Jelly Roll Morton, el creador del jazz

Jelly Roll Morton, pionero del jazz. Foto: Corbis.

«Es manifiestamente sabido, de modo incontrovertible, que Nueva Orleans es la cuna del jazz, y resulta que su creador fui yo mismo», afirmaba una carta que recibió la revista norteamericana Down Beat en 1938. El texto en cuestión iba firmado sin atisbo de modestia por Jelly Roll Morton, creador del Jazz y del Stomp, artista para [el sello] Victor, Mejor Compositor de Canciones Hot del Mundo. Por si cabía alguna duda sobre su responsabilidad en el desarrollo del género musical más característico del siglo XX, Morton aportaba los siguientes datos: «fui el primer director-payaso, diciendo cosas ocurrentes y vestido de forma llamativa, lo que hoy llaman maestro de ceremonias; fui el primero en incorporar un coral a una orquesta; fui el primero en grabar la tabla de lavar, también el contrabajo y la batería —que se suponía imposible de grabar—. Inventé los matamoscas (hoy los llaman escobillas)». Y concluía con tristeza, «por supuesto, cuando me despedían o yo me marchaba surgían muchos imitadores».

Esta misiva nos da una idea de la personalidad extravagante de un pianista que, independientemente de que inventase o no el jazz, sí que es cierto que vivió activamente y con relativo protagonismo aquellos primeros años de la gestación del género, pero cuyo nombre no ha quedado grabado con letras de molde para la posteridad, como ha pasado, por ejemplo, con el de Louis Armstrong.



Quizá el adjetivo “extravagante” se queda corto para un personaje altamente derrochador, que llevaba un diamante en un diente y otros en las ligas de los calcetines, y que viajaba con un baúl lleno de dinero, cuyo contenido se apresuraba a enseñar a todo nuevo conocimiento en la habitación del hotel, si bien solamente había billetes en la parte superior. En suma, alguien que no pasaba desapercibido.

Gran parte de lo que conocemos de la vida de Morton procede de las entrevistas que realizó el experto en folclore Alan Lomax para la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. El problema es que Jelly Roll Morton “reinventaba” su pasado, por decirlo eufemísticamente, en la medida de su ego desmedido, por lo que, hablando coloquialmente, lo que le contó a Lomax habría que “cogerlo con pinzas”.

Aunque él fija la fecha de su nacimiento en 1885, parece ser que éste tuvo lugar en 1890 en Nueva Orleans, y aunque dice que su nombre original era Ferdinand LaMenthe, realmente se llamaba Ferdinand Joseph LaMothe. De familia criolla, siempre intentaba negar sus raíces africanas y defendía su ascendencia europea, de hecho a Lomax le llegó a decir, «toda mi familia vino directamente de tierras francesas». Su aprendizaje musical tuvo lugar en los burdeles de Storyville, el barrio de mala nota de la ciudad, y sus amistades juveniles eran de lo más selecto: prostitutas, tahúres, traficantes y asesinos. A pesar de trabajar como músico, presumiblemente la mayor parte de sus ingresos en esta época procedían de otras actividades con gran arraigo en el barrio, como el proxenetismo y las partidas de billar.

En sus años jóvenes trabajó en distintas ciudades de Estados Unidos, como Nueva York, Tulsa, Houston o Chicago, e incluso visitó Canadá, Alaska y México. En 1923 se instala en Chicago e impulsa definitivamente su carrera dentro del jazz —un género con una demanda cada vez más grande dentro y fuera de la comunidad afroamericana—, utilizando sus notables conocimientos adquiridos, pero sobre todo, la capacidad para autopromocionarse de forma exagerada, que no es otra cosa que lo que hoy en día conocemos como marketing.

Esta época de su vida, que duró hasta 1926, es la más prolífica de su carrera musical. Es cuando funda su combo más conocido, los Red Hot Peppers, y cuando publica más de cien de sus composiciones, bien en grabaciones, bien en rollos de pianola. Entre sus logros se apunta el haber conseguido niveles de maestría colectiva con su banda, por encima de la destreza individual de cada miembro, muy superiores a los de los grupos de entonces, con la honorable excepción del de Duke Ellington. El saber sacar lo mejor de un equipo, como diríamos hoy, era algo que Jelly Roll Morton lograba gracias a su capacidad de liderazgo, pero también a través de métodos un poco bruscos, por decirlo de una manera elegante. Se cuenta la anécdota de que en una ocasión el trombonista Zue Robertson no quería tocar un determinado pasaje musical como sugería Morton, de forma que éste sacó del bolsillo un pistolón y lo depositó encima de su piano. Acto seguido, Robertson interpretó la melodía nota a nota tal y como quería Jelly Roll.

Los críticos subrayan las grabaciones realizadas en 1926 como la cúspide de su carrera. En temas como Sidewalk Blues, Black Bottom Stomp, Dead Man Blues, Grandpa´s Spells, Smokehouse Blues o The Chant, se aprecia la evolución del estilo ragtime de estructuras rígidas hacia el jazz primitivo basado en la improvisación. Durante todos los felices años veinte actuó y grabó tanto solo como con grupos, ya fueran los Red Hot Peppers o los New Orleans Rhythm Kings, o haciendo dúos con otros jazzmen, como King Oliver. La Gran Depresión acabó con la década dorada de Morton, si bien hay críticos que afirman que hubiera finalizado igualmente sin crisis económica, puesto que el formato de música con protagonismo colectivo de la banda, típico del sonido de Nueva Orleans, había quedado obsoleto, primando en los años treinta la labor de los solistas virtuosos.

Tras expirar su contrato con el sello Victor, pasó ocho años sin apenas grabar ningún tema, achacando su mala suerte a veces a una conspiración de la industria musical contra él y otras ¡al vudú! En 1938 diseña una operación para venderse de nuevo como gran estrella del jazz que da lugar, entre otros productos, a la carta con la que abríamos este texto, que fue recibida por distintos medios. Su nombre volvió a brillar brevemente durante unos años, por el lado sensacionalista, gracias a sus estrambóticas afirmaciones, y por el lado más musicológico, gracias a la entrevista de Alan Lomax. Estuvo trabajando como músico en California hasta que cayó enfermo y murió en un hospital de Los Angeles en julio de 1941.

El musicólogo y crítico Ted Gioia concluye que, a pesar de sus fanfarronadas, nuestro hombre jugó un papel importante en la época del nacimiento del jazz (Historia del jazz, 1997): «aunque Morton no inventó el jazz, posiblemente fue el primero en pensar en él en términos abstractos y articular —tanto en sus comentarios como en su música— un enfoque teórico coherente con su surgimiento». No es poco su mérito, pues.

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