A nuestros lectores. Hiroshima (1946) de John Hersey

Ilustración original de Ávaro Trabanco para el nº 1 de Drugstore.

La publicación de Hiroshima el 31 de agosto de 1946 en el semanario estadounidense The New Yorker cambió para siempre la historia del periodismo escrito. El reportaje del corresponsal de guerra John Hersey (1914–1993) acerca de las consecuencias del lanzamiento de la bomba atómica sobre la población de la ciudad japonesa, sentó las bases de una nueva manera de concebir la tarea de reportar juntando letras, al informar de los hechos al lector recurriendo a técnicas premeditadas, conscientemente literarias. Este original enfoque dio como fruto un texto demoledor, cuyo impacto en el público y los círculos periodísticos de la época fue descomunal. Y de cuya apasionante lectura —una lectura que desuella irremediablemente la sensibilidad— continúa siendo imposible salir indemne.

Al rememorar la gestación de Hiroshima en una de las pocas entrevistas que concedió en su vida, Hersey relata la anécdota célebre —por significativa— que le proporcionó la clave para abordar su escritura. En la primavera del 46, se hallaba en Asia a bordo de un destructor de la US Navy, rumbo a Japón tras recibir la luz verde al reportaje por parte de TNY. Durante el trayecto, un miembro de la tripulación le entregó unos cuantos libros escogidos al azar en la biblioteca de la nave para que matara el tiempo. Uno de estos libros era The Bridge of San Luis Rey, de Thornton Wilder, novela ganadora del Pulitzer en el año 1928. The Bridge narra, desde diferentes puntos de vista, la historia de varios personajes que están cruzando un puente inca en el Perú cuando se viene abajo. La lectura iluminó a Hersey, que en ese momento concibió la idea de estructurar su reportaje de modo similar a la novela, centrándose en la experiencia individual de unos pocos supervivientes. Un eureka periodístico de dimensiones aún impredecibles, que cambiaría para siempre la visión que los norteamericanos tenían del bombardeo. Y que convertiría Hiroshima en un hito del periodismo escrito, en un referente que continúa vigente a día de hoy, en «el mejor reportaje de la historia» (Barringer, Felicity: Journalism’s Greatest Hits, The New York Times, 1 de marzo de 1999).

Hersey —que en el 46 tenía 32 años y era ya un reputado periodista y escritor, ganador el año anterior del Pulitzer con su primera novela, A bell for Adano— llegó a Hiroshima en el mes de mayo y pasó varias semanas investigando, dedicado principalmente a entrevistar a decenas de hibakushas —palabra con que los japoneses se siguen refiriendo a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki y que significa ‘persona bombardeada’—. A finales de junio, cuando creyó disponer del material necesario para ponerse a trabajar, regresó a Nueva York y se encerró a escribir la pieza cuya publicación estaba prevista para el mes de agosto, fecha del primer aniversario del lanzamiento de la bomba.

Para descifrar Hiroshima es bueno empezar por el objetivo que Hersey y William Shawn —editor en jefe de TNY— fijaron previamente para el reportaje: mostrar las consecuencias terribles que sobre la población había tenido el lanzamiento de Little Boy, la bomba de plutonio que el B-29 Enola Gay arrojó a las 08:15 del 6 de agosto de ese mismo año sobre la ciudad, destruyéndola casi por completo y acabando en las primeras veinticuatro horas con la vida de la mitad de sus 220.000 habitantes. Hasta ese momento las víctimas habían quedado fuera del foco informativo; a la censura impuesta por el Gobierno —las fuerzas de ocupación norteamericanas tenían orden de impedir la salida de Hiroshima de todas las grabaciones y fotografías que documentaran de algún modo el horror—, se sumaba la actitud complaciente de los medios, más inclinados que nunca al oficialismo debido al patriotismo exaltado por la recentísima contienda. La prensa había publicado cientos de artículos sobre la bomba, sobre su construcción, su capacidad de destrucción, su importancia estratégica… Pero se había olvidado, algo corporativamente, de las víctimas, alimentando la ceguera de una opinión pública que seguía celebrando la victoria Aliada en la Guerra.

Entre las decenas de entrevistas realizadas, Hersey seleccionó los testimonios de los seis hibakushas que consideró los más valiosos al fin de mostrar el horror silenciado. Comenzando la narración en los instantes previos a la explosión de la bomba, Hiroshima relata los acontecimientos a través de Toshiko Sasaki —administrativa en una fábrica—, Masazaku Fujii —doctor en medicina—, Hatsuyo Nakamura —una humilde costurera—, Wilhelm Kleinsorge —jesuita alemán—, Terufumi Sasaki —cirujano del hospital de la Cruz Roja— y Kiyoshi Tanimoto —pastor metodista—. Para informar de la experiencia de cada uno de ellos, Hersey adopta un estilo deliberadamente plano, frío, ejerciendo un control férreo sobre cualquier efusión “literaria”, contando con frases breves lo que hacen, oyen, huelen, tocan y ven sin entrar nunca en sus pensamientos ni hacer valoración alguna. El resultado es un texto alucinógeno, seco como el alambre de espino, directo como un disparo, en el que las imágenes del horror más extremo se suceden como capturadas por un ojo sin párpado y de mirada impasible, sin que en ningún momento lleguemos a escuchar la voz del reportero. Esta desaparición del autor en la narración tiene por efecto convertir a las víctimas en personajes, consiguiendo que el lector se identifique con ellas directamente, se ponga en su piel, como único modo de alcanzar a comprender su dolor, su sufrimiento, su angustia, la debacle física y moral, el terror a lo completamente desconocido.

Asumido este estricto objetivismo que Hersey decidió imponerse a sí mismo —un compromiso deontológico que lo aparta de la corriente del posterior Nuevo Periodismo de Capote, Wolfe o Thompson, del que es indiscutible precursor—, Hiroshima es, al tiempo que un reportaje magistral, un poderosísimo artefacto literario, repleto de suspense, de atmósferas tóxicas, de concreción vivificadora, con un tiempo interior que despliega su propia dimensión fluyendo con naturalidad a través de los escenarios devastados… Un artefacto que agarra desde el principio la atención del lector con una firmeza implacable, obligándole a contemplar y hacer carne la experiencia aterradora de los seis protagonistas; experiencia de sí inefable, que el invisible Hersey alcanza cifrar con precisión quirúrgica, con autoridad científica, consiguiendo que las emociones de las que no habla se agiten en el fuero interno del receptor al descodificar el texto, un texto que poética y efectivamente hace llover, en el sentido que lo manda el conocido verso de Huidobro.

El empujón final a la suerte pública de Hiroshima tiene como protagonistas a dos editores de bemoles. Cuando a principios de agosto del 46 William Shawn y Harold Ross — fundador y también editor de TNY— recibieron el texto de 150 páginas de manos de Hersey quedaron fuertemente impresionados, y de inmediato se pusieron a pulirlo trabajando codo con codo con el autor. El reportaje original constaba de cuatro capítulos —a los que Hersey añadiría cuarenta años después el quinto, dedicado a las posteriores secuelas—, y estaba pensado para ser publicado en sendos números del semanario. Pero Ross y Shawn decidieron que lo publicarían de un tiro para no amortiguar su pegada brutal, y dedicaron un monográfico al texto por primera y única vez en la historia del semanario.

Los días previos a la publicación la decisión se mantuvo en secreto, y el último golpe maestro lo dieron al escoger una portada cargada de ironía y mala hostia, la ilustración a todo color de una alegre escena de día festivo en un concurrido parque inequívocamente american way of life, sin desvelar nada de lo que la revista guardaba en el interior. Al pasar las primeras páginas con los indispensables anuncios, el lector se encontraba con el inicio del primer capítulo a toda plana, «Un resplandor silencioso», acompañado de una concisa y explicativa nota dirigida «A nuestros lectores». Arriesgaron, y el tiempo les dio
la razón: los 300.000 ejemplares de la primera edición se agotaron en sólo unas horas, los medios escritos y televisivos de alcance nacional se hicieron eco del reportaje, el texto se leyó íntegro en las radios más importantes del país, se publicó como libro y vendió millones, se convirtió en lectura obligada en institutos y facultades… El periodismo escrito cambió para siempre.

Antes de leer Hiroshima, todo lo relacionado con la bomba atómica dormía desordenado en una carpeta de mi memoria en la que se mezclaban la imagen sublime del hongo, fotografías en blanco y negro de cuerpos quemados, el rostro borroso del presidente Truman, bebés con malformaciones, bombarderos en vuelo, rasgos orientales, banderas flameando, todo ello salpicado de un puñado de fechas y cifras aún más confusos. Han pasado 70 años del lanzamiento de Little Boy y todos sabemos que cambió el orden global, y que su prodigiosa capacidad destructiva contribuyó sin duda a erigir el mundo en que vivimos. Pero esto de poco nos vale, lo que hace mella en nosotros es otra cosa. Tal vez la capacidad de llegar a comprender en alguna medida lo que un suceso de tales dimensiones —tan difícil de imaginar incluso para quienes estuvieron allí— pudo suponer para los únicos que de verdad importan, para los únicos que de verdad existen, los individuos.

Llegados a este punto, sé que los editores de DRUGSTORE estarán de acuerdo en ceder la palabra a los colegas Ross y Shawn, sus homólogos del New Yorker:

A nuestros lectores

Esta semana The New Yorker dedica todo su espacio editorial a un artículo acerca de la devastación casi absoluta de una ciudad por una bomba atómica, y de lo que aconteció a la gente de esta ciudad. Ello está hecho con la convicción de que somos pocos los que hemos comprendido el increíble poder destructivo de esta arma, y de que todo el mundo haría bien en dedicar un tiempo a considerar las consecuencias terribles de su uso.

 

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