El antes y el después de Black Mirror

Black Mirror, tercera temporada. San Junipero. Imagen: Netflix.

A la hora de reseñar Black Mirror conviene deslindar las dos primeras temporadas de la tercera y la cuarta, con ese escalón intermedio que supuso el especial navideño White Christmas y considerando la compra de todos los derechos por Netflix en 2015 como el punto de inflexión. O de ruptura, según se mire.

Sin menoscabo de los varios guiños que, a poca atención que preste, un espectador medianamente avezado reconocerá, las historias independientes y autoconclusivas que componen la primera y la segunda ediciones —a mi juicio, mucho más representativas del sombrío espíritu de la serie— comparten unos mismos focos temáticos, tres concretamente, uno para cada uno de sus episodios: sistema político —The National Anthem y The Waldo Moment—, sociedad —Fifteen Million Merits y White Bear—, y relaciones de pareja —The Entire Story of You y Be Right Back—. Este último aspecto es el que mayores cuotas de inquietud alcanza a inducir, quizá porque basta fijarse en casi cualquier cena pretendidamente romántica de nuestros días para caer en la cuenta de que, salvando las distancias, tan preocupantes disfunciones comunicativas están ya sucediendo. En efecto, el eje vertebrador —con Netflix o sin ella— es evidente: el futuro ya está aquí. No sólo eso, sino que ha llegado para quedarse. O sea que no hay vuelta de hoja. Y aunque no se trate de los infiernos de neón y lluvia ácida tan caros al hoy pleistocénico cyberpunk, el del futuro-presente es un mundo muy poco amistoso. La exagerada proliferación de dispositivos electrónicos en general, y de pantallas en particular —éstas serían los “espejos negros” a que se refiere el título—, ha puesto en marcha un proceso deshumanizador cuyas consecuencias terribles nos pinta su creador, Charlie Brooker, con desoladora agudeza. Claro que, a tenor de lo visto y oído cada día en todos los ámbitos, es posible que sus agoreras predicciones hayan pecado de optimistas. El turbador mensaje se nos entrega en un formato sumamente atractivo, con un diseño de producción impecable y de la mano de una nómina creciente de celebridades —sobre todo a raíz de que Netflix se metiera en harina—. Así, a bote pronto y hablando de memoria, vemos desfilar por los distópicos escenarios a, entre otros: Domnhall Gleeson, John Hamm, Oona Chaplin, Rafe Spall, Natalia Tena, Bryce Dallas Howard, Jerome Flynn, o Kelly Macdonald.

En cuanto a la tercera temporada, ésta supone un giro hacia el espectáculo muy en la línea de Netflifx. Una inyección presupuestaria generosa siempre es de agradecer; no así el cambio de registro, que, me parece, no le sienta bien a Black Mirror en absoluto. El primero y el tercer episodios —Nosedive y Shut Up and Dance— logran mantener el tipo, al tiempo que el segundo y el cuarto —Playtest y San Junipero— presentan aún aspectos interesantes. No obstante, el quinto y el sexto —Men Against Fire y Hated in the Nation— son tan convencionales que parecen trasplantados desde sendas producciones de serie B sin ninguno de sus encantos intrínsecos.

La cuarta entrega ha venido a confirmar esa pérdida de punch y una alarmante tendencia al happy ending. Claro que, a fin de cuentas, y pese a contar su portfolio con joyas maquiavélicas de la talla de Narcos (2015-Actualidad), Netflix no se caracteriza precisamente por la mala baba. No es HBO, vaya. De los seis capítulos que la integran, me parece que sólo Hang the DJ y la sonora bofetada a la sobreprotección materna que supone ArkAngel rayan todavía a la altura del proyecto original. La imaginería kitsch de USS Callister, en exceso paródica, malogra un punto de partida muy sugerente: ¿qué pasaría si el eterno perdedor pudiera materializar su resentimiento con total impunidad? Tanto en su frialdad nórdica como en sus abracadabrantes trampas argumentales, Crocodile remite por momentos a la absurda Fortitude (ídem, 2015-2017), tan prescindible que no debería constituirse jamás en referente para serie alguna. El episodio dado en llamar Metalhead es el producto, bizarro a conciencia, de cruzar a Cujo (ídem, 1983) con The Terminator (Terminator, 1984) en un mundo post-apocalíptico y porque sí. En la línea del antedicho White Christmas, Black Museum se quiere una especie de versión a escala de la propia Black Mirror en su edad dorada, integrado por tres historias con el uso espurio de la tecnología como hilo conductor. Sin embargo, no tarda en tornarse predecible, al tiempo que el histrionismo de su protagonista Douglas Hodge frustra cualquier empeño que se ponga para tomárselo moderadamente en serio.

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