La fotografía es un deporte de combate

Ilustración de Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

El título de este artículo hace referencia al libro del francoargelino Rudy Ricciotti (L’architecture est un sport de combat, Textual, 2013) y al documental de Pierre Carles La sociologie est un sport de combat (2001), sobre el filósofo Pierre Bourdieu. El primero afirma que «no puede haber arquitectura sin una dimensión política emboscada» y habla de «sus múltiples facetas —teórica, social, estética—, estrechamente imbricadas para armar el trabajo del arquitecto». Como todas las áreas de creación, la fotografía es, potencialmente, un deporte de combate. Un arma a esgrimir contra el olvido y la manipulación, contra la desarticulación de la solidaridad, contra las fuerzas reaccionarias y, especialmente, contra la ignorancia (subjetiva o propiciada). Es una forma de representación y de producción de memoria y de reflexión, que, sin embargo, no forma parte de los hábitos de consumo y reflexión cultural al nivel de la literatura, el teatro y la prensa. Y la fotografía, en su formato más accesible y la vez perdurable —el fotolibro— está pidiendo a gritos su adopción y difusión por una ciudadanía necesitada de entender lo que pasa a su alrededor y cómo le afecta.

Bourdieu criticaba, en su ensayo Contrafuegos (Anagrama, 1999), la «visión deshistorizante y desatomizada» que ofrecen los noticiarios televisivos, convertidos en «una sucesión de historias aparentemente absurdas que acaban por parecerse entre sí, desfiles ininterrumpidos de pueblos miserables (…) que desaparecen sin que sepamos su solución».

Esta reflexión es aplicable también a la inundación de imágenes y fragmentos de vídeo perfectamente prescindibles que nos ofrecen con frecuencia la ilusión de recibir un documento gráfico con capacidad informativa o formativa. Afortunadamente, los fotolibros constituyen una de las herramientas más poderosas con las que contamos para restituir a la imagen su condición de documento digno de ser registrado y explorado.

Frente a la apropiación de la representación de la sociedad en imágenes efímeras y descontextualizadas por parte de los medios de comunicación, los libros de fotografía documental sirven para abrirnos los ojos y para acercarnos a una realidad con la carga emotiva de una obra de teatro, la fuerza descriptiva de un artículo y la capacidad evocadora de una película. Nos permiten intuir la psique de un país a través de su paisaje (This is Spain, colectivo, Nophoto), verificar la cercanía afectiva con una pareja heterodoxa (Vera y Victoria, de Mar Sáez, en André Frère Éditions), recordar la represión en América Latina (Cóndor, de João Pina, o Desaparecidos, de Verónica Fieiras) y documentar luchas históricas grandes y pequeñas, desde el monumental Para verte mejor, América Latina, de Paolo Gasparini y Edmundo Desnoes, hasta La révolte de la prison de Nancy (Le Point du Jour).

No todos los fotolibros documentales (en su rica variedad de géneros y pseudogéneros) aspiran a transformar el mundo ni contribuyen a profundizar nuestro conocimiento del mismo. Allan Sekula, en un ensayo titulado Dismantling Modernism, Reinventing Documentary (1978), ofrecía una crítica del formalismo en la fotografía al afirmar que «como una materia prima fetiche, como un objeto para entendidos, la fotografía alcanza su pobreza semántica por excelencia».

Unas líneas antes había propinado otro bofetón a «la promoción generalizada de usos introspectivos, privativos y a menudo narcisistas de la técnica fotográfica» en el contexto de «la sociedad del capitalismo avanzado». Por eso concluía que el género documental había contribuido «al espectáculo, a la excitación de la retina, al voyeurismo, al terror, la envidia y la nostalgia, y solo un poco a la comprensión crítica del mundo social».

Todo eso, en 1978. Cabe preguntarse cuánto nos hemos perdido en materia de reflexión y de crítica fotográfica. Y si la fotografía documental ha conseguido que el pueblo se sienta suficiente y fielmente representado en sus historias, más allá del fotoperiodismo urgente. Quizá no hemos sabido elaborar una gramática de la edición de fotolibros capaz de aportar a un proyecto todas las capas de interés, contexto y representación que es capaz de incorporar.

Un ejemplo de fotolibro que puede reunir varios de los estímulos que asociamos al visionado de imágenes es Beaufort West (Chris Boot, 2008), de Mikhael Subotzky, sobre el enclave rural homónimo, y perteneciente a su serie sobre el sistema carcelario y la marginación en Sudáfrica. Nuestra capacidad de comprensión y de empatía se ve agrandada por la inclusión en el libro de todo el contexto que uno necesita para conectar con las personas y escenarios retratados: un texto introductorio pertinente —sin concesiones injustificadas a la loa poética o el onanismo comisarial— y, en especial, unas páginas en las que el fotógrafo comenta cada fotografía del libro y explica el origen e intención de su trabajo. Pocos casos justifican la ausencia de texto. Uno de ellos sería la urgencia con la que el fotógrafo Koen Wessing elaboró su libro Chile, Septiembre de 1973 (recuperado por Errata Editions), sobre el golpe de Estado de Augusto Pinochet.

Esfuerzos colectivos

En 1962, el último año del mandato de Edward Steichen como director de Fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York, se celebró la exposición The Bitter Years. 1935-1941 (Los años amargos), un homenaje a los fotógrafos que documentaron la miseria y la lucha por los derechos civiles y laborales durante la Gran Depresión en Estados Unidos. No se hizo en su día un catálogo, pero en 2012 el Centre national de l’audiovisuel de Luxemburgo, que alberga la exposición permanente The Family of Man, elaboró un catálogo y edición crítica que refleja lo que quizá sea la más brillante misión fotográfica concebida: la de la Farm Security Administration (FSA) estadounidense.

En el libro, editado en inglés por Thames & Hudson, Steichen anhelaba la creación de «una organización fotográfica permanente financiada por el Estado que registre continuamente cada época y actividad del pueblo de EEUU».

En lo que respecta a España, hay que lamentar que, en medio de ataques continuados contra el estado de bienestar y los derechos fundamentales, y en un contexto de paro, desigualdad y precariedad crecientes, no hayan surgido apenas iniciativas colectivas o misiones fotográficas para retratar esos cambios a medio y largo plazo. Con algunas excepciones, la fotografía documental de carácter o intención política y social parece ser un asunto de individuos, y la falta de iniciativa o de recursos —la fotografía no deja de ser una empresa heroica en este país— nos está dejando sin un retrato colectivo y omnicomprensivo de la crisis. Hacen falta esfuerzos comunes, misiones institucionales y emergentes de las comunidades, proyectos transversales socioculturales, iniciativas de microfinanciación colectiva equivalentes en fotografía a bolsasocial.com, colaboración de escuelas y colectivos fotográficos… para que los fotolibros ocupen el lugar que les corresponde en el proceso de construcción de la identidad colectiva y la ciudadanía.

Todo proyecto de representación memorable y transformador comienza por hacerse preguntas pertinentes, como la que formula Marc Melki en su serie ‘Dormir’, sobre los indigentes que duermen en las calles de París. En un ejercicio de empatía mediada por la imagen, nos pregunta: “Et si c’était vous?”. ¿Y si fuéramos nosotros? Interrogarse sobre la función social de las imágenes, incluso aquellas producidas como ficción o como metáfora de un mundo particular, equivale a plantearse las mismas preguntas que formula Georges-Didi Huberman en el prólogo del catálogo de la exposición Soulèvements (Levantamientos, Jeu de Paume/MNAC): «¿Cómo aprovechan las imágenes nuestros recuerdos para dar forma a nuestros deseos de emancipación?». Dicho con otras palabras, en este caso de Sekula: «¿Cómo inventamos nuestras vidas dentro de un rango limitado de posibilidades, y cómo nos inventan nuestras vidas los que tienen el poder?».

Los fotolibros nos ofrecen respuestas (y nuevos cuestionamientos) a esas preguntas. Lean, reflexionen y disfruten de lo visionado.

***

Lee este artículo también en el primer número de Drugstore en papel.
Hazte con él por solo 5,99€ en nuestra tienda, con envío incluido.

Revista Drugstore #1

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies