Aprendan mitología con Clint Eastwood: ‘El seductor’, cuando Caperucita se come al lobo

Cartel original de El seductor (1971).

La directora Sofía Coppola, conocida por su famosa adaptación a la pantalla de la novela Las vírgenes suicidas, ha lanzado recientemente el remake del clásico homónimo de 1971 protagonizado por Clint Eastwood y dirigido por Don Siegel: El seductor, basado en la novela gótica A Painted Devil, del escritor Thomas P. Cullinan.

No es difícil aventurar el porqué de esta elección de Coppola: la angustia que rezuma el film sobrecoge al espectador cuando se ve inmerso en una trama digna de Michael Haneke, además de la estética romántica y claustrofóbica de la mansión donde se desarrolla la historia, la perversidad de la trama y la tensión que emana. 

Antes de continuar, cabe recordar en qué consiste este clásico de los setenta. Nos hallamos en el sur de Estados Unidos, en plena guerra de secesión que tuvo lugar entre 1861 y 1865. Mac Burney, soldado yanqui, resulta malherido, es rescatado de la mano de una dulce Caperucita con trenzas, de 11 años, que recogía setas mientras es sorprendida al ver al moribundo. Cuando un grupo de soldados enemigos atraviesa el bosque, Mac Burney calla a la muchacha con un beso. Por supuesto, esta escena puede resultar impactante especialmente en la actualidad, pero lo que se observa del personaje con este acto es que es totalmente consciente de su poder sobre el bando femenino. El lobo y Caperucita.

La niña lo lleva a su residencia, una escuela para señoritas. Clint, o Mac Burney, ve el letrero que corona la puerta enrejada de la entrada y, se supone, puede que interiormente se relama pensando en la cantidad de “corderitos” que van a estar a su servicio. Sin embargo, existe cierta renuencia entre las habitantes del lugar a aceptar a tal enfermo, ya que se trata de un soldado enemigo. Movidas por un impulso de buena fe, acceden a curarle las heridas. La sangre del rostro del soldado, una vez limpia, desvelará unos rasgos varoniles a los que no están habituadas las féminas de la escuela en su rutina de álgebra y labores de punto. 

Las primeras curaciones que se practican al convaleciente son el punto de inflexión de la película. Don Siegel lleva al espectador a pensar que se encuentra ante una pieza donde un abanico de muchachas servirán de escaparate al soldado, quien las manipula a placer, desde la niña más pequeña o “Caperucita” de la película hasta a la severa viuda Martha Farnsworth, maestra y directora del lugar. La película se tiñe de conspiraciones para encontrarse a solas con el seductor: la soñadora Edwina acaba convencida de que él será su futuro esposo, contrastando con el descaro de Carol, que le persigue y tienta mostrándole sus jóvenes atributos, junto con la inocencia de la Caperucita, que acaba atreviéndose a robarle un beso. La rigidez de la directora Farnsworth acaba derrumbándose: libera al soldado del encierro al que estaba sometido, por precaución, soltándose la melena literalmente y haciendo desaparecer su recto moño y la llave de la habitación de Mac Burney. 

Esa misma noche el personaje que interpreta magistralmente Clint firmará su sentencia, pues del abanico de posibilidades que la escuela le ofrece, se decide por la opción más voluptuosa y accesible: la joven Carol. Los ruidos despiertan a las demás y los dos amantes acabarán sorprendidos in fraganti. Edwina empuja a Mac Burney y la herida que sufre agrava su recuperación. Entre alcohol y balbuceos, la directora se decide a amputarle la pierna, alegando que está gangrenada. La escena es desgarradora: el soldado no es consciente de lo que está sucediendo y el espectador masca la tragedia reflejada en los rostros sudorosos de las muchachas. Cuando Mac Burney despierta, preso de la ira, culpa a todas de su desgracia y especialmente a la directora, a la que acusa de tomar tal medida porque él esa noche aceptó una cama mejor que la de ella. Toma una pistola y se erige dueño y señor de la escuela.

Las muchachas urgen un plan para deshacerse de él y la pequeña Caperucita recoge unas setas envenenadas que son servidas en una cena, ya más conciliadora, que se celebra con Mac Burney. En silencio observan cómo devora las setas y luego, cuando comprende lo que ha sucedido, presa del pánico se levanta cojeando y se derrumba en el suelo, muerto. 

Nadie emite un gemido. Tras esto, se enfoca la imagen de su cara pálida y demacrada dentro de un saco, como una capturada oruga, que ellas cosen.

Si bien esta obra empieza mostrando el poder varonil que despliega el personaje de Clint Eastwood en una escuela de señoritas, finalmente se desvelan unos acontecimientos que se asemejan más a lo que le acontece a Hilas cuando se encuentra con las ninfas. El joven Hilas, uno de los argonautas, debe ocuparse de la tarea de llevar agua a sus compañeros. Pero el lago está plagado de néyades (ninfas del agua) que lo atraen hasta que desparece de la faz de la tierra, muriendo en las aguas. Esta escena fue plasmada por el pincel del prerrafaelita John William Waterhouse.

Igualmente, los personajes femeninos recuerdan a las seductoras y monstruosas Lamias y a las sirenas de la mitología griega. Incluso a la belle dame sans merci de John Keats, poema que narra el encuentro de un caballero hechizado por una mujer en medio del bosque y que halla con ella placer y dolor.

Aunque a Hilas se le concede la mortalidad, la dama del lago, leyenda medieval, no era tan amable. Se contaba la historia de la existencia de una mujer bellísima que atraía a las aguas a quienes seducía, encontrando el enamorado la muerte. En el siglo XIX el autor Manuel José Quintana recogía la leyenda, muy del gusto del Romanticismo, en el romance de La fuente de la mora encantada:

«…aquí te esperan
Mil delicias celestiales,
Que en ese mundo en que vives
Jamás se dan ni se saben.

Ven, serás aquí conmigo
Mi esposo, mi bien, mi amante;
Ven…» y los brazos tendía
Como queriendo abrazarle.

A este ademán, no pudiendo
Ya el infeliz refrenarse,
En sed de amor abrasado
Se arroja al pérfido estanque.

En remolinos las ondas
Se alzan, la víctima cae,
Y el ¡ay! que exhaló allá dentro
Le oyó con horror el valle.

El final del pastorcillo del romance es similar al que tiene Fernando, protagonista del relato Los ojos verdes, de Gustavo Adolfo Bécquer. En pleno bosque, Fernando se decide a atravesar por una ruta poco recomendada ya que se dice que alberga allí una mujer o espíritu infernal de bellos ojos verdes. Por supuesto, el encuentro que se produce entre ellos hace que el muchacho se inflame y ella le atraiga con sus promesas:

«—Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?… Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales…, y yo…, yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie… Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino…; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven…, ven».

Fernando se lanza al agua, delirante, y muere ahogado dejando únicamente el eco de las ondas del agua sobre la superficie.

La película El seductor asombra con la vuelta de tuerca que acontece en la trama: las dulces señoritas que no conocen varón, que son cazadas como las asustadizas ciervas en los romances medievales, se desvelan unas lamias capaces de desmembrar al seductor y conducirlo a la muerte. 

Por último, un guiño: justo en el instante cuando Mac Burney entra en la escuela, se enfoca un cuervo atado al que se le estaba curando el ala. Al finalizar la película, tras observar la basta mortaja del personaje, aparece un último plano del cuervo muerto, pendiendo del balcón. Desde un primer momento ya Don Siegel había ofrecido una pista sobre la historia: la presa no sería ninguna de las jovencitos, la presa sería precisamente el cazador. 

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