En defensa de Sabina

Joaquín Sabina en Londres, 1975. Fotografía que aparece en la biografía del artista escrita por Julio Valdeón.

En el verano de 1996 salió a la venta el décimo trabajo de estudio de Joaquín Sabina, Yo, mi, me, contigo. Lo escuché por primera vez en un bar y si bien no me convenció musicalmente (yo tenía 16 años y Extremoduro me había calado hondo con Agila) el mensaje de aquella canción (jugar por jugar) me llamó mucho la atención. Terminé escuchándolo entero y me encantó. Después vinieron Física y Química y Esta boca es mía (¡menuda trilogía!) y terminé de convertirme si no en “sabinero”, sí en un fascinado de lo que contaba. Y de cómo lo contaba. Desde la rumba al rock pasando por la ranchera, Sabina desgranaba, desde una perspectiva muy personal, con ingenio, elegancia y mucho talento, historias fascinantes.

Hace poco leí en el comentario de un post sobre un artículo que hacía referencia al Sabina de los 80, que qué bueno si se hubiese muerto entonces. Poco después unos cuantos comentarios de músicos en la cuenta de algún conocido cantautor de aquella época (no voy a decir nombres) sobre cómo se aprovechó de Hilario Camacho y lo mal que le trató tras hacerle los arreglos de Malas compañías. A éstos se sumaron los que opinaban que Krahe era el auténtico y que Sabina era una mala imitación y que también acabó dándole de lado. Y antes, mientras y después, el soniquete de los que aluden a su faceta de taurino, misógino, vendido o caradura. La suma de todos fraguó esta respuesta en forma de artículo.

En cuanto al primer comentario ni respondo. Son demasiados los exabruptos malintencionados y mi tiempo es escaso.

En lo referente a los eruditos que sugieren el plagio o que hacen referencia la catadura moral como músico del susodicho, empecemos por el principio:

He oído alguna vez que Sabina quiso ser Krahe y no pudo y que Krahe pudo ser Sabina y no quiso. Evidentemente cuando Sabina conoce a Krahe se queda deslumbrado e intenta absorber el rigor y las fórmulas que éste utiliza para componer. Y es algo que pone de manifiesto la inteligencia de Sabina, porque Krahe es el mejor letrista de aquella época y parece ser de los pocos en darse cuenta. ¿Cómo no intentar aprender de él, de Chicho Sánchez Ferlosio, de Aute, de Hilario Camacho y de tantos otros a los que frecuentó entonces llevándolo a su propio estilo? Lo contrario hubiese sido un error. De hecho, si Sabina ha llegado a escribir la banda sonora de tres o cuatro generaciones ha sido porque ha intentado exprimir con talento y trabajo no sólo lo que leía, sino lo que le rodeaba, acertando en atraer la crème de la crème del panorama musical español y latinoamericano de tres décadas. Por su casa, aquel maravilloso laboratorio de canciones, pasaron Manu Chao, Los Secretos, Los Rodríguez, Rosendo, y un sinfín de músicos extraordinarios con los que intentaba, según sus propias palabras, escribir la canción perfecta. No sé si lo consiguió, pero el intento le valió muchas verdaderamente maravillosas. Sólo los mediocres plagian. Los genios roban. Lo dijo Paco de Lucía y es real, porque se refiere a ir más allá de copiar; a captar la esencia. Y Sabina lo logra dándole un toque personal.

Algunos críticos o pseudocríticos le achacan el poco rigor o la rima fácil o forzada. Sobre esto se podrían escribir muchas cosas porque personalmente agradezco que al componer se pierda en rigor para ganar en naturalidad o emoción. La canción no se rige por las normas de la poesía ni tan si quiera de la música y, relativamente, es un género un tanto frívolo. Y ahí es donde deslumbra Sabina, en el género canción como tal, porque en ellas se puede ser cursi, mordaz, ingenioso, solemne, grave, crítico o banal. Y lo hace mejor que bien. Sabina no inventa nada, ni lo pretende, pero crea escuela. E imitarlo es difícil. Y los resultados suelen ser nefastos (ahí está Melendi sin ir más lejos).

Si bien es cierto que el alma de La Mandrágora (entonces) era Krahe y que Sabina salió de aquel sótano, no es menos cierto que fue gracias a él que muchos, entre los que me incluyo, llegamos al propio Krahe. Y no sólo eso, Sabina nos descubrió estilos musicales que hubiesen sido impensables en un disco pop en aquellos años. Y con ellos a Chavela Vargas, José Alfredo Jiménez o Violeta Parra. Por no mencionar las alusiones literarias que hicieron que adolescentes imberbes (y algunos no tan imberbes) de toda índole devoraran clásicos de diferentes épocas y estilos. Si algún día le dan alguno de los premios grandes de la cultura de este país, estará bien dado aunque sólo sea por eso.

En cuanto a los inquisidores de lo políticamente correcto:

Me horrorizan las corridas de toros, pero no por ello voy a dejar de disfrutar a Picasso, a Miguel Hernández, a Goya o a Hemingway (por mencionar a algunos). Yo no conozco a Sabina y no sé si es mejor o peor persona. No me interesa. A mí me gustan sus canciones.

Quizás lo único que pueda reprochársele a Sabina sea que, habiendo hecho un doctorado codo con codo con los mejores, no haya sintetizado por escrito el análisis profundo de esos pedazos de nuestra vida, de tres o cuatro minutos, que son capaces de hacernos llorar, reír, pensar, soñar, conocer… recordar: las canciones.

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