Rodolfo Walsh, testimonio en momentos difíciles

Imagen: Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

Es un hombre sujeto a un momento, una mañana de marzo de 1977 de la que no hay testigos. Una mañana alrededor de él, con cartas y disparos, imaginada en una infinidad de mentes. Una escena secreta, clandestina, puesta a ojos de todo el mundo. Yo tengo mi imagen particular de Rodolfo Walsh en aquel momento, después de dejar caer varias copias de la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar en un buzón sin color. Camina, en mi mente, unos pasos alejándose de sus palabras, con dos certezas: que ya está hecho, que el silencio está roto, y que le han descubierto. Rodolfo, en mi imaginación de aquel momento real, se lleva el dedo índice al puente de sus características gafas de pasta y se las coloca bien subidas. Mira sutilmente hacia atrás, sigue andando con calma mientras se desabrocha el botón de la chaqueta y mete las manos en los bolsillos, en uno de ellos lleva su pequeño revolver del calibre 22. Lo saca, corre unos pasos para resguardarse detrás de un coche, se gira y dispara. El silencio está roto. Los ha descubierto. El dedo con el que se subió las gafas, el mismo con el que pulsó el punto y final de la carta que leerá todo el mundo, es el que tira del gatillo, ahora, en una mañana invisible que todo el mundo verá.

La mañana del 25 de marzo de 1977, un día después del primer aniversario del golpe de Estado de la Junta Militar en Argentina, es una mañana encapotada pero luminosa en mi imaginación. Walsh viste chaqueta oscura y camisa blanca. No importa que la mañana fuera tarde en la esquina de San Juan y Entre Ríos en Buenos Aires, y que Rodolfo Walsh vistiera guayabera beige y un sombrero de paja. Lo que importa es la verdad del hecho: un hombre, un escritor, un periodista, un militante rompiendo el silencio impuesto por una dictadura de paradigmático terror.

El último texto escrito por Rodolfo Walsh, la estremecedora Carta de un escritor a la Junta Militar, ha quedado como uno de los documentos más importantes del siglo XX. En él está la escritura brillante del novelista, la precisión informativa y el enfoque certero del periodista de oficio, y la humanidad del militante revolucionario dispuesto a morir por una causa. A menudo se ha presentado a Walsh como a este fantástico hombre dividido en tres: el escritor que fue, el periodista que se impuso, el militante final. El recuerdo de Walsh está marcado por el heroico y aciago signo final de sus días. Pero, si somos capaces de avanzar sobre la alargada sombra del gigante visto en su último momento, encontraremos la síntesis del hombre real que fue, encontraremos no a un escritor, no a un periodista, sino a un hombre preso de un incontrolable deseo de comunicarse. Un hombre obsesionado por hablarle al mundo, por contar lo que ve, lo que siente, lo que ocurre.

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