La emulación pecuniaria en Arthur Miller

Arthur MILLER y Marilyn Monroe. Foto: Henri Cartier-Bresson/Magnum Photos.

Thorstein Veblen nos legó una definición de lo que sería, a lo largo del siglo XX, la nominada clase ociosa. Dicha clase se resumía en una bifurcación entre tres ejes fundamentales, a saber: emulación pecuniaria, ocio ostensible y consumo ostensible. De estas tres, Veblen articuló su teoría de las categorizaciones sociales, que se resumen en las necesidad de alcanzar la clase social inmediatamente superior; así, puede extraerse que las clases sociales superiores fijan el ideal de adquisición que las inmediatamente inferior desea con vehemencia. Veblen apuntó agudamente, dado que esta tesis no solo se conserva hasta hoy día, sino que es fácilmente apreciable; más allá, los autores que han puesto en boga las consecuencias del cesarismo capitalista se han basado, con conciencia o sin ella, en la teoría fundamental de Veblen. Entre estos, es forzosamente inevitable pensar en La muerte de un viajante, de Arthur Miller. Pero, antes de incluir la ópera prima del dramaturgo neoyorquino, desarrollemos los constructos de Veblen.

Teoría de la clase ociosa se presenta a caballo entre el ensayo divulgativo y la tesis invectiva; sin caer en generalidades, Veblen expuso sus ideas desde un concepto nuclear en sus ideas, vigente en la realidad eficiente: la comparación odiosa. Por comparación odiosa, entiende Veblen esas tensiones sociales que nos exhortan a desmarcarnos de la clase social inmediatamente inferior, y bilateralmente nos obligan a igualarnos a la clase social inmediatamente superior a la nuestra. Desde esta comparación odiosa, Veblen prepara su tesis bajo el fundamento de tres ejes, formidablemente diferenciados: la emulación pecuniaria, el ocio ostensible y el consumo ostensible. Así, la comparación odiosa se mantiene en la centralidad de nuestra percepción pecuniaria, dado que serán las clases inmediatamente superiores e inferiores las que fijen qué objetivos debemos alcanzar y qué condiciones debemos evitar; se da, por tanto, una dictadura de la reputación. La reputación se alcanza cuando, en esa comparación odiosa, logramos los objetivos que la clase inmediatamente superior a nosotros ha fijado; a saber, alcanzar un status —término también harto utilizado por Veblen—, que proporciona estima entre la clase recién alcanzada. En estos objetivos participa la emulación pecuniaria: una explicitación de nuestra capacidad adquisitiva que se refleja, en último término, en el ocio ostensible y el consumo ostensible. Esta emulación pecuniaria vehicula las comparaciones odiosas entre miembros de distintas clases, puesto que no basta con lograr una posición económica dilatadamente mayor al resto de las clases inferiores, sino que es necesario llevar a lo ostensible continuas muestras de nuestro imperio monetario. Personalmente, me gusta denominar a este hecho como la impostura de la numismática. Una excentricidad. 



Con todo esto, el dibuja queda así: la comparación odiosa nos sugestiona a alcanzar posiciones favorables en el status social, con el objeto de mejorar nuestra reputación entre los ciudadanos —sean cercanos o distantes a nosotros—; para ello, se requiere de una emulación pecuniaria, una muestra repetitiva de nuestro poderío adquisitivo. Si queremos lograr que la emulación pecuniaria sea efectiva, nuestro andamiaje personal hábitos mentales, en nomenclatura de Veblen— se construirá sobre dos bases: el ocio ostensible y el consumo ostensible. No basta con ser arrolladoramente más rico que el resto: hay que mostrarlo sin interrupción. Así, nuestra reputación escala peldaños, y nuestros objetivos de clase se verán largamente satisfechos. 

Willy Loman, en La muerte de un viajante, es presentado como paradigma de esta fatiga repetitiva; la fatiga y la ansiedad por escalar valores en el andamiaje de la emulación pecuniaria —que proporciona estima y reputación— es la máxima del personaje central construido por Miller. El personaje de Willy Loman explicita todo aquello que Veblen articuló en su teoría; la sugestión de los individuos por lograr la reputación de los observadores a través de propiedades ostensibles. No es un mero paradigma; más allá, Loman compila en su personaje toda la tensión pecuniaria que genera la búsqueda de la reputación en una sociedad diametralmente monetaria; las aspiraciones de Loman son, no solo enderezar su reputación, sino la de todos los miembros de su familia. Durante toda la obra, la ansiedad por la reputación orquesta el cuadro textual, y su no satisfacción llevará al personaje a cometer suicidio, con objeto de que sus hijos cobren el dinero de su seguro de vida para que les sea dable escalar notablemente en el andamiaje de clases. 

Así, ya se dijo con anterioridad, las comparaciones odiosas entre individuos son el germen nuclear a través del cual la emulación pecuniaria aplica sus prerrogativas en la sociedad; pero, ¿estas comparaciones odiosas se presentan entre individuos económicamente polares? No necesariamente; más bien, entre individuos de clases inmediatamente correlativas. Y en este punto, Arthur Miller se mostró agudo a la hora de presentar el personaje con el que público comparaba a su Willy Loman; este personaje será su hermano Ben. Ben Loman —quien no aparece en la obra más que por analepsis o delirios de Willy— es el sujeto opuesto a Willy; en su caso, ha logrado un éxito contundente en los negocios, y con apenas veintiún años ya cuenta con un imperio económico, adquirido a partir explotaciones fisiócratas en Alaska. Este personaje es capital para comprender, a través de las ensoñaciones de Willy, cómo las comparaciones odiosas sugestionan al individuo y le guían hacia objetivos puramente económicos; Ben Loman supone para Willy todos los fracasos, pues los engrosa y agudiza, hasta el punto de que sirven como grajea sugestionadora para este último a la hora de cometer suicidio. Para Willy, su hermano Ben goza de todas las bondades de la emulación pecuniaria; es admirado, cuenta con una larga reputación entre las élites, y sus modos y hábitos son los propios de quien ha satisfecho sus exigencias de clase. Por tanto, Willy y Ben establecen la comparación odiosa durante la obra; detrás de los halagos de Willy hacia los éxitos empresariales de su hermano, se camufla subrepticiamente la frustración de clase, ya que Ben Loman, a través del ocio y el consumo —su ropa, sus viajes, sus actividades— presume ostensiblemente de su status en el dibujo clasista, y al contrario que Willy, puede hacer un consumo no productivo de su tiempo. Por ende, presume ininterrumpidamente de su capacidad económica. Así, Arthur Miller organiza concienzudamente toda la obra, cuyo bloque central será la fracasada ascensión de Willy Loman, quien, en último término, únicamente ansía la reputación y la estima que la emulación pecuniaria procura; finalmente, esquilmado por todas sus frustraciones de clase, opta por el suicidio, con el único fin de legar a sus hijos el dinero de su seguro de vida. Esta será la única manera de redimirse, sobre todo cuando aparece el desengaño ante las posibilidades de ascensión. La escena final de la obra pronostica el artificio que convencionalmente se ha construido sobre los cimientos de la emulación pecuniaria; en el entierro de su marido, al que no asistió más que su familia, Linda Loman declama: «hoy he hecho el último pago de la casa, el último, amor mío, y nadie va a vivir en ella».   

En suma, los constructos propuestos por Thorstein Veblen son recogidos eficazmente por la obra capital de Arthur Miller, ya que consiguió compilar con astucia y magisterio toda la construcción de clases que la emulación pecuniaria articula. Frente a las necesidades éticas o familiares, se sobrepone la necesidad, no solo de supervivencia, sino también la de alcanzar y mantener un nivel de reputación y estima entre las clases ociosas; de este modo, nuestras exigencias económicas, fijadas por las clases inmediatamente superiores, se verán satisfechas, y actuarán como puente hacia la siguiente clase socio–económica. Vivimos deslumbrados por las luces.

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