Gabo y Prensa Latina, historias de un continente

Imagen de Álvaro Trabanco para el el nº1 de Drugstore.

Gabriel García Márquez dejó un legado histórico en diferentes disciplinas, que va desde la literatura hasta el cine. Colaboró en la fundación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, participó en la corrección de guiones en México o en las múltiples adaptaciones cinematográficas de sus libros. Pasó por la política internacional en su incesante labor por alcanzar la tan anhelada paz para Colombia o su ferviente postura antiimperialista en el caso cubano o nicaragüense. Y por supuesto: el periodismo, cuya herencia es tan prolíficamente excepcional que existen a día de hoy decenas de libros especializados que analizan su huella en lo que él mismo denominó como «el mejor oficio del mundo».

El periodismo fue una constante en la vida de Gabriel García Márquez. Sintetizar su producción periodística en un solo artículo resulta imposible, como sería también hacerlo con su obra literaria, cinematográfica o política; cada uno de estos aspectos de su vida, que se cruzan y entrelazan impregnando sus cuentos y novelas, merecen la máxima minuciosidad y la mayor profundidad posibles. Por eso, nos encargaremos en estas líneas tan solo de una brevísima etapa de su quehacer informativo: la que se inicia con el triunfo de la revolución cubana en 1959 y finaliza en mayo de 1961.

Tras el triunfo de la revolución cubana, se desataron un sinfín de ataques estadounidenses sobre el nuevo gobierno en la isla, desde atentados terroristas (como los bombardeos con fósforo a las centrales azucareras cubanas o la voladura del barco La Coubre en el puerto de La Habana, que dejó más de cien obreros muertos) hasta intentos de invasión como el fracasado en la Bahía de Cochinos; dentro del contexto de agresiones constantes no podían faltar, como es lógico, los ataques por parte de los medios. La guerra mediática se basó en la difusión de noticias falsas y tergiversaciones sobre la revolución.

Fidel Castro y el Che Guevara propusieron la creación de una agencia de información para contrarrestar las calumnias contra la isla y los movimientos progresistas de América Latina. Surge entonces la idea de Prensa Latina. En 1959, con más de cuatrocientos periodistas de distintos países, orientaciones e ideologías, reunidos en La Habana para contrastar las pruebas de los crímenes cometidos por la dictadura de Batista, se expresa la necesidad de que el continente dispusiera de medios de información veraces.

El encargado de llevar adelante la creación de Prensa Latina fue el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, que había conocido a Fidel y al Che durante su incursión en la Sierra Maestra. Se materializaba el sueño de un periodismo latinoamericano comprometido con la verdad.

Pero, ¿cómo recaló Gabriel García Márquez en el proyecto? El joven escritor, por entonces reportero en Caracas, tenía poco más de 30 años y tan solo una novela publicada —La Hojarasca— y otra a punto de publicar —El coronel no tiene quien le escriba—, pero contaba con mucha experiencia en el ámbito periodístico, habiendo sido corresponsal en Europa y trabajado en diversos diarios colombianos. Fue a través de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza que se embarcó en Prensa Latina, oficina de Bogotá.

Plinio Apuleyo Mendoza era en aquellos años líder de las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal y mantenía buenas relaciones con amplios sectores de la izquierda latinoamericana. Fue contactado por un amigo suyo, Guillermo Angulo, que tenía relación con el Flaco Guzmán, un mexicano en busca de periodistas, cargado con un maletín repleto de dinero en efectivo para fundar la filial de Prensa Latina en Bogotá. Una vez establecida la oficina en la calle 18, pleno centro de la ciudad, la redacción se convirtió rápidamente en un auténtico hervidero intelectual de la izquierda colombiana. Fue allí, entre tertulias literarias y debates políticos, donde el joven Gabo adquirió una mayor conciencia política.

Gabo, como Plinio Apuleyo, tenía la labor de enviar los cables que llegaban desde La Habana a los medios colombianos. Durante una visita a Bogotá, Jorge Ricardo Masetti se dio cuenta, inmediatamente, del talento de García Márquez, y le propuso que fuera con él a La Habana, para posteriormente ser enviado especial de Prensa Latina en Estados Unidos. García Márquez aceptó. Cuando se instaló en el barrio de Queens, no imaginaba aún lo que le esperaba en términos de persecución política y peligro para su integridad física.

Llegó a Nueva York con su mujer y un hijo recién nacido, Rodrigo, y pronto comenzó a ser víctima de amenazas por parte de grupos anticastristas y de espionaje por parte del FBI. Vivía en un estado de alerta permanente, armado con una varilla de hierro al lado de su escritorio. El espionaje se prolongó durante años, persiguiéndolo incluso en su posterior estadía en México hasta el año 1985.

En mayo de 1961 Gabriel García Márquez presentó su renuncia a Prensa Latina para embarcarse en un viaje por el sur de Estados Unidos y visitar los paisajes inmortalizados en las novelas de quien consideraba su maestro y mayor influencia literaria, William Faulkner. Finalizaba de esta manera una breve etapa con la recién creada Prensa Latina. Una aportación breve, pero que contribuyó a engrandecer el nombre de una herramienta informativa que nacía de la colaboración entre grandes exponentes del periodismo latinoamericano. Pasarían a la historia por su compromiso político, su ejemplo ético y su altura moral a la hora de enfrentar momentos históricos complejos. La consolidación literaria de García Márquez llegaría pocos años más tarde. No correrían la misma suerte ni Rodolfo Walsh, que sería asesinado durante la dictadura militar argentina, ni Jorge Ricardo Masetti, que moriría en 1964 como guerrillero en Salta, una provincia del norte de Argentina, en la frontera con Bolivia.

La historia del nacimiento de Prensa Latina y sus historias dentro de ella, como la de Gabo de Bogotá a Nueva York, es parte del gran relato contemporáneo del continente americano. Una historia de América Latina, con todas sus contradicciones y sus particularidades, con sus mártires y sus héroes, con sus verdugos y victimarios. La historia de un medio de comunicación que cometió el gran pecado de pretender dar voz a quienes durante siglos no la tuvieron y puso al frente de aquella homérica labor a un grupo de escritores que, con la máquina de escribir como fusil, hicieron recordar que el Sur también existe y que sus historias merecían ser contadas.

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