Ilya Ehrenburg, el silencio, la humanidad y el periodismo

Imagen: Álvaro Trabanco para Drugstore Magazine.

Aún recuerdo con horror el silencio lamiéndome la cara, húmedo y desagradable, como la lengua de un perro enfermo. Había un horrible silencio negro en Auschwitz, un silencio caliente, como el aliento de la muerte tras un atracón que duraba años, años de digestión de tantas generaciones que no habían muerto progresivamente sino que habían fallecido unos encima de otros, de un golpe, a la vez. Estaba en el sitio donde la muerte le había arrebatado para siempre un espacio a la vida. Era un turista en Auschwitz y tenía una de las peores sensaciones que he tenido jamás, me sentía cínico y vencido, el cinismo y la superficialidad continua del turista se convierte en algo indigesto cuando uno es turista del horror.

Los que como yo, en aquel febrero de 2016, visitaban Auschwitz, iban en procesión, callados y perplejos. Al entrar en aquel sitio no parecía que viviésemos sino que era como si la vida se nos hubiese pegado y se nos pudiese despegar con la facilidad con la que se arranca un chicle de debajo de una mesa. Mis amigas de la universidad, con las que viajé a Polonia aquel invierno, lloraron desconsoladamente durante horas. Yo solo podía apretar los labios y guardar silencio, un silencio, que como se decía en La vida es bella, era el grito más fuerte.

En una conferencia realizada por la radio de Hesse el 18 de Abril de 1966 sobre la educación después de Auschwitz, decía Adorno: «Cualquier debate sobre ideales de educación es vano e indiferente en comparación con este: que Auschwitz no se repita. […] Se habla de inminente recaída en la barbarie. Pero ella no amenaza meramente: Auschwitz lo fue, la barbarie persiste mientras perduren en lo esencial las condiciones que hicieron madurar esa recaída. Precisamente, ahí está lo horrible». Y efectivamente, fue imposible no recordar aquel día en el que estuve dentro del horror como un espectador, que otros lo estaban a la vez como protagonistas. ¿De qué otra manera se puede entender lo que está ocurriendo por ejemplo con los refugiados si no es siendo consciente de que aquello, de que aquella esencia de la barbarie que nos descubrieron periodistas como Ilya Ehrenburg, sigue latiendo en las estructuras y dinámicas de nuestra sociedad? Imagínese el lector, si a décadas de la barbarie aún se siente el aliento de la muerte, de ese viejo remordimiento o vicio absurdo, lo que debió sentir Ilya Ehrenburg al recorrer y presenciar no solo los terribles campos de exterminio construidos por los nazis, sino todos los horrores que generó aquel monstruo que nació a inicios del siglo XX. Ehrenburg fue un escritor y periodista soviético de origen judío. Nació en Kiev pero creció en Moscú, donde vivió desde 1895. Participó activamente en la revolución rusa de 1905 y a raíz de la misma se unió a los bolcheviques, lo que marcó una vida de militancia y una literatura que tomaba partido hasta mancharse: «Corría el tormentoso año 1905. El anfiteatro de teología de la universidad se transformó en una sala de mítines. Pasaba mucho tiempo allí. Al lado de los estudiantes se sentaban los obreros. Cantábamos La Marsellesa y La Varsoviana. […] Yo no tenía aún quince años y se comprendía fácilmente que no perdiera el ánimo».

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