Gerda Taro, un disparo luminoso en la batalla

Imagen: Alvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

Faltaban solo unos días para el 1 de agosto, día de su cumpleaños. Le caerían 27, la edad de los mártires del rock and roll. Aunque por aquel entonces todo eso era futuro, no existía el rock and roll ni sus eternos jóvenes de vida rápida y hermoso cadáver. Era 1937 y ella estaba en el campo de batalla, sin duda viviendo y haciendo cosas propias de una estrella, pero con más glamour aún, y conciencia, que cualquier ídolo de masas que esperara en el incierto futuro del siglo XX. Que no llegara siquiera a cumplir los fatídicos 27 parece un signo de su anticipación a los tiempos. Decían de ella que era pequeña y hermosa, las fotos así lo atestiguan. Decían de ella que hacía su trabajo arriesgando más que nadie, que tan solo otra persona, su compañero profesional y sentimental, se acercaba a la acción de guerra tanto como ella. Sus fotos así lo atestiguan. Él fue conocido como Robert Capa y se convertiría en el fotógrafo más famoso del mundo. Ella, Gerda Taro, murió en Brunete, atropellada por un tanque en plena retirada. Fue la primera mujer fotógrafa de guerra que caía en acto de servicio.

La historia de Gerda Taro ha estado condicionada por su trágica y temprana muerte, tan violentamente contrapuesta a su imagen de radiante juventud. Pero, sobre todo, quedó eclipsada por la figura de Robert Capa, ese hombre mitad real mitad inventado que ella contribuyó a crear, que ella misma fue. Escribe Olvido Rus («Robert Capa, leyenda de un hombre inventado», Drugstore 2015) acerca de la legendaria invención de la firma Capa:

Robert Capa es un personaje de ficción hecho realidad. El hombre al que recordamos con su rostro tuvo otro nombre, fue un húngaro llamado Endre Ernő Friedmann, nacido en Budapest en 1913, fotógrafo también, y que también tuvo por compañera —sentimental
y de profesión— a una fotógrafa que cambió su nombre original por un pseudónimo, de Gerta Pohorylle a Gerda Taro. Pero no fue solo el pseudónimo de Endre. Robert Capa fue el personaje que Endre Friedman y Gerta Taro inventaron a comienzos de los años 30, cuando vivían en París: un supuesto fotógrafo norteamericano cuyas instantáneas resultaban irrechazables.

En las galerías digitales del International Center of Photography y de Magnum Photos
se pueden ver poco más de doscientas fotografías de Gerda Taro, muchas de ellas res- catadas de la famosa “maleta mexicana” que apareció en el DF en 1995: entre tres mil
y cuatro mil negativos tomados por Robert Capa, David Seymour Chim y Gerda Taro
en la Guerra Civil española. El tesoro acabó sumándose a los fondos del ICP en 2007, dirigido por Cornell Capa, hermano de Robert. La obra de Taro no es cuantiosa, como
es lógico en una carrera tan breve: Gerda había comenzado a tomar fotografías solo un año antes de su muerte. Por eso mismo resulta excepcional. Que una fotógrafa bisoña, en aproximadamente un año, dejara un testimonio fotográfico tan desbordante en calidad es una anomalía absoluta, una de esas rarezas maravillosas que propicia el trabajo compulsivo de los pocos genios que en el mundo son. Su muerte está en consonancia con esa dedicación obsesiva, es una consecuencia lógica del encuentro entre el ser y su vocación, entre el ser y una causa. Sin embargo, la tragedia de Gerda Taro no fue solo su temprana muerte, sino el silencio histórico, el lugar secundario, el habitual acomodo marginal en el que se instalan las leyendas. Gerda Taro continúa estando hoy, pese a los esfuerzos por rescatarla de las tierras del olvido y la leyenda, velada por el fulgor de su imagen de estrella fugaz y mártir, y eclipsada por la leyenda aún mayor de Robert Capa. No ha dejado de ser la “compañera de”, cuando, al juicio objetivo de su obra fotográfica y de su labor periodística todo indica que nos encontramos ante una figura de la misma talla que el propio Capa, solo en un plano inferior por la cantidad de su obra, determi- nada por su temprana muerte.

El hecho de ser mujer y de morir joven han sido factores que han velado una obra fotoperiodística más que de primer nivel. Su historia ha sido la del triunfo de una ficción, un romanticismo necrófilo, y la de un machismo más o menos tácito. Todos valores contrarios por los que ella trabajó. Su fotografía es descarnada, testimonio de la realidad, y su independencia como fotógrafa y como mujer la singulariza.

Una mirada detenida a su obra muestra el tipo de periodista —de raza— y de fotógrafa —instintiva— que fue Gerda Taro. En sus fotos de guerra en España se encuentra en la propia acción de la fotografía. Es una narradora en primera persona, implicada de la manera más cercana en la historia que está contando. Y mira, apunta, dispara desde el lugar preciso para contar la verdad de los hechos.

En las fotos de Gerda están los niños jugando a la guerra, en planos generales de
un costumbrismo terrible. Están los obreros en las fábricas de munición bajo una luz “vermeriana”. Está el pueblo mirándola a ella, a su objetivo, porque ella es el mundo. Son fotos de las tareas del frente. O las carreras en plena batalla disputando los pueblos casa a casa. Están los muertos en los hospitales, en las camillas, en los campos. Está el escorzo de la muerte en las morgues, como una colección de cristos de Mantegna, pero laicos y de todas las edades. Los muertos por las calles de los que hablaba Neruda y que debían ser vistos. Está la ternura de los tiempos de descanso, las sonrisas fraternales. La periodista Gerda Taro da cuenta del suceso histórico: el mitin político en los cines o en la plaza de toros, el Congreso de Intelectuales de Valencia, la Cibeles ocultándose bajo un pobre y coyuntural palacio de ladrillos. En las fotos de Gerda Taro están las explosiones a pocos metros, las miradas de los soldados a un cielo encapotado de metralla. Están los campesinos que mantienen las cosechas, como sacados de un cuadro de Millet. Y están los tanques. Y aparece, a veces, Endre. Las fotos de Gerda Taro son, en definitiva y sin género alguno de duda, el testimonio supremo de una época y un lugar de magnífica importancia en la Historia Contemporánea. Y lo son por un compromiso profesional extraordinario y porque Taro contaba con el talento narrativo de los grandes artistas.

Su imagen más famosa, la de la miliciana con mono y zapato de tacón bajo ensayando tiro en una playa de Barcelona con un pequeño revolver, lo es por la fuerza que encierra, pero también por su efecto espejo. Ver a esa miliciana es como ver a Gerda, casi se la podría confundir con ella, tienen incluso un parecido físico, pero sobre todo, una conexión moral, un compromiso espeluznante con el futuro. Es una de las imágenes del siglo XX.

A pesar de la calidad de su obra, lo cierto es que conocemos más a Gerda por
la cámara de Capa que por la suya misma. Es triste e injusto. No obstante, hay en ese hecho algo positivo, una riqueza de conocimiento de ella como persona, que ayuda a poner en valor su obra. De las fotos en las que el enamorado Endre cazó a su compañera —retratos distendidos, instantáneas robadas mientras dormía o capturas cotidianas—, vale con seleccionar solo unas pocas para hacer un recorrido por la personalidad de Gerda Taro. Yo elijo tres fotos: una en la que aparece Gerda junto a una mujer en lo que parece un puesto de flores, en la calle de una ciudad indeterminada; otra en la que aparece parapetada tras un soldado republicano, mirando al cielo y pareciendo que ríe mientras observa los aviones enemigos; y finalmente una hermosísima foto en la que está recostada sobre una piedra en el suelo, aparentemente dormida, rendida de cansancio. En esta secuencia aleatoria de solo tres fotos está la joven resuelta que se imaginó a Robert Capa, la fotoperiodista que se juega la vida y la heroína humanizada por el sueño, que es a un mismo tiempo la persona real divinizada, en una estampa de apabullante belleza.

Gerda Taro. España, 1936. Foto: Robert Capa.

Gerda Taro iba acompañada del periodista canadiense Ted Allan el 26 de julio de 1937, el íltimo día de batalla en Brunete, cuando se subieron a los estribos de un coche en plena retirada. El coche esquivó violentamente a uno de los tanques de su propio ejército, Gerda cayó al suelo y fue atropellada por el blindado. Irene Golden, la enfermera de la Brigada Lincoln que atendió a Gerda en el hospital de campaña, atestiguó que la joven periodista llegó consciente pero con heridas terribles por todo el cuerpo, necesariamente mortales, y que lo último que le dijo fue: «¿Han recogido mi cámara?».

Regard y Ce Soir, las revistas con las que colaboraba, le dedicaron páginas y portadas. El Partido Comunista Francés organizó su funeral en París, que se convirtió en una multitudinaria manifestación antifascista. Dos semanas después de su muerte, la revista LIFE le dedicó dos páginas a Gerda Taro, incluyendo varias de sus fotografías, bajo un titular que la recordaba como la primera mujer fotoperiodista que moría en un campo de batalla. En el reportaje de LIFE el mayor espacio, sin embargo, no lo ocupaba una de sus fotos, sino la de Capa en la que aparece recostada sobre una piedra, esa imagen en la que parece encontrarse ya en un limbo entre los mortales y los mitos.

 

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