Ida B. Wells, la cruzada de una periodista contra el racismo

Imagen: Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

Más de setenta años antes de que Rosa Parks decidiera permanecer en su “asiento para blancos” en un autobús de Montgomery, Alabama, la joven Ida B. Wells, también mujer negra, rehusó cambiarse de vagón en un tren de Memphis. Era 1884. Sus padres habían sido esclavos. Ella sería periodista.

Hablar de Ida B. Wells significa hacer un exigente ejercicio de humildad y admiración. Fue una de esas personas obstinadas, tan bellamente obstinadas que viven continuamente bailando con la tragedia. Se trata, tal vez, de la figura más importante en la primera época del movimiento negro de mujeres en los Estados Unidos. Su cruzada contra los linchamientos racistas se articuló a través de sus escritos en diversos periódicos —de Memphis a Nueva York, pasando por Washington o Chicago—, y suscitó el nacimiento de todo un movimiento que aceleraría, en positivo, el curso de la Historia. Según Angela Davis: «Ida B. Wells fue la fuerza motriz detrás de una cruzada contra el linchamiento que estaba destinada a prolongarse por espacio de muchas décadas».

Con 16 años, Ida tuvo que hacerse cargo de cinco hermanos. Sus padres y un hermano murieron a causa de una epidemia de fiebre amarilla. Se quedó sola con los pequeños de la familia y comenzó a trabajar como maestra. Pasaron ocho años de trabajo y formación, durante los que se mudó a Memphis con parte de sus hermanos y durante los que acudió a la Fisk University, en Nashville. Ocho años de maduración de una conciencia política y de configuración de una valiente voluntad de resistencia. El conductor del tren que le exigió abandonar su asiento y trasladarse al vagón de los pasajeros negros, el 4 de mayo de 1884 —hay que insistir: 71 años, 6 meses y 27 días antes de que Rosa Parks hiciera lo propio en un autobús de Alabama—, necesitó la ayuda de dos hombres —otros dos cobardes— más para desalojarla. En cuanto llegó a la ciudad, Ida contrató a un abogado para llevar a la empresa del ferrocarril a los tribunales. Y escribió un artículo sobre el suceso, que se publicó en el semanario The Living Way, donde firmaría como Iola. Así comenzó su andadura periodística. Sus palabras encontraron hueco en otras publicaciones, como el Evening Star de Washington, DC. Cinco años más tarde fundaba su propio periódico en Memphis, el Free Speech.

En Memphis no se producían linchamientos desde los tumultos de 1866, pero en 1892 tres hombres negros fueron de nuevo asesinados por una turba racista. El motivo del linchamiento fue que estos hombres habían abierto una tienda que le hacía competencia a un negocio blanco. Resultó que los tres asesinados eran amigos de Ida B. Wells. El suceso conmocionó tanto a la periodista que funcionó como catalizador de lo que sería su primer gran reportaje de investigación: «Southern Horrors: Lynch Law in All Its Phases», publicado por el New York Age ese mismo año. Al poco de su difusión las oficinas del Free Speech fueron incendiadas y los periódicos blancos de Memphis abrieron una campaña en su contra. Pocos días después del asesinato de sus amigos, Ida escribió una columna en el Free Speech, en la que concluía que, mientras los negros no dispusieran de armas para enfrentar por sus propios medios las turbas racistas, lo mejor que podían hacer era abandonar Memphis. Amenazada de muerte, fue lo que ella hizo. Pero esta partida no constituyó una huida, sino un movimiento táctico inevitable para atacar con renovadas fuerzas desde fuera de las murallas. Ida B. Wells viajó a Nueva York, e incluso a Inglaterra. Dio conferencias y exportó su mensaje con una furibunda determinación. Con la salida de Memphis y la acumulación de fuerzas en terrenos más propicios se produjo el cambio cualitativo fundamental en el alcance de su labor periodística: sus escritos iban no solo a dar cuenta de la realidad, sino a cambiarla sustancialmente.

Su llegada a Nueva York supuso el nacimiento de las primeras organizaciones de mujeres negras. Dos lectoras de sus artículos en el New York Age crearon un comité con más de doscientas cincuenta mujeres, a las que reunieron en octubre de 1892 en el Lyric Hall. Ese día, Ida B. Wells recibió un broche de oro con la forma de una pluma, y algo más importante, una importante cantidad de dinero recolectado por aquellas mujeres para que fundase otro periódico.

En 1895, instalada en Chicago, Wells publicó un nuevo reportaje de investigación, «The Red Record», en el que ofrecía más de cien páginas atestiguando unos diez mil linchamientos entre 1865 y 1895. El prestigio de la periodista crecía. Ida era una de esas personas iracundas en la ética del respeto a unos principios. Se convirtió en figura des- tacada y su influencia llegó más allá del movimiento negro. Todo el movimiento sufragista, hegemonizado por mujeres blancas, quedaría expuesto en algunas de sus miserias a la luz de la verdad de Wells. Con la eminente sufragista Susan B. Anthony —fundadora de la Asociación Nacional por el Sufragio de la Mujer en los Estados Unidos— la unió una amistad temprana y un respeto mutuo, pero mantuvo con ella una fuerte controversia. Anthony se mostró partidaria de evitar la participación de mujeres negras en las asociaciones sufragistas del Sur, basándose «en un criterio de “conveniencia”», ante la posibilidad de que la presencia de estas mujeres hiciera que sufragistas blancas abandonaran la causa. La postura de Anthony era eminentemente racista, su “conveniencia” táctica no se sostenía sobre otro principio que los de un racismo silencioso y elitista. El desencuentro entre las dos se produjo en 1894.

Con otra destacada líder sufragista blanca, Frances Willard —presidenta de la Woman’s Christian Temperance Union—, mantuvo un litigio político público en la misma línea que el que la enfrentó a Susan B. Anthony, pero mucho más agrio. En 1894, ambas hicieron sendas giras por el Reino Unido para dar a conocer sus respectivas causas. Era la segunda vez que Wells pisaba las islas británicas y su discurso fue recibido con una enorme carga de sorpresa. Ante la barbarie de los hechos narrados por la periodista, el público inglés pasó del horror a la indignación, y de ahí a la reprobación del consentimiento de tal oprobio por parte de la sociedad blanca. El paisaje americano dibujado por Wells era muy diferente del esbozado por Willard, que presentaba un lienzo sin cruces ardiendo ni negros colgando de los árboles. Dos Américas, pero solo una verdadera. Willard, además, había hecho suyo con anterioridad el argumento del riesgo que significaban los hombres negros para las mujeres blancas. Wells, por descontado, le afeó la postura a una de las idealizadas madres de la democracia norteamericana. La influencia en los grandes medios de prensa de la asociación sufragista de Willard mantuvo durante un tiempo un silencio alrededor de la actividad política de Ida B. Wells, hasta que el silencio lo rompió el New York Times, ni más ni menos. No precisamente para honrar la verdad, no precisamente para dar voz al mensaje de Wells, sino para atacarla, para difamarla y levantar una campaña en su contra, exactamente igual que hicieron años atrás los periódicos blancos de Memphis.

El NYT, aprovechando la noticia de una supuesta violación de una mujer blanca por parte de un hombre negro, justo el día antes del regreso de Wells a Nueva York, imprimió en sus páginas: «Las circunstancias de este malvado crimen puede que sirvan para convencer a esta misionera mulata de que la divulgación, precisamente ahora y en Nueva York, de su teoría de los ultrajes a los negros es, por no decir otra cosa, inoportuna». A pesar de la infame campaña del Times, el resultado del último viaje a Inglaterra de Ida B. Wells significó la creación del Comité Antilinchamientos Británico, que contó, entre otros, con el apoyo de los editores del Manchester Guardian —hoy The Guardian—. Dos tipos de periodismo, ya entonces.

Murió en Chicago a los 68 años, en 1931, dejando inconclusa su autobiografía —Crusade for Justice—, pero no una trayectoria impecable como periodista y luchadora social. En los últimos años de su vida dedicó la mayor parte de su tiempo al trabajo político y comunitario —entre otros méritos, fundó el primer jardín de infancia para niños negros de Chicago—. Su legado es especialmente importante en tiempos de triunfo de la falaz flexibilidad táctica y la conciliación de clases. En cuestión de principios, con verdades en lid, no hay negociación que valga.

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