Honrar las fuentes. A propósito de Charlie Parker

Charlie Parker, Carnegie Hall, New York, cerca de 1947. Foto: William P. Gottlieb/Library of Congress.

Ya no soy (tan) joven y he comprendido que, en palabras de Jaime Gil de Biedma, la vida iba en serio. Sin embargo, conservo cierta fascinación por un malditismo que, cultivado por entonces a porfía, hiciera de mí un mozo particularmente amanerado y/o insoportable. Tal vez Freud no anduviese tan desencaminado cuando, entre otras, afirmaba la existencia de una pulsión autodestructiva en todo ser humano. Por suerte para la pervivencia de la especie, la mayoría no le damos satisfacción y a lo más que llegamos es a sublimarla admirando a tipos como Charlie Bird Parker, objeto de estas líneas aunque de momento no lo parezca. 

El antedicho arrobamiento no deriva del siempre comercial deceso prematuro —en el caso del saxofonista de Kansas City, a los 34—, eso no tiene ningún mérito, es cuestión de (mala) suerte, o de arrojo —en los varios sentidos que se quieran dar al término—, sino de la genialidad de que suelen acompañarse sus vidas maltratadas. La de Parker, por cierto, a conciencia: alcohólico y heroinómano desde niño, es famosa la anécdota del forense que le echó 65 años a su cadáver treintañero. Con ser una peripecia vital francamente llamativa, por dramática, o trágica —en bancarrota perenne pese al éxito artístico, su hija Pree murió al carecer del dinero suficiente para sufragar el tratamiento médico que necesitaba. ¡Viva la sanidad privada!—, no tengo intención de hablar de lo que otros han glosado con mucha más pericia. Prefiero, en cambio, centrarme en las fuentes a las que he acudido a la hora de cimentar el artículo, porque su estudio ha constituido uno de los mayores placeres, llamémosles intelectuales, o espirituales, que recuerdo haber experimentado últimamente.

En primer lugar, su música. Claro. Para qué abismarse en las disquisiciones de cualquier teórico encantado de conocerse. Mejor ir al grano. Hace días que me acompaña en mis quehaceres, si bien reconozco que el soporte —una lista de reproducción en streaming— no sería del gusto de los puristas, ni de cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Pero el talento emerge hasta de entre las circunstancias menos propicias, conque el deleite sigue resultando incalculable. Se trata del estilo conocido como bebop, alumbrado por Charlie Parker y otros nombres legendarios —Dizzie Gillespie, Thelonius Monk— que, como él, renegaban de las big bands para primar al solista y sus improvisaciones sobre una melodía apenas esbozada. Tal como acostumbra a suceder, la novedad fue saludada con escaso entusiasmo por las luminarias de la época. Así, Louis Armstrong, epítome del género para quienes no han oído más jazz que el de la sala de espera del dentista, se despachó a gusto tildándolo de ruido. Ojalá todos los ruidos sonasen como All the Things You Are o Lover Man

En segundo lugar, dos relecturas. Una, la de Los subterráneos, que devoré con  la fiebre de los veintipocos, cuando creía que escribir borracho y tener una novia trigueña y problemática me acercaban al sueño  —delirio— de convertirme en el Jack Kerouac de mi generación. Criatura. Resuena el bebop en su prosa sincopada, no en vano la escritura de Kerouac, torrencial y digresiva, suele entenderse como la transposición literaria del caótico fraseo bop. Asimismo, sus personajes hablan —más bien divagan, cantan y aúllan— fuman, se drogan y hacen el amor a lo largo de sus páginas con la fecunda escena bebop de fondo, Charlie Parker y Thelonius Monk poniendo gloriosa banda sonora a la novela (anti) romántica más romántica y viceversa.

Igualmente jazzístico es el verbo de Julio Cortázar; si bien, a mi juicio, quizá más frío, no tan visceral. Su relato El perseguidor, que también me dejó sin palabras, y casi sin aliento, antes incluso de descubrir a Kerouac, ha sido la otra relectura mencionada. En él recrea algunos de los episodios postreros, más conocidos y, por desgracia, sórdidos de la biografía de un Charlie Parker en absoluto oculto tras el alias de Johnny Carter. Su verdadero final, tan homérico y tan cronopio, muerto de risa —literalmente— frente al televisor, desafía la imaginación de cualquier narrador.

Por último, Bird, la película con la que Clint Eastwood se ganó el debido respeto, pues hasta entonces era tenido por un actor de fascistoides cintas de acción con prurito de cineasta. Se trata de una declaración de amor al jazz, a sus intérpretes y a la música toda como nunca antes, me parece, ni seguro que después, se haya visto en la gran pantalla. Encarna al atormentado saxofonista un Forest Whitaker, como siempre, superlativo. Su composición de Charlie Parker es una muestra detallada de la amplísima gama de emociones que, de manera aleatoria, simultánea y muchas veces hasta contradictoria, pueden embargar al ser humano. Una conmovedora lección de sensibilidad y de atención al matiz. Pocos planos se me ocurren más hermosos que esos en los que, tras atravesar la densa cortina del humo de cigarrillos, nuestra mirada alcanza el escenario, donde  una figura corpulenta, totémica, se encoje sobre el saxo, en rapto casi metafísico, llevado por la sublimidad de su música en continua (de)construcción.

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