‘La hija oscura’, de Elena Ferrante: la otra maternidad

No se sabe a ciencia cierta quién es Elena Ferrante. Bajo ese seudónimo se halla oculta la persona que firma una novela corta donde no se teme exponer las inquietudes, confusiones y hasta el hastío que supone ser madre: La hija oscura.

Esta obra se firma en pleno apogeo de una sociedad donde cada vez se agrava más el bombardeo constante de artículos sobre peliagudas y polémicas cuestiones como el hecho de “no decir nunca que no” al niño, amamantarlo hasta los 8 años para trabajar el afecto, amasar las propias galletas sin conservantes ni colorantes, dormir hasta los 11 en su misma cama para establecer un vínculo… Se alaba a la madre que se vuelca en sus hijos abandonando el trabajo y su carrera, pero se comprende al padre que se dedica a traer el pan a casa. Elena Ferrante, sea quien sea, si es que eso ciertamente importa para acercarse a su obra, explora la figura de la madre más radicalmente humana, aquella que duda, que ve a sus hijas y no las reconoce, que llega incluso a abandonarlas por el espacio de 3 años para buscarse a sí misma. Lo que es, en fin, un ser humano. Porque quizá una madre no pueda todavía quejarse a viva voz de lo cansada que está, de las renuncias que ha tenido que hacer, de los disgustos que le dan sus retoños… y sueña cada noche con huir. Pero sueña en voz baja, sin que nadie la oiga. Puede que también existan madres así, aunque no se vean.

El personaje de Ledda es una mujer culta, profesora de Universidad con una exitosa carrera que decidió, a la joven edad de 23 años, tener un bebé con su marido. Como ella expresa, en primera persona, eso era lo que todos esperaban de su relación. Y tras la primera, vino la segunda hija: Bianca y Marta acaban siendo abandonadas por Ledda cuando son todavía muy pequeñas. El padre, no obstante, es la figura ausente que sí que continuó trabajando en la Universidad, que mantuvo siempre una excelente relación con sus hijas y que llega a abandonarlas cuando su mujer regresa tras 3 años en el exilio. Pero la sensación que provoca que un padre se marche no es la misma que se siente cuando la madre es la que decide marcharse. Elena Ferrante hunde el dedo en la llaga y nos muestra a una Ledda con sus defectos, su latente egoísmo y su ambición truncada por la decisión demasiado prematura de ser madre.

Porque… ¿no es acaso posible que alguien haya nacido para no serlo?

En el mismo título se puede observar una vuelta de hoja. La madre-hija se vuelca y Ledda es la “hija oscura”, pero no la madre oscura. Quizá porque bajo esa etiqueta no se puede o se quiere clasificar. Hijas son todas las mujeres, pero madre ella no se siente. Al menos no la madre idealizada, la madre eterna, que es el concepto del que ella huye.

En la novela se desarrollan, a la manera de las matrioskas rusas, una cadena de relaciones madre-hija en los personajes donde se observan las diferentes identidades de “madre”.

La historia se desarrolla de manera circular, pues la explicación al porqué del ingreso de Ledda en el hospital se comprenderá en el último capítulo de la novela, manteniendo al lector en una situación de inquietud y casi thriller muy similar a una novela negra.

En el hospital, los recuerdos de Ledda trasladan al lector a la playa napolitana donde ha disfrutado de unas vacaciones de verano. Allí, como espectadora, Ledda ha conocido al personaje de Nina y de su hija. La joven morena y exótica muestra en la playa una relación idealizada con su pequeña, con la que juega constantemente, rodeada de una ingente familia napolitana que se presenta como ruidosa y vulgar, un colectivo insoportable que atrae y repulsa al personaje principal. La niña, a su vez, tiene una “hija”, esta segunda maternidad falsa e infantil se observa entre ella y su muñeca preferida, la sucia y alopécica Nanette. La cuñada de Nina, Rosario, es una mujer que roza los cuarenta y que ha logrado por fin quedarse embarazada, tras muchos intentos. Es este el tercer tipo de maternidad que se observa en la familia napolitana, aquella clase que todavía no se ha realizado y que implica tanto la gestación del bebé como la gestación de ideas y sueños que sobre él se vierten.

El cuarto modelo de maternidad es el la propia Ledda, en cuyo interior se alberga ese deseo constante de libertad. Aunque no rechaza a sus hijas y ha vivido con ellas desde su regreso hasta que las dos deciden mudarse y vivir en Canadá con su padre, Ledda reflexiona hasta el punto de no verlas suyas, de no entenderlas. Se sitúa como un individuo paralelo al discurrir de sus dos hijas y ansía recuperar su espacio, su carrera, en fin: todo aquello a lo que su marido no renunció.

Cuando la protagonista descubre, como mera espectadora, los juegos entre Nina y su hija, desde lejos los observa como graciosos, ideales: la madre que ella tendría que haber sido para Bianca y Marta. Sin embargo, cuando se acerca es testigo de los granitos de Elena, de lo tosco que parece su marido, etc. El personaje ofrece al lector un abanico de dualidades: nada es lo que parece ser a simple vista y el narrador se define entonces como “poco fiable” desde una subjetividad completamente enmarañada.

El impulso de Ledda al ver esa relación materno-filial es el de interrumpirla, ponerle fin a esos juegos que acaba estimando como absurdos y fingidos. Así que resuelve robar la muñeca en un “gesto”, como ella denomina, que será el conflicto sobre el que gire la trama. A raíz de ese impulso que ella determina como inconsciente, la relación entre Nina y su hija se verá truncada debido a los caprichos de la pequeña por recuperar su muñeca, algo que repercutirá en su ánimo, tornándola agresiva, molesta y llorosa. Ledda ha participado de esa relación y ha logrado emponzoñarla. Cada día que pasa y que se topa con las napolitanas, aunque considera que debe devolver la muñeca, opta por comprarle vestidos y cuidarla un tiempo en su apartamento de alquiler.

Una quinta maternidad que aparece es el de la propia muñeca, quizá la matrioska más inquietante. El juguete regurgita constantemente un líquido negro que expulsa por la boquita de plástico. Ledda decide limpiarla y extraerle aquello que puede estar en el interior de Nanette y que es lo que provoca esos vómitos de agua salada oscura. Lo que extrae de la tripa de la muñeca es una lombriz de playa que la niña le había introducido. Es decir, con este símil se agotan las matrioskas; esta última maternidad desvelada de manera sorprendente de la mano de Ledda puede reflejar el concepto de maternidad rechazada. De una manera cruda se desvela una imagen que causa náuseas en el lector: una muñeca vieja embarazada de una lombriz que supura por la boca. Ledda precisamente sintió eso durante muchos episodios de su vida, a sus hijas como una carga en la espalda, como seres que no comprendía y que incluso llega a reaccionar de manera nerviosa. Ejemplo de esto es el recuerdo que relata cuando Marta era pequeña y maltrató a la muñeca que Ledda le había regalado, un juguete de su infancia. Al ver la figura pintarrajeada y abandonada, la madre decide lanzarla por la ventana en un arrebato irracional y de estallido de enfado hacia su hija, quien no ha sabido cuidar un preciado regalo con el que Ledda la ha agasajado.

Es impactante el desarrollo del personaje principal, que no se define como héroe pero tampoco como anti-héroe, sino como “persona”. La humanidad de Ledda, a pesar de que pueda incomodar al lector, no es más que el reflejo sensato y coherente de una personalidad bastante corriente, llena de inquietudes y confusión. Cuando confiesa haber sido excesivamente amable con los novios de sus hijas, en un intento de mostrarse joven y guapa a los chicos que visitaban su casa, no exterioriza un escándalo fuera de lo común: cualquier mujer puede haber pasado episodios de inseguridades que haya querido aliviar con un coqueteo totalmente inofensivo con personas muy lejos de su alcance e incluso fuera de su objetivo. Cuando lanza la muñeca por los aires se deja llevar por el hastío que pueden sufrir muchas madres ante el irritante comportamiento de su hijo, cuando abandona a sus hijas y marido realiza un deseo interior que es palpita en ocasiones en el interior de una madre: huir. Una de las amenazas que Ledda recuerda que su propia madre repetía constantemente era la incansable advertencia de “un día me marcharé de casa”. Aunque nunca ejecutara tal acción, la amenaza, una vez pronunciada, envolvía el ambiente como una sombra. Ledda, sin embargo, no advirtió de su acto, pero lo sentía y carcomía sus entrañas, hasta que por fin halló una vía de escape y pudo salir de su casa y buscar la tranquilidad que le faltaba y sentirse más realizada.

Esta salida a su vida como madre supone la maternidad frustrada. Todas las maternidades que aparecen en la novela se oponen directamente a la idealización de “madre”. Elena Ferrante demuestra valentía al tratar este tema, tan delicado, y darle voz a los pensamientos de esa otra maternidad que ni siquiera lo es, sino que se define como “hija oscura”: la madre que ha fracasado ante la sociedad y se desvincula de ese papel que ha adquirido, semi-asignado por otros, y se define como hija. Una hija con una tara para la sociedad: esa oscuridad que irradia.

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