‘Aire siempre de viaje’: el amor que te atormentará por siempre

Violeta Orgaz y Juan Caballero, para Aire siempre de viaje.

Los recuerdos no son fieles ni lineales. Sobre todo los del amor. Aparecen en el proscenio de nuestra memoria en el momento más inoportuno, escenificando lo que pudo ser y no fue, lo que sucedió y no supimos ver, lo que ya no está al alcance de nuestras manos. 

Aire siempre de viaje es pura melancolía sentimental. Una historia de amor entre dos personas predestinadas a encontrarse y condenadas a perderse. Un Jardín de las delicias en el que la mirada fluye de una escena a otra, reconstruyendo los actos “fuera de foco” con la libertad de la imaginación y el dolor del propio bagaje emocional.

El texto, obra de Sara García Pereda (es su primer estreno profesional), serpentea entre lugares comunes evitando lo manido y activando los mecanismos de la complicidad del espectador. Al comienzo de la obra Fernando y Nadia, los protagonistas, repiten a modo de letanía: “¿Cuándo se da algo por terminado?… a lo mejor hay que correr”. Y eso es, en parte, lo que harán: huyen de sus sentimientos, del miedo a necesitar y ser necesitados, del amor que llena los pulmones de vida y tortura la conciencia al mismo tiempo.

En un encuentro con el público el director, Pablo Canosales, explicaba que Aire siempre de viaje, es la primera obra que dirige y no parte de un texto escrito por él mismo, o de una idea propia. A la poesía teatral de García Pereda le sienta bien “la mirada del otro”. Un filtro, el de Canosales, que acierta de pleno en los mecanismos escénicos necesarios para dotar de complejidad tridimensional a un relato bello y sencillo.

Equilibrar a los personajes, para evitar el terrible simplismo bidimensional de los buenos y los malos, es misión del equipo al completo, pero sobre todo, de la sensibilidad y buen hacer de los actores, maravillosos Violeta Orgaz y Juan Caballero, evitando caer en la sensiblería, el patetismo o el egoísmo.

El verdadero encanto de la obra reside en el orden en que son presentadas las escenas. Como las historias de amor de nuestra memoria, los recuerdos se atropellan, la ruptura se mezcla con el primer beso, aquella crisis con ese viaje fascinante, el reencuentro con la discusión más amarga… Piezas de un puzzle que, recién armado, alguien arroja al suelo, para pedir al espectador que comprenda el conjunto sin haber contemplado su ortodoxia narrativa.

Cuando texto, dirección, actores, escenografía, luz y sonido forman un todo que aporta tridimensionalidad a la historia, por muy sencilla que ésta pueda ser en origen, el conjunto se eleva como fascinante estímulo para la imaginación y los sentidos. Cuando uno concluye que el resultado final sería peor si cualquiera de los elementos anteriormente citados no ocupase el lugar que ocupa, el significado de las artes escénicas, cobra sentido global.

En otro momento de la función se plantea otra terrible pregunta: “¿Es posible que amar sea aceptar a quien te atormentará por siempre?”; y la idea cae a plomo sobre el público. El amor como fantasma encadenado a nosotros por siempre, como tormento y éxtasis, como moneda de dos caras, felicidad y drama, ilusión y sufrimiento. El amor, en definitiva, como eco de una tempestad cuyos truenos resuenan aunque haga largo tiempo que ha pasado de largo. Quien no ha amado, quizás no conoce los rincones más impetuosos e irracionales del alma. Quien no ha amado no entenderá Aire siempre de viaje. Para todos los demás, imprescindible. 

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