Humanimal, de Jörn Kaspuhl

Humanimal (2009). Serie de ilustraciones de Jörn Kaspuhl.

     —Si me pica, me rasco.

Esta es la frase que tengo como lema, después de una de tantas conversaciones que tenemos mi hermana y yo, cuando nos sale la vena más profunda. En resumen, en esta última, hablamos de lo extremadamente racionales y autoritarios que somos con nosotros mismos, dejando de lado nuestra parte más hedonista, salvaje y primaria. Que, tendríamos que sacar a relucir más a menudo, para NO acabar arrancando la cabeza de un mordisco a alguien, aunque suene paradójico. Casualmente, poco después de la charla, cayó en mis manos, la serie de ilustraciones Humanimal de Jörn Kaspuhl, Ilustrador inspirado por el mundo animal y la naturaleza, que hubiera enmarcado perfectamente la charla de aquella tarde.

Jörn Kaspuhl se graduó por la universidad de ciencias aplicadas de Hamburgo en 2008 y obtuvo una larga experiencia como ilustrador independiente en agencias internacionales, así como para músicos, marcas de moda y revistas.

Es un ilustrador de tinta y pluma, con trazo sencillo y líneas claras, de dibujos nítidos y concisos, sin florituras ni adornos superfluos, que forman como un grabado de madera. 

La serie Humanimal está protagonizada por ilustraciones muchas veces a medio acabar, que las dotan de mucha frescura y espontaneidad. Atraído por las formas orgánicas, elementos de la naturaleza y animales, representa en sus ilustraciones un humano más primitivo, desinhibido y sin tapujos, que hace lo que le apetece, sin complejos, ni ganas de dar explicaciones a nadie. 

Por lo contrario, explicaciones era lo que yo necesitaba, en aquella tarde de primavera, junto a mi hermana. 

Le comentaba agobiada, que hacía varios meses que personalmente no me dejaba pasar ni una, como si me hubiese convertido en un tutor implacable conmigo misma. Es decir, estaba constantemente observándome y poniéndome nota, recordándome en cada momento mis obligaciones y responsabilidades. Sentía que perdía el tiempo en todo momento si no hacía algo planeado o con un objetivo, me autocensuraba, sin darme libertad para hacer lo que necesitase, en cada momento.

Me explicó que cada persona está dividida entre su parte niña y su parte padre. En algunas personas predomina más la parte niña, más desinhibida, visceral, despreocupada; y en otras personas, se refleja más su parte de padre, su parte más autoritaria, reservada, responsable. Y que en ese momento la parte padre mía, era la que reinaba en casa. 

Frente a esa respuesta, recordé un grafiti (Ian Stevenson en Shoreditch, en Londres) que dice: “Espere aquí hasta que sea útil” Cuando lo leí por primera vez sentí rechazo, pero ese rechazo de cuando lees algo en lo que realmente crees y no lo quieres admitir, por lo cruel y triste del asunto. De repente mi “parte padre”, como diría mi hermana, se adueñó de esa frase y empecé a entender su comportamiento, o sea, el mío.

     –¡Claro! en el momento que una sola tarde, no cumples con tus objetivos personales o profesionales, te sientes una inútil. –exclamé.

     –¿Cómo? –preguntó mi hermana.

Pues que el hecho de venir al mundo sin manual de instrucciones nos ha aterrado desde siempre y más cuando empezó el sedentarismo, la vida en sociedad y para acabarlo de rematar, la sociedad de consumo. Porque no creo que, a los cavernícolas, se les cayese el pelo a clapas, por no rendir en el trabajo, estar al día de la última tecnología, pagar la hipoteca, no llegar al objetivo en ventas que te impone tu empresa, o estar pendiente de lo que le pasa a cada uno de tus conocidos, cada 10 minutos. 

A ver… desde que naces te cuestionas la eterna pregunta, ¿qué hago aquí? Cuando eres un salvaje de las cuevas, tu cerebro no estaba muy desarrollado y vivías prácticamente solo o con tu familia, hacías principalmente lo que tu biología te dictaba: matar para alimentarte, coser para abrigarte, crear un hogar para cobijarte, practicar sexo para reproducirte, ver pasar el tiempo frente al rio y pintar unos mamuts en la pared de tu cueva, cuando te daba la vena artista. 

Pero, en el momento en que naces en una sociedad desarrollada, las cosas cambian: desde el minuto cero vas creciendo, inevitablemente (a no ser que vivas como ermitaño) con una escala de valores, cultura y formas de hacer impuestas, que van calando en tu forma de pensar y actuar. 

Humanimal (2009). Serie de ilustraciones de Jörn Kaspuhl.

Parece que el lema hoy día es tener un objetivo para triunfar, sea cual sea, desde conseguir ese ascenso tan deseado, hasta sacar a pasear al perro: si no lo haces, eres un despojo más de la sociedad. Para colmo, surge la sociedad de consumo con toda su parafernalia y circo de necesidades hechas con molde, deseos creados por terceros, modas cambiantes y una lista interminable de objetos, con tres días de vida, que llenan tu casa de “trocitos de felicidad”. Si a todo esto, le sumas la acción de “compararse”, el ejercicio más practicado y menos sano hoy en día, acabas por ser sentirte como una marioneta ansiolítica.

Con mirada de gata mayor y más de una vida a sus espaldas, mi hermana me respondió que a veces es bueno aparcar la furgoneta que va a toda ostia llena de propósitos, objetivos y metas autoimpuestas y hacer un alto en el camino. Sentarte, observar y dejar los peces pasar, como harían nuestros ancestros, y preguntarnos qué es lo que realmente nos apetece, sin darle explicaciones a nadie. Con toda la responsabilidad de tener tu vida por delante y vivirla a tu manera.

     –¡O Siempre puedes practicar la vida zombie! ¿No está de moda? Estate pendiente de tus necesidades más básicas y camina sin rumbo fijo, dejándote llevar solo, por tus instintos más primarios –añadió, moviendo las cejas.

Reímos.

Así que, bajo el cielo de infarto de aquella tarde de primavera, sacamos nuestro lado más Humanimal, sin miedo a sentirnos inútiles; apagamos móviles y nos postramos como dos lagartas al sol, con dos helados en mano, como dos torres de pisa. No duraron mucho, se iban deshaciendo con el compás de nuestros eructos y estornudos… de hecho, acabamos pringadas hasta los pies, pero que más nos daba. ¿Acaso teníamos algo mejor que hacer?

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