar varias décadas, hasta que unos jóvenes devoradores de cine y asiduos a la filmoteca recuperasen la obra de Vigo, que tuvo un gran grado de influencia en el surgimiento de la Nouvelle Vague, dispuesta a hacer tambalear los cimientos del cine académico francés.

Poco menos de 200 minutos dura la obra de Vigo, una obra que pasó de la casi total indiferencia a convertirse, años más tarde, en una de las imprescindibles por su capacidad para conmover, entretener y por convertir la cámara en una herramienta más de lucha, en un actor por el cambio mediante el cual quiso plasmar sus convicciones y su compromiso social.

La revolución abrió y cerró el ciclo. El mismo día de su muerte, 4 de octubre de 1934, los mineros asturianos se alzaron en armas. Fue la última revolución proletaria del occidente europeo, un último intento de cambiarlo todo, una revolución, que al igual que Vigo, murió demasiado joven, dejándonos en la mente lo que pudo haber sido y no fue.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies