Eric Hobsbawm, el historiador cercano

Eric Hobsbawm. Foto: Juan Esteves.

Este año 2017 hace un siglo que nació Eric Hobsbawm, pero su obra ha seguido produciéndose hasta casi ahora mismo, cuando nos dejó hace un lustro. Trabajador infatigable, sin dejar por eso de disfrutar de la vida en toda su diversidad. Con un sentido del humor muy británico, aunque sus orígenes fueran de judío de la Europa oriental. Uno de los historiadores más respetados del siglo XX, y, en sus ratos libres, comentarista de jazz con seudónimo en revistas musicales. Comunista, que no dejó el partido en ningún momento desde los años treinta, con una saludable independencia de criterio y heterodoxia hacia el dogmatismo supuestamente marxista. Colmado de honores y reconocimientos, que más bien miró de reojo, pero que le sirvieron para seguir opinando respecto al mundo que le rodeaba prácticamente hasta el último día de su vida.

Nacido en Alejandría, su infancia y primera Juventud discurrieron en Austria y Alemania, aunque en su cosmopolita hogar judío el idioma familiar era el inglés. Tempranamente, con quince años, distribuía en Berlín prospectos advirtiendo del peligro nazi, evidentemente con poco éxito. Era demasiado joven para darse cuenta de hasta qué punto la ceguera de la izquierda (a la que ya pertenecía) iba a hacer posible el ascenso de la barbarie fascista. Después, en Inglaterra, a la que llegó en 1933, se doctoró en el King´s College de Cambridge, y por el camino, como tantos compañeros de aquella época en aquella universidad, ingresó en el partido comunista. Sólo que él no se convirtió en espía durante la guerra fría, como otros bien conocidos, sino que su militancia (aunque bastante atípica) fue pública en todo momento.  Pero supo distinguir muy bien entre esa militancia y su trabajo de historiador, que es de lo que aquí se trata.

La verdad es que mi encuentro con él fue tardío, como consecuencia del gran éxito de su Historia del siglo XX, cuando sus obras anteriores ya estaban en gran parte publicadas en castellano. Sin embargo, este volumen es tan atractivo, tan ameno, tan provocativo y tan bien escrito, que tras su lectura sólo cabe preguntarse por qué uno no había conocido antes a este autor. Lo reconozco con sinceridad y algo de vergüenza. No creo que haya nadie que discuta a estas alturas su tesis sobre el “corto siglo XX”, un siglo que en realidad empieza tras la guerra del catorce y que concluye con la desaparición de la URSS en 1991. Y que viene tras otro siglo, en este caso largo, el XIX, que comienza con la revolución francesa y no termina hasta 1914. Si a alguien, con un mínimo interés por la historia y por entender el tiempo en el que vive, estas frases le dicen algo, conviene que se abalance sobre los tres libros que Hobsbawn dedica a ese siglo largo. Es lo que yo hice y jamás me arrepentiré.

Son tres tomos, como digo. La era de la revolución (1789-1848), La era del capital (1848-1875) y La era del imperio (1875-1914). Si añadimos el ya mencionado sobre el corto siglo XX, no creo que nunca se haya abordado la historia de nuestro tiempo con tanto rigor y amplitud de miras. Hay que contemplar estos doscientos años como un continuo en el que las etapas están no obstante bien diferenciadas. Y no olvidar que mientras tanto nacía un mundo no intuido hasta entonces. Un mundo del que forman parte los derechos humanos, la democracia, la lucha de los trabajadores, la emancipación de las mujeres, la aparición de nuevas formas de arte, el impacto de la ciencia aplicada, y, al mismo tiempo, la explotación a nivel global de los recursos del mundo, el abismo, cada vez mayor, entre países que controlan la tecnología y sociedades primitivas, la destrucción de culturas seculares, y la emergencia de una cultura secularizada cuyo objeto era convertir en natural y razonable cuanto estaba ocurriendo. Algunos representantes de esa cultura lo pusieron en duda, entre ellos Hobsbawm. Impecable historiador al mismo tiempo que no resignado ciudadano, su recorrido por estos dos siglos constituye para el lector una intensa aventura que cambia por completo la perspectiva sobre el tiempo que nos ha tocado vivir. Y esto es válido también para aquellos que no estén de acuerdo con sus posiciones ideológicas (que lógicamente serán muchos) que no por ello se sentirán menos deslumbrados por el atractivo, la solidez y el rigor del relato.

Por encima de todo, Eric Hobsbawm es un historiador competente, uno de los mejores de su siglo y, posiblemente, el más leído. Es marxista desde luego, pero marxista británico. Nada más lejos de sus libros que el dogmatismo de esa plúmbea literatura pretendidamente histórica con la que desde unas instituciones anquilosadas se ha aburrido hasta la exasperación a varias generaciones de izquierdistas bienintencionados. Realmente fueron ellos, los historiadores marxistas británicos, quienes rompieron con tanto despropósito (que seguramente hubiera aburrido y exasperado al propio Marx). Pusieron la profesionalidad de historiadores por encima de la ideología (sin renunciar a ésta), y, sobre todo, se desentendieron de todo tipo de consignas. Es posible que el ser ingleses les facilitara esta actitud, que algunas cosas buenas tiene tanta insularidad. En el caso de Hobsbawm ayuda no poco su escritura literariamente atractiva, cercana al lector en lo humano, y bien provista de oportuno sentido del humor.

Aparte de los cuatro volúmenes mencionados, que constituyen su obra magna, escribió mucho sobre toda clase de temas: música, cultura, costumbres… y naturalmente piezas políticas, puesto que, como se dijo antes, nunca dejó una cierta forma de militancia. Pero lo que hoy nos importa es su producción como historiador. Obras como Los ecos de la marsellesa, Naciones y nacionalismo desde 1780, Revolucionarios… son aportaciones a un pasado relativamente cercano que, quizá por su cercanía hemos conocido mejor por los acontecimientos que por la capacidad analítica del significado real de los mismos. No hay nada original en decir que la historia cercana es casi siempre la peor conocida, trufada de pasiones y anécdotas más o menos personales o familiares. Para superar esto están historiadores como Eric Hobsbawm, y la verdad es que no tantos.

De estos libros, quisiera detenerme un momento en Naciones y nacionalismos desde 1780, que es seguramente lo más riguroso que he leído sobre este conflictivo tema en mucho tiempo. Un libro que existe en castellano en una barata y accesible colección de bolsillo, y que debería ser distribuido amplia y gratuitamente en las escuelas, universidades, e instituciones de todo tipo en nuestro país. Y también en otros países europeos a los que el mal ha llegado ya irreversiblemente o está a punto de llegar. Lo que nos aporta Hobsbawm sobre este tema no es un panfleto, ni un relato más o menos romántico, sino un análisis detallado y sensato de cómo este invento genuinamente europeo, y del que hay que entender todo lo que de positivo pudiera tener, ha hecho y seguramente va a seguir haciendo estragos en el conjunto del planeta. Pero que nadie se llame a engaño: este texto sirve para pensar y liberarse de prejuicios, no para ser manipulado por quienes defienden unas u otras formas de nacionalismo, todas tan criticables. Es la visión de un historiador que aquí actúa de entomólogo, sin ocultar lo que de válido por una parte y de artificial por otra pueden tener las diferentes visiones que han prosperado en los tiempos.

No puedo dejar de lado Los ecos de la marsellesa, publicado en 1990, es decir en la onda del segundo centenario de la gran revolución. No es una historia de ésta (de la revolución francesa), sino un ensayo sobre sus consecuencias en los dos siglos que siguieron. Y parte de una irritación, una irritación que en aquellos días compartimos muchos. El hundimiento de la URSS, coincidiendo casi día a día con este bicentenario, desencadenó todo un movimiento revisionista de cuanta oliera a revolución o emancipación de las masas que, por explicable que fuera en los cenáculos reaccionarios, no dejaba de sorprender en medios teóricamente progresistas. Y sobre todo en Francia, donde la literatura hostil a la revolución hizo furor en esos meses. Como yo en aquella época era ya mayorcito, andaba por los cincuenta, lo recuerdo muy bien. Y enseguida vino el fin de la historia y el pensamiento único. Y ahí estamos. La realidad de los desastres que han sucedido a la estúpida autocomplacencia occidental de principios de los noventa no ha influido nada en los hábitos de reflexión de las gentes. Por eso conviene seguir leyendo este tipo de libros.

Hobsbawm escribió sus memorias, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, cuando andaba ya por encima de los ochenta años, y es uno de los libros más interesantes (perdóneseme la redundancia con el título) que he leído, por todo lo que tiene de introspección en sí mismo, por las épocas que describe habiéndolas vivido, y por un sentido del humor, esa cierta “falta de solemnidad” tan británica que destila. Lo que ocurre es que este libro, con el que él pensaba cerrar su vida pública, no fue tal. Para bien de todos, le quedaban más de diez años por delante, y desde luego los aprovechó. Posteriores son Entrevista sobre el siglo XXI, Guerra y paz en el siglo XXI, y Cómo cambiar el mundo, títulos que en sí mismos indican la vitalidad de sus contenidos. Una vitalidad sólo comparable con la de su autor. En tiempos entristecidos conviene mirarse en espejos como éste.

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