El problema de decir exactamente lo que se quiere decir (apuntes sobre cine y periodismo)

Imagen: Álvaro Trabanco, para Drugstore Magazine.

En 1976 coincidieron en las carteleras de cine dos de las consideradas mejores películas de siempre sobre periodismo: Todos los hombres del presidente y Network (Un mundo implacable). La triunfadora en la gala de los Oscar aquel año, sin embargo, fue Rocky. El boxeador de Philly se llevó mejor película, director y montaje. Visto en perspectiva y con un puntito de ingenuidad, tal vez fue la mejor solución para firmar unas educadas tablas entre los dos grandes films periodísticos. Network, dirigida por Sidney Lumet se llevó tres premios de interpretación —incluidos los dos protagonistas— y el de mejor guión original. Todos los hombres del presidente, dirigida por Alan J. Pakula, se llevó actor de reparto, diseño de producción, sonido y mejor guión adaptado. Empate a cuatro estatuillas, repartiéndose los dos premios al guión. Director y película tendrían que haber roto el equilibrio en favor de un film u otro. Y ahí fue cuando irrumpió el chico Balboa, en el último asalto —disculpen la facilidad de la analogía, era incontenible—, para dejar que el tiempo designara vencedor. Pero el tiempo ha obrado igual que la Academia, no se ha mojado, solo ha resuelto que ambos films son parte de la historia del cine que merece ser recordada, y en particular de ese subgénero temático que es el cine sobre periodismo. Tal fue el nivel de las obras de Lumet y Pakula, que tuvieron que pasar casi cuarenta años para que apareciera un aspirante al cinturón que habían compartido —seguimos con los fáciles símiles pugilísticos, perdonen—. Fue Spotlight (2015), de Thomas McCarthy. El film, basado en los hechos reales de la investigación del pequeño equipo de periodistas del Boston Globe que, en 2002, destaparon los crímenes de pederastia cometidos durante décadas por numerosos curas del estado de Massachussets, se llevó el Oscar a la mejor película y el de mejor guión original. Por una cuestión de estilo, hubo quien enseguida se acordó de Todos los hombres del presidente; el film de Pakula, además, también estaba basado en hechos reales. Pero la victoria de Spotlight en los Oscar no fue la salvación final en favor de Todos los hombres, sino el reconocimiento de todo un tipo de cine.

Por supuesto, en el lapso entre unas y otras, se han rodado muchas buenas películas sobre periodismo. Y antes de Network y Todos los hombres del presidente, otras tantas más. De hecho, solo un año antes de ellas, se estrenó quizá la mejor película sobre el mundo del periodismo que se haya filmado jamás (ya llegaremos a ella, dentro de unos párrafos). El “séptimo arte” tiene con el “cuarto poder” una relación casi fundacional, a fin de cuentas, su mayoría de edad narrativa la cumple con Ciudadano Kane, el debut de Orson Welles con un trasunto de William Randolph Hearst, infame magnate de la prensa durante la primera mitad del siglo XX. Welles filmó el nacimiento de los monopolios de la comunicación y su relación con el poder. Cierto. Pero más cierto es que el tema de Ciudadano Kane no es el periodismo, sino el auge profesional y la caída personal de un hombre poderoso, casualmente dedicado al mundo de la prensa. Y ese será uno de los rasgos más importantes a tener en cuenta de lo que podría identificarse como un cine sobre periodismo, que el tema, en muchos casos, no es el periodismo como tal. Redacciones y platós han sido más un escenario que un tema. Más un paisaje que un retrato. Por encontrarse el oficio de periodista en una recurrente encrucijada deontológica, se presta como sostén de historias dramática y moralmente profundas, interesantes. El cine sobre periodismo suele ser, a menudo, un cine sobre hacer el bien o hacer el mal. Un cine de clara intención ética o moral.

Una de las grandes películas del cine del siglo XXI sobre periodismo —o más bien sobre periodistas— es Buenas noches y buena suerte, de George Clooney. El film hace de la decisión de conciencia, individual, su tema. Sería ejemplo de ese cine sobre periodismo que en realidad va de otra cosa. Y es también referencia en el estante de las cintas basadas en hechos reales de la historia periodística del último siglo. Clooney rescata la cruzada de Edward R. Murrow —famoso presentador de la CBS— contra Joseph McCarthy en los años 50, plena “caza de brujas” anticomunista. En un violento y sugestivo blanco y negro, el film narra sobriamente cómo el influyente periodista hizo frente a las amenazas y desafió a la inteligencia del Estado, el ejército y la institucionalidad del momento. El 9 de marzo de 1954, Murrow abrió su programa presentando un informe sobre el senador Joseph R. McCarthy. En el film de Clooney, el famoso presentador —interpretado por David Strathaim— expresa contundente: «queremos decir exactamente lo que queremos decir».

De una manera un tanto simple, pero acertada, casi se podría decir que todo el cine sobre periodismo se divide en dos tipos: el de ejemplos de buen periodismo, y el de denuncia de sus males. Todos los hombres del presidente, Spotlight o Buenas noches y buena suerte son ejemplos claros de loa a la buena labor periodística. Network y Ciudadano Kane serían denuncias sobre la corrupción del oficio periodístico como gran estructura de poder.

Hemos visto a los Woodward y Bernstein interpretados por Robert Redford y Dustin Hoffman, al Murrow de David Strathaim. A caballo entre la referencia real y la ficción, un Randolph Hearst bajo el nombre de Foster Kane. Los americanos y su gran industria —la cinematográfica, pero también la periodística— monopolizan la producción de ficciones, basadas o no en hechos y personajes reales. Pero hay mucho más cine sobre periodismo que el norteamericano y las cinco películas citadas. Son bastantes los films que glosan la figura de periodistas, reales o inventados. El Pereira interpretado con la sensibilidad del mejor Mastroianni, en el papel del viejo periodista que al fin ve despertar su conciencia política y lo expresa en su quehacer profesional, arriesgándolo todo en el Portugal salazarista, protagoniza uno de los grandes films europeos de finales del pasado siglo. Roberto Faenza, su director, se valió de una base dramática excepcional, la novela homónima en la que se basa el film, Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi. Contar con un buen libro que adaptar —siempre que caiga en manos responsables— puede dar resultados tan sublimes como Pereira. O como El americano impasible, el título de Graham Greene puesto en la pantalla por Phillip Noyce, con un Michael Caine en el papel de cínico periodista veterano, acomodado en la Indochina francesa de los años 50, que esconde en realidad un arriesgado reportero de investigación, dotado de un compromiso moral que nace del oficio y sobrepasa a la persona, o quizá al revés.

El estante de las cintas-denuncia de los males que aquejan al periodismo está lleno de periodistas mediocres, extraordinarios en su falta de escrúpulos, y de críticas más
o menos profundas del sistema de los monopolios de la comunicación y de su poder.
El Charles Tatum de El gran carnaval (1951), hecho por Kirk Douglas y Billy Wilder, es un paradigma de degradación moral. Heredero de aquel, el psicópata reportero pirata Lou Bloom al que dio vida Jake Gillenhaal en Nightcrawler (2014). La historia real de Stephen Glass, el periodista de la revista The New Republic que en los años 90 saltó a la fama por haberse inventado la mayoría de las historias que publicó en la famosa publicación estadounidense, fue llevada a la gran pantalla —aunque más bien con factura de la pequeña— por Billy Ray bajo el título de Shattered Glass, en España traducida como El precio de la verdad, en un derroche de esa especial originalidad a la que nos acostumbra la distribución por nuestra cartelera.

Para la crítica al periodismo como estructura de poder, el cine se va a la tele, temáticamente hablando. El New York Times tira un millón de ejemplares al día, pero los Night Show más seguidos alcanzan de tres a cinco millones de espectadores cada noche. La diferencia de influencia —y de ingresos por publicidad— es sustancial. Network se centró en eso, en clave casi paródica. The Insider (El dilema, 1999), de Michael Mann, lo hizo con una profundidad y valentía poco vistas, dejando una de las mejores películas de las últimas décadas, injustamente poco recordada, quizá por la radiografía que hizo de la relación entre las grandes empresas —del sector que sean, en este caso las tabacaleras— y las cadenas de televisión.

Estamos llegando al final de este artículo —sin duda pesado, un tanto alborotado en sus ideas y nada sintético, es decir, un ejemplo para periodistas en ciernes de lo que hay que evitar—, y sería casi un delito haber dejado para este punto la mención de dos films fundamentales, si no fuera porque el despedirse con ellos se pretende un homenaje. Y es que para hablar de cine y periodismo hay que empezar por ver Luna Nueva (1940), de Howard Hawks, y Primera Plana (1974), de Billy Wilder. Dos películas para una misma historia original, la que ideó el periodista y dramaturgo Ben Hetch en forma de obra teatral en 1928, titulada también Primera plana (The Front Page). Las adaptaciones han sido varias, en el caso de Luna Nueva tenemos a un Cary Grant en estado de gracia —valga la redundancia— en la piel de Walter Burns, director de periódico sin escrúpulos, y a Rosalind Russell como la brillante y algo más digna periodista Hildy Johnson, que ha decidido dejar el oficio por una vida más tranquila y estable. Los enredos están propiciados por la resistencia de Burns, todo tipo de tretas mediante, a que Hildy “le abandone”. En la versión de Wilder, más de veinte años después, el gran maestro de la comedia encaja a Walter Matthau en el papel de Burns y convierte a Hildy en hombre, encarnado por Jack Lemmon. Ambas son obras maestras de la comedia de todos los tiempos. El film de Hawks tiene el encanto del Hollywood clásico, pero resulta bastante menos ácido que el de Wilder. Porque los Hildy y Burns encarnados en la eterna pareja Lemmon-Matthau y la delirante trama con prófugo comunista de por medio resultan insuperables. El retrato múltiple del oficio y el papel de los medios, su voracidad sensacionalista, se dibuja con el trazo elegante y conciso del genial Billy Wilder. Ocurre a veces que, cuanto más aparentemente se aleja una temática de sus formas y estilos acostumbrados, más certeramente lanza el mensaje que desea. Burns y Hildy, dos tipos de periodista bajo un mismo techo que, tal vez, les iguala. Triste conclusión, pero conclusión al fin y al cabo.

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