Cuando el cine de aventuras masticaba arena: de Lawrence de Arabia a Indiana Jones

En busca del arca perdida (1981). Imagen: Paramount Pictures / Lucasfilm.

“Áqaba está allí. Sólo es cuestión de ir”. No se trataba de un sueño. Ni siquiera de un espejismo. Hubo un tiempo en que la luz del desierto bailoteaba en paredes a oscuras. Destellos naranjas, rojizos, crepusculares. Cuando el tubo de rayos catódicos destilaba cine de aventuras sin atajos. Mucho antes del abuso del croma y los efectos digitales. Un tiempo en el que las películas de la cuerda sabían a duna o jungla húmeda. En el que el espectador también masticaba arena bajo un sol de justicia o se hundía hasta las rodillas en barro selvático. Lawrence de Arabia encarnaba la quintaesencia de aquel cine de aventuras, pasó a capitanear un ‘subgénero’ que se desprendía del apellido para pensar a lo grande. Cine a secas, con palomitas o no en el regazo. La sensualidad del paisaje y la puesta en escena, cabalgando sin fin al son de Maurice Jarre (padre de Jean-Michel), no contaminaban la auscultación de un alma oscura. La cinta ilustraba un paso más. Si Clint Eastwood concibió el western cerebral en 1992 con Sin perdón, David Lean hizo lo propio décadas antes con el cine de aventuras para superar el cliché de la simple superposición de peripecias. Pero a la historia interpretada por Peter O’Toole le siguieron otras tantas icónicas de corte clásico —Las aventuras de Jeremiah Johnson, El hombre que pudo reinar…—, y las más futuristas Star Wars, Regreso al futuro, Parque Jurásico… Entre el redondo guion de Robert Zemeckis, los ewoks o la definición de cine que comporta la escena del vaso y el Tyrannosaurus Rex, Steven Spielberg alcanzó el culmen del género con la trilogía de Indiana Jones. En busca del arca perdida descubría al doctor Jones, un personaje, en palabras de George Lucas, aún mejor que James Bond. Un héroe a su pesar, al que horrorizaban las serpientes y en vez de raros artilugios se bastaba con un látigo y un sombrero. Jungla, esoterismo, arqueología, Nepal, El Cairo. La saga lo tenía todo para enganchar a jóvenes y no tan jóvenes. Empezando por los gestos del ‘hierático’ Harrison Ford, cuyo rictus avinagrado y su más ocasional media sonrisa contribuían a modelar el carisma de Indy, rompiendo en pedazos un oxímoron de calle. Nadie imaginaría hoy a Tom Selleck, al que le ofrecieron antes el papel, esquivando trampas mortales para salvar al ídolo sagrado. Ni corriendo entre una vegetación frondosa para huir en hidroavión. Encumbrado por la música de John Williams, Indiana afianzó su imagen de marca en El templo maldito y La última cruzada. Aventuras de las que el espectador formaba parte, sintiendo de primera mano, como en Lawrence de Arabia, la tormenta de arena de turno, el sudor o la opresión de los exóticos enclaves a los que recurrió Spielberg. Las secuencias con persecuciones sabían a verdad y quedaban grabadas en el imaginario colectivo, ya fueran desde un camión, un jeep o un caballo. Mantenían al espectador pegado al asiento del cine. Algo que, dando un volantazo a exageraciones y al absurdo tópico de que ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal ya comienza a prostituir. Porque, aunque el Rey Midas de Hollywood prometió, antes del estreno, preservar el estilo artístico de la trilogía, a la cuarta entrega se le ve el cartón. Las imágenes generadas por ordenador (CGI) están ahí y la iluminación y la fotografía hacen añorar el cariz ‘añejo’ de las anteriores. El producto, dado quién se encuentra detrás, no deja de ser una película entretenida y con virtudes. No obstante, al igual que la Ben-Hur moderna carece del empaque y la pátina de su antecesora, propio de esas superproducciones ‘bíblicas’ con cientos de extras y exteriores auténticos, El reino de la calavera de cristal sabe diferente. Con sus guiños nostálgicos (la silueta, el sombrero), sus escenas valiosas, pero su tono impostado. Y no, esto no es una crítica a los avances digitales y su aplicación al cine. Afortunadamente la época de Ray Harryhausen y sus extrañas criaturas pasó a mejor vida y, gracias al progreso audiovisual, puede uno toparse con joyas del género como Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio. Ahí Spielberg vuelve sobre sus pasos para rememorar la esencia del cine de aventuras, aunque también queden lejos la arena, el sudor y los destellos solares.

Este texto tampoco nace como un arrebato melancólico. Es sólo una crítica a la iluminación y la ausencia de exteriores reales de proyectos que despilfarran recursos en fríos artificios y filtros, que no pueden impedir que se tenga la sensación de estar ante un estudio o un producto falsificado. Nada comparable a cuando la luz blanca del desierto cegaba al espectador en la oscuridad de la sala de cine. A cuando Indiana Jones sumergía al observador en una especie de Rally Dakar virtual sin moverse del sitio. Un tiempo no tan lejano que potenciaba la experiencia hasta casi hacer sentir la arena entre los dientes.

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