La novela de ‘no-ficción’ o cuando la literatura se disfraza de vida

Imagen: Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

«¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra?
Qué monstruosamente difícil».
Virginia Woolf

Como Jack Lemmon y Walter Matthau en La extraña pareja, literatura y vida han mantenido siempre esa difícil relación propia de los enemigos íntimos que deben entenderse y cohabitar en un diminuto apartamento. Y, como en todas las parejas, solo uno se ha sentido dominador. En este caso, la vida, llamémosla Walter, ha tendido a ningunear a la literatura, llamemosla Jack, que, por su parte siempre fantaseó con la posibilidad de independizarse de la primera. Sin embargo, cuando la literatura, ganada por la desafección, daba un portazo y se refugiaba en su crisálida de autosuficiencia, la experiencia resultaba traumática, porque la vida sí puede permitirse el lujo de caminar a solas, pero la literatura pura suele pagar el penoso peaje de la indiferencia social.

En los momentos de tregua, aquella ambición stendhaliana de transformar la novela en un espejo que se pasea a lo largo del camino aspiraba a convertir el proceso creativo en un taller de alquimia verbal, en un hechizo que metamorfoseara las imágenes en cosas, los libros en geografías de papel, las palabras en trozos de realidad. Parecía haberse culminado la unión física y espiritual de los amantes fingidos, la magia de reducir el leer y el vivir a un solo verbo. El acoplamiento perfecto de los contrarios. Al fin Jack y Walter se poseían en su cama matrimonial. Un espejismo, por supuesto.

Antes y después de Stendhal, otros escritores soñaron con esa convivencia imposible. Y así la literatura fue acumulando desencuentros, mientras observaba con envidia otras artes, como la pintura-Jack, que un buen día logró emanciparse tirando por la ventana a la vida-Walter.

Sí. Con la llegada de las vanguardias, la pintura supo extirparse la realidad sin morir en el intento. Al contrario, descubrió, al conquistar la abstracción, que podía vivir instalada en la autosuficiencia, en la autarquía formalista más radical sin provocar, he ahí el mérito, la indiferencia del público y la caída en la marginalidad elitista, como le había ocurrido a la literatura cuando se aventuró en el mismo proceso. Los valientes Valery, Mallarmé, Ungaretti o Guillén también osaron expulsar a la vida de sus dominios, a cambio de caer en el ostracismo. Y desde su cueva vieron cómo la pintura abstracta recibía el beneplácito social y el aplauso unánime. Malevich, Kandinsky, Pollock, de Kooning, Arp, todos vendían cuadros millonarios y atraían a miles de personas a sus exposiciones. Mientras que los sofisticados gritos de Valery caían en el olvido, los manchurrones negros de Pollock o los inodoros del fontanero Duchamp extasiaban de placer a las masas. A la pintura vanguardista le fue tan bien la independencia de la vida que así ha seguido desde entonces, salvo excepciones honrosas. La literatura, en cambio, al menos aquella que no pretendía ser invisible, agotó pronto ese camino en solitario y hubo de volver con las orejas gachas a casa del odiado Walter y firmar un nuevo contrato de arrendamiento en el apartamento de siempre.

Desestimado el noble hermetismo de la pureza, la literatura que buscaba repercusión mediática no tenía ya mucho margen de maniobra, salvo entregarse a la perversión y renunciar a su dignidad para ofrecerse sin pudor a la masa lectora. Y así se llenaron las estanterías de elfos, de lugares innombrables, de dragones del mal, de asesinos polares, de sexos hercúleos y de tribus caníbales devoradoras del pasado. Jack había decidido sobrevivir en el altillo del apartamento, cumpliendo servilmente las fantasías eróticas de Walter.

Avergonzada, en ocasiones la literatura intentaba sobrevivir recuperando el acuerdo con la vida en condiciones de mayor dignidad, pero el maridaje stendhaliano nunca ha acabado de funcionar, al menos para el gran público lector, al que seguía seduciéndole más leer acerca de un caballo alado bebiendo en una ciénaga neblinosa del lejano reino de Katxmjnjen, que la historia anodina del mecánico idéntico a él. Sin saber por qué, la literatura que pretendía parecerse a la vida no lograba nunca seducir del todo al lector, ya fuera realismo sucio, realismo lírico, realismo dialéctico o realismo carpetovetónico. El lector nunca acababa de creerse la historia de amor entre Walter y Jack.

Sin embargo, cuando parecía que la literatura estaba condenada a inmolarse o a prostituirse, surgió una nueva fórmula que con pasmosa sencillez e ingenio supo acoplar a ambos mediante el hallazgo de un producto plenamente literario, plenamente vital. Este fenómeno nació a mediados de los años 50 del siglo pasado y lo llamamos novela de ‘no-ficción’.

Su método de unión fue un artefacto de ingenio que corregía los viejos defectos. La novela realista no alcanzó su objetivo porque intentaba convertir burdamente la literatura en vida, a Jack en Walter, y esa mutación no resultaba convincente, ya que en algún momento del recorrido el lector descubría el engaño del universo fingido, la zanahoria que se le ofrecía para darle literatura, solo literatura, camuflada bajo el envoltorio de la vida. La otra opción, desesperada y traumática, consistía en matar a Jack, es decir, en cargarse la literatura y dejarlo todo en manos de la vida, en suma, en sustituir la ficción por el periodismo crudo. Pero tampoco ese recorrido que va de la vida a la vida resultaba efectivo en términos artísticos, porque cuando la palabra muta en la cosa misma y nos escupe la realidad a la cara como un balde de agua fría, el lector también la rechaza.

En cambio, el método de la novela de ‘no-ficción’ fue deslumbrante. Su recorrido no pretendía ir de la literatura a la vida, ni de la vida a la vida, sino, y ahí su novedad, de la vida a la literatura. A diferencia de la novela realista, que tiene prevenido al lector desde el primer instante, o del periodismo informativo, que solo puede ofrecernos reta- les de realidad, la novela de ‘no-ficción’ hizo creer al lector que en sus manos tenía un objeto mágico, una suerte de aleph, de caleidoscopio maravilloso que atrapaba las cosas en estado puro. Pero a la vez las proyectaba de tal modo, que ese trozo de vida devenía en un objeto comprensible perfecto, ordenado y lógico. Ese milagro de transformar los panes en peces o la vida en literatura lo ha patentado la novela de ‘no-ficción’.

El lector es un inocente mirón que quiere ver, pero también desea comprender lo que pasa. El periodismo descarnado, a menudo muestra, pero casi nunca explica; en cambio, la novela de ‘no-ficción’ tiene el mérito de ordenar el caos de la realidad, de penetrar en su frondosa selva y moldearla con el cincel de la palabra, de tal modo que lo inquietante se vuelve comprensible y la vida muta en arte sin que el lector advierta en qué momento se ha producido ese sortilegio maravilloso. Por eso disfrutamos, sí, disfrutamos leyendo los crímenes de A sangre fría. Cuando las primeras crónicas periodísticas cubrían aquel terrible suceso, resultaba difícil digerirlas. En cambio, cuando Truman Capote lo relató en una novela, los lectores quedaron admirados. Habían comprendido el caos de la sinrazón, o creían haberlo comprendido, pues si alguien puede emocionarse y disfrutar con la lectura de un suceso así, en realidad, ya no disfruta de la matanza de una familia inocente sino de la buena literatura, porque la novela de ficción no es la vida hecha de palabras como pretendía Stendhal, sino un magnífico artificio literario, que la suplanta con artes de trilero.

La sección de sucesos ofrece las imágenes de la realidad en piezas de un puzzle
sin refinar, no alcanza a ordenar el caos. La novela de ‘no-ficción’ encaja esas piezas, como un encantador de lectores. Su palabra estructura el universo, lo aclara, ofrece el antídoto contra los miedos de la existencia, la ilumina y nos reconcilia con ella hasta el extremo de que podemos entender y emocionarnos ante un asesinato múltiple en Kansas, porque Capote ha acudido presto a ofrecernos la reparadora catarsis. La novela de ‘no-ficción’ hace el mundo intelectualmente digerible limpiando de vida toda la vida, desecándola y vaciando sus vísceras primero y momificándola después con pasta de literatura para evitar su descomposición. De otra manera nos resultaría imposible seguir leyendo el instante en que los asesinos de Kansas entran en el cuarto de los niños. Verdad que las palabras no son las cosas, como nos ha demostrado Foucault, pero la novela de ‘no-ficción’ nos engaña una y otra vez.

Un invento así, obviamente, tenía que nacer en Estados Unidos. Sin despreciar los notables intentos que supusieron Diario del año de la peste (Daniel Defoe) y Vida en
el Mississippi (Mark Twain), la primera intentona se atribuye a Operación masacre del argentino Rodolfo Walsh, una crónica sobre los asesinatos de prisioneros peronistas en 1956. En los años 60 ese camino empezaba a definirse desde la prensa con la aparición de los relatos periodísticos en The New Yorker. El cualquier caso, la culminación llega de la mano de A sangre fría (1966). En poco tiempo se convertiría en un género independiente.

Uno de sus teóricos más lúcidos, Tom Wolfe, pronto fue consciente de la necesidad de unir literatura y vida mediante esta nueva fórmula, también llamada Nuevo Periodismo. Allí donde Virginia Wolf tiraba la toalla, Tom Wolfe, iluminado, daba un paso más en el diseño de la novela perfecta tras descubrir que «la realidad ya no es realista». A la sombra de esa máxima, se fue perfeccionando el método de la ‘no-ficción’, todo un asombroso ejercicio de transformismo. Las novelas de ‘no-ficción’ se fingían objetivas y aireaban el recurso del narrador impersonal, un mero conductor, un entrevistador de personas reales; recubrían las obras de un barniz historiográfico por completo verosímil, simulaban desnudar los argumentos y alardeaban de buscar la verdad por encima de la estética. Todo un estupendo ejercicio de carnaval, porque detrás de ese edificio de realidad “no-ficcional” que nos ofrecían, se ocultaba un ejercicio de narrador omnisciente y subjetivo, que, lejos de desnudarla, cubría la realidad de ropajes invisibles y que no buscaba la verdad del mundo, sino la verdad de la propia obra, la verdad de un escenario de ficción con mayúsculas, desde la primera a la última página.

Desde entonces ese camino ha sido muy fértil. Mailer, Márquez, Talese, Thompson, Grossman, Carrère, Cercas… Y ellos, como en su día hiciera Capote, han reglamentado nuestro mundo mediante un prodigioso viaje desde la realidad hasta la literatura que nos ha reconciliado a la vez con la literatura y con la vida. Si gracias a Capote pudimos soportar los crímenes de Kansas y comprendimos al ser humano cuando transformó a un miserable asesino en un personaje de ficción, a La canción del verdugo, de Mailer, debemos la ordenación del puzzle del asesino Gary Gilmore. Siguiendo el mismo proceso,
el Honrarás a tu padre, de Talese, convirtió en conmovedora novela una brutal historia de mafiosos. La vida, de nuevo hecha literatura. Y así Carrère nos enseñó el camino para adorar al violento maltratador Limónov, y Javier Cercas disfrazó al fascista Rafael Sánchez Mazas de ese soldado miope al que todos quisimos salvar.

No se trata de manipular, al contrario. El mundo sencillamente necesita la luz y la catarsis de las novelas de ficción. El reciente crimen de Pioz, cometido por ese psicópata brasileño, hoy nos repugna y nos angustia, como en su día lo hizo el crimen de Kansas. Pero un día vendrá otro Capote a explicarnos esa historia, a iluminarla con la palabra y entonces podremos descansar tranquilos, mientras ese magnífico libro custodia a sus protagonistas en nuestra mesilla de noche.

No cabe duda de que la novela de ‘no-ficción’ ha resuelto la paradoja de Virginia Wolf. Al fin la extraña pareja ha aprendido a convivir bajo un mismo techo en el que ahora Jack domina, aunque Walter sigue creyendo que las normas las redacta él.

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